Samantha
Nunca pensé que esperar una carta pudiera convertirse en una costumbre diaria.
Al principio había sido solamente una tarea de la universidad. Una carta para un soldado desconocido, un trabajo académico que debía entregar y después olvidar.
Pero ya no podía seguir fingiendo que era así de simple.
Ahora esperaba.
Cada vez que escuchaba la campanilla de la puerta de la panadería, levantaba la mirada de golpe. Cada vez que veía al cartero acercarse por la vereda, sentía un apretón nervioso en el pecho. Y cuando se alejaba sin detenerse frente a nuestro local, intentaba convencerme a mí misma de que no me importaba.
Pero me importaba. Muchísimo.
Esa mañana estaba detrás del mostrador revisando unas facturas cuando sonó el timbre de la entrada. Levanté la cabeza de inmediato, pero era solo una clienta habitual que venía a buscar su pedido.
—Buenos días, Sam.
—Buenos días, Sra. Davis —sonreí disimulando.
Preparé su bolsa, le cobré y seguí con mi trabajo. Pero un par de minutos después volví a mirar hacia la ventana de la calle.
Nada.
Me odié un poco por estar tan ansiosa. No tenía ningún sentido. Una carta hacia o desde una zona de conflicto podía tardar semanas enteras. Adam estaba en una guerra, no podía pretender que el correo internacional funcionara como si estuviéramos en la misma ciudad.
Lo sabía perfectamente. Mi mente racional lo entendía, pero el corazón no parecía saber de plazos ni de distancias.
—¿Estás esperando a alguien o vas a romper el vidrio de tanto mirar?
La voz de Victoria me hizo reaccionar.
—No, para nada.
—Samantha...
—¿Qué pasa?
—Llevas diez minutos mirando la calle sin parpadear.
Miro hacia afuera. El cartero ya había doblado en la esquina.
—Estaba distraída, nada más.
Victoria dejó su bolso debajo del mostrador.
—Claro, cuéntame otra.
—No empieces, Vic.
—No dije nada malo —sonrió de lado—. Solo digo que alguien te tiene muy pendiente del correo.
Suspiré ruidosamente, rindiéndome.
—Es que hace mucho que no recibo nada de él.
—¿Cuánto exactamente?
—No sé... varias semanas.
—Eso significa que estás llevando la cuenta de los días.
—No llevo la cuenta —protesté.
—Entonces, ¿por qué sabes que pasó tanto tiempo?
Me quedé callada sin respuesta. Victoria sonrió satisfecha.
—Te conozco demasiado bien, Sam.
—Lamentablemente para mí.
—Yo también te quiero —bromeó tirándome un servilletero de papel.
Me reí levemente, pero después mi expresión volvió a apagarse. Victoria lo notó y su tono cambió a uno más suave.
—¿Te preocupa de verdad?
Esta vez no pude hacerme la fuerte.
—Sí. Bastante.
—¿Por qué exactamente?
La miré como si la pregunta fuera obvia.
—Porque está allá, Victoria.
—Eso ya lo sé.
—No, no lo entiendes. Está en una guerra real. Cada vez que pasan semanas sin que mande noticias, no puedo evitar pensar que le pudo haber pasado lo peor.
Victoria guardó silencio unos segundos.
—Las cartas tardan mucho en viajar, Sam. Intenta no ponerte en lo peor.
—Lo intento todos los días, te lo juro.
—¿Y si simplemente no ha tenido tiempo ni papel para escribir?
—Puede ser eso también.
—Bueno, entonces agárrate de esa idea.
Bajé la mirada hacia la barra. Era facilísimo decirlo, pero mil veces más difícil de cumplir cuando te vas a dormir.
—¿Quieres hablar de lo que sientes? —preguntó mi amiga.
—No sé ni cómo explicarlo.
—Empieza por lo básico.
—Me preocupa —admití en voz baja—. Lo extraño. Y ni siquiera lo conozco en persona.
—Lo conoces de otra manera, Sam. Una forma mucho más profunda.
Negué despacio con la cabeza.
—No es lo mismo que haberlo visto a los ojos.
—No, pero tampoco es poco.
Me quedé pensando en sus palabras. Quizá tenía razón.
Durante el resto de la mañana me concentré en el trabajo. Había pedidos que sacar, café que preparar y cuentas que acomodar.
El empleado del turno mañana se encargó de la mayor parte de la atención al público mientras yo organizaba las facturas. Agradecía infinitamente tener ayuda. Antes pensaba que pedir auxilio significaba admitir que no podía con mi propia vida, pero ahora empezaba a comprender que simplemente significaba que era humana.
Una persona con límites. Alguien que podía cansarse y que no tenía por qué cargarse el mundo sobre la espalda.
Aunque había días en los que todavía me costaba aceptarlo, sobre todo porque durante años sentí que no tenía derecho a frenar.
Cuando nuestros padres murieron, Damián tenía nueve años y yo dieciocho. De la noche a la mañana dejé de ser solo la hermana mayor para convertirme en la figura responsable: la que cocinaba, la que revisaba las tareas, la que iba a las reuniones escolares y la que le prometía que todo estaría bien, aun cuando yo misma estaba muerta de miedo por dentro.
A veces me preguntaba cómo habíamos logrado sobrevivir a esos primeros años. No tenía una respuesta mágica; simplemente habíamos seguido adelante, un día a la vez.
Damián llegó de la escuela pasadas las dos de la tarde con la mochila colgada de un solo hombro y el pelo desordenado.
—Hola, Sam.
—Hola, enano.
Me dio un beso rápido en la mejilla.
—Tengo un hambre voraz.
—Eso sí que es una novedad impactante —bromeé.
—No te burles, es encerio.
Le preparé un sándwich mientras él se sentaba en una de las mesas altas.
—¿Cómo te fue hoy?
—Bien.
—¿Seguro? ¿Y la tarea de matemáticas?
—Casi terminada. Me falta un ejercicio nomás.
—Bueno, después de comer te sientas y lo terminas.
—Sí, jefa.
Me quedo mirando lo en silencio mientras comía. A veces todavía veía al nene chiquito que necesitaba que le atara los cordones; otras veces me daba cuenta de lo mucho que estaba creciendo, y eso me daba una mezcla de orgullo y nostalgia.