Ecos de una Carta

LO QUE NO SE DICE

Adam

James tenía una habilidad especial para hacer bromas en los peores momentos. Quizá era su manera de sobrevivir a la dolorosa realidad de haber perdido la pierna, o tal vez simplemente su personalidad siempre había sido así.

—¿Sabes qué es lo primero que voy a hacer cuando vuelva a mi casa? —me preguntó una tarde, sentados en un banco del patio del hospital militar aprovechando unos minutos de sol.

—¿Qué cosa?

—Comer algo que no venga de la cocina de campaña de la base. Algo real.

Sonreí levemente.

—Eso estaría perfecto.

—Y dormir tres días seguidos en una cama con colchón de verdad —agregó entusiasmado—. Y tomar una ducha de agua caliente sin tener miedo de que alguien me grite que tenemos que salir a patrullar.

—Definitivamente, eso suena como el paraíso.

James se me quedó mirando en silencio unos segundos antes de atacar:

—¿Y tú, Johnson?

—¿Yo qué?

—¿Qué vas a hacer apenas regreses a la vida civil?

Baje la mirada hacia el suelo de tierra. La pregunta parecía sencilla, pero por dentro se me revolvía todo.

—No lo sé todavía.

James soltó una carcajada suave.

—Siempre me sales con el mismo "no lo sé".

—Porque es verdad, James. No tengo planes preparados.

—Tienes que tener algo en mente. Algo que te motive a cruzar esa puerta.

Pensé en Samantha. En su panadería de Detroit, en sus palabras escritas con paciencia en cada carta y en esa fotografía arrugada que llevaba guardada cerca del corazón.

—Quizás vaya a visitar a alguien —admití en voz baja.

James sonrió con complicidad.

—¿A alguien? ¿O a Samantha?

Lo miré de reojo.

—No empieces, James.

—Yo no dije nada malo.

—Lo dijiste con la mirada.

—Entonces sí es ella —festejó con tono burlón.

Negué con la cabeza, pero no pude evitar una sonrisa leve.

—Quiero conocerla en persona.

—Entonces hazlo apenas pises suelo americano. No lo dudes.

—No es tan fácil.

—¿Por qué no?

—Porque no sé qué me voy a encontrar cuando esté frente a ella.

James me miró con absoluta seriedad durante unos instantes.

—Quizás encuentres exactamente la razón que necesitas para volver a vivir, Adam. O quizás descubras que las cosas son distintas a como las imaginabas. Pero al menos te vas a quitar la duda de encima.

Los días pasaban lentos en el campamento. James avanzaba en su rehabilitación física; su cuerpo comenzaba a adaptarse a la prótesis temporal y a los cambios que la guerra le había impuesto a la fuerza.

Había revisiones médicas diarias, evaluaciones de la junta militar y una montaña de trámites de retiro que debían aprobarse antes de enviarlo a casa. Cada vez hablábamos más de su inminente regreso a Estados Unidos. Y, aunque él bromeaba todo el tiempo diciendo que no le importaba irse, yo sabía que contaba las horas para marcharse.

No porque quisiera abandonar a sus compañeros de escuadrón, sino porque sabía que su etapa como soldado en el frente había terminado para siempre.

Una tarde, un oficial de enlace se presentó con la carpeta de baja definitiva. James leyó las hojas en silencio y después las apoyó sobre la mesa de noche.

—Bueno... parece que oficialmente me voy a convertir en un simple civil otra vez.

—Todavía faltan un par de firmas —le recordé.

—Sí, pero ya es un hecho —sonrió con nostalgia—. Ya puedo imaginarme a mi madre llorando e intentando cocinarme de más para compensar la pierna que me falta.

—¿Y eso es malo?

—Bastante, cocina fatal —bromeó.

Me reí despacio.

—Entonces tienes un grave problema por delante.

—Tengo varios —dijo mirando los papeles firmados—. Supongo que llegó el momento de empezar a pensar seriamente en lo que viene para mí afuera.

—Así es.

—¿Y tú estás pensando en lo tuyo?

No le respondí. James levantó la mirada buscando mis ojos.

—¿Adam?

—A veces lo pienso —confesé.

—Eso ya es un avance enorme, hermano.

Esa misma noche recibí un nuevo sobre de Detroit. Me fui a un rincón apartado del puesto de mando para leerlo en soledad.

Esta vez Samantha me hablaba de su hermano menor, Damián. Me contaba divertida qué había hecho un dibujo del colegio y que se había burlado cariñosamente de ella diciendo que tenía cara de enamorada cada vez que llegaba el correo. También me contaba que Victoria no paraba de hacerle bromas en la panadería.

Sonreí mientras recorría sus líneas. Había algo profundamente curativo en sus pequeñas historias cotidianas. Saber que, mientras yo estaba rodeado de fusiles, uniformes sucios y barro, ella vivía una vida pacífica en la ciudad, me devolvía la fe.

Una vida normal. Una vida que empezaba a parecerme cada vez más deseable.

Al terminar de leerla, miré la pequeña foto que tenía guardada. Me preguntaba qué pensaría ella cuando me tuviera enfrente por primera vez y qué sentiría yo al escuchar su voz real. Quería descubrirlo.

Saqué una hoja en blanco y mi lapicera. Esta vez las palabras me fluyeron sin esfuerzo.

Le hablé de la recuperación de James, explicándole sin entrar en detalles trágicos que pronto iniciaría una nueva etapa en casa. Le hablé de mis propios miedos al retiro militar y de la angustia que me daba pensar en el futuro.

Y hacia el final, me animé a redactar lo que sentía:

«Creo que durante mucho tiempo pensé que volver a casa significaba regresar al hombre que era antes de la tragedia. Ahora comprendo que ese Adam ya no existe. Quizá tenga que aprender a ser alguien completamente nuevo.

Pero quiero intentarlo.

Y quiero conocerte a ti en persona, Samantha.»

Al día siguiente, James me encontró doblando la carta.

—¿Otra vez escribiéndole a la chica de la panadería?

—Sí.

—¿Algún día te vas a cansar de mandarle papelitos?

—No lo creo.

—Me parece perfecto —dijo acomodándose en la camilla.




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