Adam
Después de que James se fue, los días volvieron a ordenarse en una rutina.
O, al menos, en algo parecido a una rutina.
Las órdenes militares seguían llegando, los patrullajes continuaban y los cambios de guardia no se detenían solo porque uno hubiera despedido a su mejor amigo. La guerra tampoco frenaba por la nostalgia.
Quizá eso era lo más extraño de todo: uno podía sentir que el mundo interior se había derrumbado por completo mientras todo a su alrededor continuaba moviéndose exactamente al mismo ritmo mecánico.
Yo continué cumpliendo con mi deber. Revisaba el armamento del grupo, acataba las instrucciones, comía algo cuando el tiempo lo permitía y descansaba cuando el cansancio vencía a mi mente. Conversaba con los demás soldados e incluso me descubrí riendo en un par de ocasiones.
Pero había una diferencia abismal.
Antes hacía todo eso en piloto automático, sin pensar en el día después. Ahora, en cambio, pensaba en el regreso. No todos los minutos, no todo el tiempo, pero sí lo suficiente como para notar que mi mente ya no pertenecía del todo a este infierno.
Una tarde, mientras terminábamos de clasificar unos suministros tras una salida de rutina, uno de los soldados más jóvenes de la unidad se me acercó con timidez.
—Teniente Johnson.
—¿Qué pasa, soldado?
—¿Tendrá un minuto libre?
Asentí con la cabeza. Tenía la mirada desorientada, demasiado joven para cargar con esa expresión pesada que me resultaba tan conocida.
—Quería hacerle una pregunta, si no es molestia.
—Adelante, habla tranquilo.
Él dudó un segundo, buscando las palabras exactas.
—¿Cómo sabe un soldado cuándo es suficiente?
No entendí de inmediato a qué se refería.
—¿Suficiente para qué?
—Para pedir la baja e irse a casa.
La pregunta quedó flotando entre nosotros. Miré hacia el patio principal, donde el viento helado levantaba ráfagas de polvo seco.
—La verdad es que no lo sé —admití.
El muchacho pareció desconcertado.
—¿No lo sabe?
Negué despacio con la cabeza.
—No creo que nadie lo sepa con certeza matemática —me senté sobre una caja de madera de suministros—. Durante muchos años pensé que un soldado debía aguantar en el frente hasta romperse por completo o morir en el intento.
Él se quedó escuchándome en silencio absoluto.
—Pero ahora me doy cuenta de que también hay que tener la madurez para reconocer cuando algo dentro de tu cabeza está al límite.
—¿Usted se siente roto, teniente? —preguntó de forma directa.
La pregunta fue cruda, pero no me ofendió.
—Tengo algunas partes heridas —le respondí con total sinceridad—. Pero eso no significa que estén perdidas para siempre.
El soldado bajó la mirada hacia sus botas llenas de barro.
—Mi hermano mayor cayó en combate hace unos meses —susurró con la voz quebrada—. A veces me carcome la culpa pensando que, si yo hubiera estado en su batallón, quizás habría podido cambiar las cosas...
—No te hagas eso —lo interrumpí con firmeza.
El chico me miró sorprendido.
—¿Qué cosa?
—No te construyas una versión falsa de la historia donde tú tenías el control absoluto para evitar la tragedia.
Él tragó saliva con dificultad.
—Pero tal vez si yo hubiera...
—Tal vez nada —mi voz salió más tajante de lo que esperaba—. El pasado no se puede modificar. Si te pasas el resto de tu vida atrapado imaginando lo que pudiste haber hecho diferente, vas a terminar perdiendo la oportunidad de vivir el presente que te queda.
No sabía si esas palabras eran un consejo para él o una lección que yo mismo necesitaba escuchar de mi propia boca. Probablemente era para ambos.
El soldado guardó silencio unos segundos, procesando lo dicho, y me miró con gratitud.
—Muchas gracias, teniente.
Lo observé alejarse hacia los pabellones. Me quedé pensando en James, en mi esposa, en mis hijos y en cada una de las caras de las personas que no pude salvar en el pasado.
Durante años había creído que recordar era una condena para castigarme. Ahora empezaba a comprender que recordar también podía ser una forma de honrar el recuerdo de quienes ya no estaban, aprendiendo a seguir adelante en su memoria.
Esa misma noche recibí una carta enviada desde mi hogar. Reconocí la caligrafía en el sobre antes de abrirlo: la letra prolija de mi madre.
Me la quedé mirando durante varios segundos en la oscuridad de la carpa. Habían pasado años enteros durante los cuales mis padres continuaron escribiéndome con constancia, a pesar de que yo apenas les mandaba respuestas frías de dos líneas. A veces ni siquiera abría sus sobres por cobardía, porque sabía que leer sus palabras implicaba conectar con una vida que yo prefería dar por muerta.
Esta vez abrí el sobre con cuidado y desdoblé la hoja.
«Hijo:
No sabemos cuándo te tocará regresar a casa y tampoco queremos presionarte con eso. Solo queremos que sepas que acá seguimos esperándote con el mismo cariño de siempre.
Tu padre dice que la casa está demasiado silenciosa sin ti. Yo digo que la casa simplemente está guardando tu lugar. Quizás ambos tengamos razón.
Hay algo importante que queremos contarte cuando vuelvas a pisar suelo americano. No es nada malo, todo lo contrario; solo queremos presentarte a alguien especial de la familia, pero preferimos hacerlo en persona cuando estés aquí.
Te queremos mucho. Mamá.»
Releí los renglones un par de veces. «Conocer a alguien especial». No tenía idea de a qué se refería, pero por primera vez en cinco años sentí una curiosidad sana en lugar de pánico.
Guardé la nota en mi libreta personal junto a los sobres de Samantha. Había algo profundamente conmovedor en darme cuenta de que había personas reales esperando mi regreso al otro lado del océano.
Esa noche me puse a redactar una nueva carta para Detroit. No quería tocar temas trágicos ni hablar sobre la conversación con el joven soldado. Decidí escribirle sobre algo mucho más cotidiano.