Samantha
Hay días que no parecen importantes a simple vista.
Días que no traen malas noticias. Algunos no cambian el rumbo de una vida. Y otros que simplemente transcurren en paz.
Y quizá por eso son los que más se agradecen al final.
Aquella mañana me desperté con una sensación poco habitual: tranquilidad. No era algo que sintiera muy seguido entre las carreras de la universidad, los horarios de la panadería y los desvelos por Damián.
Abrí los ojos y durante unos segundos me quedé contemplando el techo de la habitación en completo silencio. No había tenido pesadillas, no me había despertado con la opresión en el pecho recordando la falta de mis padres y tampoco había pensado de inmediato en la ausencia de Adam.
Solo estaba ahí, respirando despacio. Y eso, después de tanto tiempo de cansancio acumulado, me pareció un regalo suficiente.
Me levanté sin hacer ruido. Damián todavía dormía profundamente en su cuarto. Entré despacio y corrí un poco la cortina para dejar entrar la luz de la mañana.
—Arriba, enano. Se te hace tarde para la escuela.
—Cinco minutos más, Sam... —murmuró tapándose hasta la cabeza.
—Eso mismo dijiste ayer.
—Y funcionó perfectamente.
Sonreí negando con la cabeza.
—No funcionó nada, saliste corriendo con la mitad de los cordones desatados.
Damián asomó solo los ojos por encima de la sábana.
—¿Hay tostadas con mermelada para desayunar?
—Si te levantas ya mismo, sí.
Se destapó de golpe y se sentó en la cama.
—Entonces voy corriendo.
A veces me costaba definir si mi hermano tenía nueve años o treinta por la forma en que negociaba todo.
Después de dejarlo en la puerta de la escuela, fui caminando hacia la universidad. Los exámenes finales del cuatrimestre estaban cada vez más cerca. Por todos los pasillos se veían estudiantes con apuntes en la mano, libros abiertos en los bancos y rostros marcados por el agotamiento.
Victoria apareció a mi lado en la entrada del campus sosteniendo dos vasos de café.
—Uno es para ti —dijo entregándome uno caliente.
—Te amo con todo mi corazón, Victoria.
—Lo sé, todo el mundo me ama cuando traigo café.
—¿Estudiaste algo para la última materia? —pregunté dándole un sorbo.
—Sí, un montón.
—¿De verdad?
—Bueno, no tanto... pero traje café y la intención es lo que cuenta.
Solté una carcajada aflojando la tensión de la mañana. Nos sentamos en uno de los bancos del patio bajo la sombra de los árboles.
Por unos minutos no hablamos de los exámenes finales, de las entregas pendientes, los turnos de la panadería, ni tampoco de la correspondencia de Adam. Simplemente nos quedamos ahí conversando de tonterías y riéndonos.
Durante mucho tiempo mi rutina diaria había sido una lista interminable de obligaciones: la carrera, el negocio, las cuentas, la crianza de Damián y la casa. Y en medio de todo ese peso, las cartas de un soldado en el desierto.
Esa mañana sentía que, por unas breves horas, podía ser simplemente Samantha: una joven de veinticuatro años a punto de graduarse, una buena amiga, una hermana mayor y una mujer intentando descubrir qué deseaba para su propio futuro.
—¿En qué estás pensando tanto, Sam? —preguntó Victoria mirándome de reojo.
—En nada, te lo juro.
—Mentira, siempre estás pensando en algo.
—Esta vez es verdad —sonreí—. Creo que me cansé de darle vueltas a las cosas por un rato.
—Bueno, entonces no pienses nada y disfruta el café.
—Qué consejo tan profundo, me cambia la vida.
—Soy futura fisioterapeuta/kinesióloga, Samantha. Tengo conocimientos avanzados sobre el bienestar integral.
—Claro que sí —me reí con ella.
Un rato después, cuando terminamos de revisar un capítulo de la materia, Victoria cerró su libreta de apuntes.
—Escúchame una cosa, Sam.
—Dime.
—Apenas terminemos con las entregas de esta semana, tenemos que hacer algo diferente.
—¿Algo como qué?
—No sé, salir a cenar las dos solas, ir al cine, dar un paseo sin mirar la hora. Lo que sea.
Pensé en la propuesta y sentí que me venía bien.
—Me gustaría mucho.
—¿Ves? Sabía que todavía existía una chica joven debajo de esa montaña de responsabilidades —dijo dándome un codazo cariñoso.
—No exageres, Vic.
—No exagero para nada —su tono se volvió más suave y sincero—. A veces te olvidas un poco de ti misma por cuidar a todos los demás.
Baje la mirada hacia el vaso de café. No porque fuera una revelación nueva, sino porque sabía que tenía toda la razón.
—Estoy bien, de verdad.
Victoria no respondió, solo me sostuvo la mirada con comprensión.
—¿Estás pensando en él, verdad? —preguntó con tono pausado.
Sabía perfectamente a quién se refería.
—Un poco —admití en voz baja.
—¿Lo extrañas mucho?
Mire mis manos.
—Es raro... no sé si se puede extrañar tanto a alguien a quien nunca has mirado a los ojos en persona.
Victoria sonrió con calidez.
—Claro que se puede, Sam. Los sentimientos no entienden de distancias físicas.
No se lo discutí porque en el fondo sabía que era cierto. Lo extrañaba. Extrañaba la llegada de sus sobres, su forma transparente de contarme sus miedos, sus preguntas sobre mi vida y la manera en que sus palabras parecían darme calma justo cuando más cansada me sentía.
Pero había algo más profundo latiendo dentro de mí: ya no quería solamente que regresara a salvo a su país; quería conocerlo. Quería descubrir quién era Adam cuando la guerra quedara atrás y ya no necesitara un papel para hablarme.
Cuando miré el reloj de la facultad, ya era pasado el mediodía.
—Me tengo que ir volando a la panadería —dije juntando mis carpetas.
—¿Y después de la panadería qué haces?
—Paso a buscar a Damián por la escuela.
—¿Y después?
—Cenar y estudiar.
—¿Y después?
—Dormir ocho horas seguidas si el universo lo permite.