Samantha
El día había comenzado como cualquier otro. O eso creía.
Estaba detrás del mostrador de la panadería, revisando la lista de encargos para la tarde, cuando escuché la campanilla de la puerta de entrada.
Levanté la mirada. Era el cartero.
Mi corazón dio un brinco involuntario en el pecho. No sabía bien por qué; quizás porque llevaba demasiadas semanas esperando noticias.
—¿Samantha Smith? —preguntó acercándose al mostrador.
Me quedé helada un segundo.
—Sí, soy yo.
El hombre sacó un sobre con sellos internacionales de su bolso.
—Tiene correo.
No recuerdo si sonreí en ese momento, pero de seguro lo hice. Tomé el sobre con las dos manos y lo miré como si fuera una pieza de cristal demasiado delicada como para tocarla con brusquedad.
Reconocí la caligrafía clara al instante: Adam.
—Muchas gracias —alcancé a decirle.
El cartero se despidió con un gesto amable y salió a la calle. Yo me quedé mirando la puerta cerrada durante varios segundos, sin poder moverme.
—¿Vas a abrirla de una vez o la vas a enmarcar? —bromeó mi empleado desde la cocina.
Reaccioné de golpe, escondiendo el sobre contra mi pecho.
—Sí, la voy a abrir.
—Entonces deja de mirarla como si fuera a desaparecer por arte de magia.
Solté una pequeña risa nerviosa.
—No te metas.
—Yo no dije nada malo.
—Lo pensaste, que es peor.
Tomé el sobre y lo guardé rápido debajo de la caja registradora.
—La voy a leer tranquila después.
—Claro, seguro que aguantas hasta la noche —se burló él.
Lo ignoré, pero durante los minutos siguientes fui completamente incapaz de concentrarme. Tenía que abrirla. Quería hacerlo ya. Y, al mismo tiempo, sentía una punzada de miedo. Porque una carta de Adam en medio de una zona de conflicto podía traer cualquier cosa: una buena noticia, una confesión profunda o un mensaje doloroso.
Esperé a que el movimiento de clientes bajara un poco. Cuando la panadería se tranquilizó, fui al pequeño espacio que usábamos como oficina en la parte trasera. Cerré la puerta de madera, me senté en la silla y abrí el sobre con mucho cuidado.
Samantha:
No sé exactamente cuándo vas a recibir esta carta. Acá el tiempo del correo es un misterio.
Pero quería escribirte hoy porque últimamente estuve pensando mucho en la idea de volver. No solo en salir con vida de este lugar, sino en volver de verdad. A mí casa, con mi familia, a una vida normal que hace mucho tiempo dejé de imaginar.
Durante años pensé que regresar significaba tener que enfrentar todas las tragedias que había dejado atrás. Ahora empiezo a comprender que quizás también significa darme una segunda oportunidad para vivir.
No sé si estoy preparado del todo, pero quiero intentarlo.
Y hay algo que tengo que admitir contigo: pienso en ti. Mucho. Quizás más de lo que debería.
Me pregunto cómo será conocerte en persona, cómo sonará tu voz real. Me pregunto si la primera vez que camine hacia esa panadería voy a sentir que ya estuve ahí antes, después de todas las veces que me la has descrito en tus cartas.
Y me pregunto si tú vas a tener ganas de verme.
No sé qué va a pasar cuando termine mi servicio, pero quiero descubrirlo. Quiero volver a Estados Unidos, recuperar algunas cosas del pasado y construir otras nuevas. Y quiero conocer a la mujer increíble que estuvo detrás de cada una de estas hojas.
No sé si puedo prometerte un futuro perfecto; todavía estoy tratando de entender qué le puedo ofrecer a alguien después de tanto dolor. Pero sí puedo prometerte una sola cosa:
Cuando vuelva, voy a buscarte.
Adam.
Me quedé mirando la hoja de papel sin saber muy bien cómo reaccionar.
¿Sonreír? ¿Llorar de la emoción? ¿Reírme de mis propios nervios? Al final hice un poco de las tres cosas.
Volví a leer esa última línea una y otra vez con el corazón latiéndome a mil por hora: «Cuando vuelva, voy a buscarte».
Me llevé una mano al pecho sintiendo un calor hermoso. No era una fantasía mía; lo había escrito él con su propia mano. Adam quería conocerme en persona.
—Dios mío... —murmuré para mí misma.
No sabía por qué esa frase me llegaba tan profundamente. Tal vez porque durante meses había tenido el temor silencioso de que todo esto fuera una ilusión que solo existía en mi mente. Yo había esperado sus cartas, había pensado en él a diario y me había preocupado sinceramente por un desconocido a miles de kilómetros. Pero siempre rondaba la duda: ¿y si para él solo era un pasatiempo para distraerse de la guerra?
Ahora tenía la respuesta más sincera posible. Él también me estaba esperando.
—¿Sam? ¿Estás ahí adentro? —escuché la voz de Victoria al otro lado de la puerta.
—Sí, pasa, Vic.
Entró a la pequeña oficina, me miró a la cara y después bajó los ojos hacia la carta en mis manos.
—Llegó, ¿verdad?
Asentí con la cabeza.
—¿Y qué dice? ¡A ver, déjame leer! —dijo estirando la mano.
Aparté la hoja rápidamente antes de que la agarrara.
—No, esta carta no. Es privada.
Victoria soltó una carcajada fuerte.
—Por favor, hace cinco minutos estabas a punto de llorar sobre el papel y ahora resulta que es un documento confidencial del gobierno.
—No estaba llorando —protesté sintiendo calor en las mejillas.
—Claro que no. A ver, dime qué te puso.
Me acomodé en la silla tomando aire.
—Quiere conocerme.
Victoria dejó las bromas a un lado y me miró con atención.
—¿De verdad te puso eso?
Asentí con la mirada brillante.
—Dice que cuando regrese al país va a venir a buscarme acá.
Una sonrisa enorme se le dibujó a mi amiga en el rostro.
—Bueno, entonces parece que vas a tener que decidir qué ponerte para cuando cruce esa puerta.
La miré asustada y emocionada al mismo tiempo.