Ecos de una Carta

AL OTRO LADO DE LA PUERTA

SAMANTHA

Me desperté antes de que sonara la alarma.

Abrí los ojos lentamente y permanecí unos segundos mirando el techo.

No sabía por qué me había despertado tan temprano.

No tenía que rendir ningún examen.

No tenía que estudiar.

No tenía una clase a la que llegar corriendo.

Por primera vez en mucho tiempo, no había nada relacionado con la universidad que pudiera quitarme el sueño.

Hace poco la había terminado.

Después de tantos años de apuntes, trabajos, noches sin dormir y exámenes, finalmente había terminado mi carrera.

Todavía me costaba creerlo.

Y eso me llenaba de orgullo por mis padres, que siempre me apoyaron.

Por mi, por mi esfuerzo, criando a mi hermano, atendiendo un negocio familia y estudiando. Nunca baje los brazos y cumplí mis sueños.

Giré la cabeza hacia la mesa de noche.

El teléfono marcaba las seis y media de la mañana.

—Demasiado temprano es todavía —murmuré.

Me cubrí nuevamente con la sábana, intentando volver a dormir.

No pude.

Había algo extraño dentro de mí.

Una inquietud.

No sentía miedo.

Tampoco tristeza.

Era una sensación difícil de explicar.

Como si ese día tuviera algo preparado para mí.

Algo que todavía no podía ver.

Cerré los ojos por un momento y repite profundamente.

Pensé en la carta que estaba en mi escritorio.

Habían pasado varios días desde que la había recibido.

Ya no estaba sobre el mostrador ni estaba escondida debajo de la caja.

La había guardado cuidadosamente entre mis cosas más personales.

La había leído tantas veces durante esos primeros días que ya podía recordar algunas de sus frases sin necesidad de abrirla.

La carta había sido escrita mucho tiempo atrás.

Antes de que yo supiera todo lo que había ocurrido.

Antes de conocer las heridas que Adam había sufrido.

Antes de saber que había estado luchando por sobrevivir mientras yo intentaba convencerme de que quizá nunca volvería a saber nada de él.

Y, sin embargo, sus palabras seguían teniendo un peso enorme.

Cuando vuelva, voy a buscarte.

No sabía si alguna vez había podido cumplir aquella promesa.

No sabía siquiera dónde estaba Adam en ese momento.

La carta solo me había demostrado que, al menos cuando la escribió, había pensado en regresar.

Y eso era suficiente para despertar nuevamente algo que yo había intentado enterrar.

Esperanza.

Abrí los ojos.

—No empieces otra vez, Samantha.

Me incorporé en la cama.

No quería pasarme el día pensando en él.

Había aprendido que esperar podía convertirse en una forma de hacerse daño.

Me levanté.

Abrí las cortinas.

La luz gris de la mañana entró lentamente en la habitación.

Detroit estaba despertando.

La ciudad parecía tranquila.

Normal.

Como cualquier otro día.

Pero aquella sensación continuaba allí.

Algo iba a pasar.

No sabía qué.

Y decidí no intentar descubrirlo.

---

Tiempo después estaba frente al espejo, arreglándome el cabello.

Había elegido ropa sencilla.

No necesitaba vestirme de una manera especial.

Ese día tenía que ir a la facultad para completar los trámites de mi título.

Nada más.

Había terminado la carrera hacía poco y todavía me parecía extraño decirlo en voz alta.

Ya no era una estudiante.

Pronto tendría oficialmente mi título.

Sonreí al pensar en todo lo que había costado llegar hasta allí.

Pensé en las noches en las que había estudiado mientras cuidaba de Damián.

En las veces que había querido abandonar.

En los momentos en que Victoria había tenido que recordarme que podía hacerlo.

En mi familia.

En la panadería.

En todo lo que había ocurrido durante esos años.

Había cambiado.

Mucho más de lo que imaginaba.

Y quizá por eso la carta de Adam había conseguido afectarme tanto.

Porque llegó justo cuando una etapa de mi vida estaba terminando.

Como si el pasado hubiera decidido llamar a mi puerta mientras yo estaba intentando descubrir qué quería hacer con mi futuro.

Tomé mi bolso y salí de la habitación.

Damián todavía dormía.

Me acerqué a su puerta y la abrí apenas, y lo llame. Porque alguien tenía que ir a estudiar.

—Damián hay que levantarse dormilon.

No respondió.

—Damián.

Se movió debajo de las mantas.

—Cinco minutos más Sam...

Sonreí.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque funciona.

—No hoy.

Entré y abrí un poco más las cortinas.

—Vamos. Tengo que ir a la facultad y tú tienes colegio jovencito.

Damián se cubrió la cabeza.

—¿Y después cuando vuelvas de estudiar?

—Después vuelvo.

—¿Y qué hacemos?

Me detuve.

Había estado pensando precisamente en eso.

—Quiero pasar la tarde contigo.

Damián sacó la cabeza de debajo de la manta.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Porque sí.

—Eso no es una respuesta.

—Porque hace mucho que no hacemos algo solo nosotros dos.

Damián sonrió.

—¿Podemos ir a algún lugar?

—Sí.

—¿A dónde?

—No sé todavía.

Se incorporó.

—Entonces podemos decidirlo juntos.

—Exactamente.

Sonrió satisfecho.

—Me gusta.

—Primero tienes que levantarte.

—Eso ya no me gusta.

Solté una carcajada.

—Cinco minutos.

—No.

—Tres.

—Dos.

—Hecho.

Salí de la habitación negando con la cabeza.

A veces Damián conseguía hacerme olvidar cualquier problema.

Y ese día quería aprovecharlo.

Quería hacer algo especial con él.

No sabía por qué sentía tanta necesidad de hacerlo.

Quizá porque había terminado la carrera.

Quizá porque necesitaba celebrar.

Quizá porque, después de tantos meses difíciles, necesitaba recordar que también existían días sencillos.




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