Ecos de una Carta

EL INICIO DE UNA AMISTAD

Adam

No sé cuántos días habían pasado desde que envié mi primera respuesta.
En la guerra, el tiempo deja de tener sentido. Los días se mezclan en una masa gris, las horas parecen iguales y la rutina te consume: despertar, prepararte, salir a patrullar, cumplir la misión, regresar a la base y tratar de dormir un poco. Y al día siguiente, volver a empezar.

Por eso no esperaba nada esa tarde. O, al menos, eso era de lo que intentaba convencerme.

Estaba sentado en mi litera limpiando el fusil cuando escuché la voz del encargado de la correspondencia en el pasillo principal.

—¡Correo!

Varios hombres se levantaron de inmediato, ansiosos por recibir noticias de sus familias. Yo no me moví. No esperaba cartas, no esperaba noticias de nadie.

Hasta que escuché mi apellido retumbar en la carpa.

—¡Johnson!

Levanté la mirada, sorprendido. El soldado se acercó y me extendió un sobre con el sello del correo internacional. Lo tomé en silencio. Miré el remitente en la parte posterior: Detroit.

El corazón me dio un vuelco en el pecho. No entendí bien por qué me afectó tanto. Había respondido aquella primera carta sin esperar realmente una continuidad. Quizá porque llevaba años convencido de que ya no me tocaba recibir nada bueno de la vida.

Pero ahí estaba. Una respuesta real.

—¿Es ella? —preguntó James desde la cama de al lado, asomándose con curiosidad.

Lo miré fijamente.

—No lo sé.

James sonrió de lado.

—Claro que no sabes. Anda, ábrela.

No le respondí. Guardé el sobre entre las manos, agarré mi libreta y salí de la carpa. Necesitaba un poco de privacidad para leer esto.

Caminé hasta la parte trasera del puesto de mando, encontré un lugar apartado junto a los sacos de arena y me senté en el suelo. Volví a mirar el sobre. Mi nombre estaba escrito con una caligrafía clara y ordenada: Adam Johnson.

Pasé la yema del pulgar por encima de las letras. Era una sensación muy extraña. Esa persona no me conocía y yo tampoco la conocía. Solo sabía que se llamaba Samantha y que había decidido tomarse el tiempo de escribirme de nuevo.

Abrí el sobre con cuidado para no romper el papel. Dentro había un par de hojas dobladas y algo más rígido. Las saqué despacio. Lo primero que cayó sobre mi regazo fue una fotografía pequeña.

La tomé en mis manos. Por primera vez pude ponerle un rostro a su nombre.

Era una chica joven, de cabello castaño y una sonrisa cálida que le iluminaba los ojos. No parecía una modelo posando; se notaba que era una foto espontánea, llena de vida. Me quedé mirándola durante un largo minuto en silencio.

Samantha. Una desconocida a miles de kilómetros. Una estudiante de Psicología. Una hermana mayor. Alguien con una realidad completamente distinta a la mía.

Dejé la foto a un lado sobre mis rodillas, desplegué la primera hoja y empecé a leer.

18 de marzo

Querido Adam:

Te escribo desde Detroit. Mi nombre es Samantha y espero de corazón que te encuentres bien al recibir estas líneas.

No sabía muy bien cómo comenzar esta carta. Supongo que lo primero que debía hacer era presentarme un poco más. Tengo veinticuatro años y estoy terminando mis estudios en Psicología. También trabajo en la panadería familiar junto a mi mejor amiga y cuido de mi hermano menor.

Hace un tiempo, como tarea de la universidad, envié una carta para darle aliento a algún soldado en el frente. No sabía a quién le llegaría, quién la recibiría ni si esa persona tendría ganas de responder. Para mí empezó como una tarea de clase, algo que debía entregar para cumplir con la materia.

Pero ahora sé que esa carta llegó a tus manos. Y saber que detrás de mis líneas estabas tú, hace que todo se sienta diferente.

Por eso quería escribirte otra vez. Esta vez no porque sea una obligación académica, sino porque me gustaría hacerlo. Quería agradecerte por tomarte el tiempo de responder en medio de una situación tan difícil.

Sé que no te conozco, que no sé cómo es tu día a día allá ni a qué cosas terribles tienes que enfrentarte. Pero sé que estás lejos de tu casa y que estás haciendo un esfuerzo enorme. Por eso te mando fuerzas desde acá. Quizá unas palabras escritas en un papel no puedan cambiar la guerra, pero espero que, aunque sea por unos minutos, esta carta te haga sentir acompañado.

No voy a decirte que sé cómo te sientes, porque sería mentirte. Nunca estuve en un lugar así. Pero sí puedo decirte que me importa saber que estás a salvo.

Espero que el día que te toque regresar haya personas esperándote con los brazos abiertos. Que puedas volver a caminar por la calle sin tener que mirar constantemente a tus espaldas, que puedas dormir sin escuchar ruidos fuertes y que vuelvas a sentir que tienes un hogar.

No quiero que pienses que, por estudiar psicología, voy a intentarte analizar. No soy tu psicóloga ni te escribo para decirte qué tienes que hacer con tu vida. Solo soy Samantha. Una chica que recibió la oportunidad de escribirle a un soldado y que, después de leer tus palabras, decidió que quería seguir conversando contigo.

No sé qué va a salir de esto. Quizá solo sean un par de cartas o tal vez algún día dejemos de escribirnos. No lo sé. Pero mientras se pueda, me gustaría seguir. Porque creo que a veces todos necesitamos saber que hay alguien del otro lado diciendo: «estoy acá».

Y eso es lo que quiero decirte hoy, Adam. Estoy acá. Puedes escribir de lo que quieras o simplemente desahogarte. No tienes que fingir conmigo ni mostrarte fuerte.

Que Dios te bendiga, cuide tus pasos y te llene de paz en medio de tanta locura. Voy a pedir por tu seguridad y por tu regreso.

Cuídate mucho.

Samantha.

P.D.: Mi hermano menor, el entrometido de la casa, te manda saludos sin conocerte. Cuando supo que le estaba escribiendo a un soldado, quiso saber tu nombre y dónde estabas. Le dije que no te conocía mucho, pero para él eso no importa: dice que si nos escribimos, ya eres mi amigo. Los niños ven todo más sencillo. Así que ya sabes, tienes los saludos de un nene de nueve años.




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