ADAM
Durante mucho tiempo pensé que regresar a casa significaba simplemente abandonar la guerra.
Ahora sabía que me había equivocado.
Regresar significaba mucho más que cruzar una frontera o volver a dormir bajo el techo de mis padres. Significaba aceptar que los años que había pasado allí habían terminado y que, quisiera o no, tendría que aprender a vivir con todo lo que me habían dejado.
Pero antes de llegar a ese punto había tenido que aprender algo todavía más difícil:
sobrevivir.
James había sido uno de los primeros en enseñarme que hacerlo no significaba salir ileso.
Recuerdo perfectamente el momento en que supe que se marcharía de Irak.
Ya había pasado por las cirugías y los médicos habían comenzado a hablar de su baja definitiva. Su pierna había quedado atrás en aquella explosión y, aunque él intentaba esconderlo detrás de sus bromas, ambos sabíamos que nada volvería a ser igual.
Durante aquellos días permanecimos juntos todo lo que pudimos.
Él tenía miedo de regresar.
No del viaje.
De la vida que encontraría al otro lado.
Tenía una esposa, hijos y una casa esperándolo, pero después de tantos años viviendo entre patrullajes, explosiones y órdenes, volver a una vida normal parecía casi tan aterrador como permanecer en la guerra.
—No sé cómo voy a volver a casa así —me confesó una noche.
No supe qué responderle.
James bajó la mirada hacia su prótesis.
—No quiero que mi esposa me mire con lástima.
—No lo hará.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque te ama.
Me miró durante unos segundos.
—¿Y si yo ya no soy el mismo?
No tuve una respuesta sencilla.
Porque yo también había cambiado.
Todos los que sobrevivimos cambiábamos.
—Entonces aprenderás a conocer al hombre que eres ahora —le dije finalmente.
James sonrió con tristeza.
—Mira quién habla.
Me reí.
—Cállate.
—Tú también vas a tener que hacerlo algún día.
—¿Hacer qué?
—Volver.
Aparté la mirada.
Ya sabía a qué se refería.
A Estados Unidos.
A mis padres.
A una vida que había dejado atrás mucho antes de convertirme en soldado.
Y, aunque no lo dijera en voz alta, también a Samantha.
Ella se había convertido en una parte de mi vida que existía en hojas de papel. Sus cartas llegaban desde Detroit y conseguían hacer que aquel lugar pareciera un poco menos oscuro.
James lo sabía.
Había visto demasiadas veces mi expresión cada vez que recibía un sobre con su nombre.
—Cuando me vaya, tienes que seguir escribiéndole —me dijo.
—Lo haré.
—Y tienes que volver.
—Algún día.
—No —insistió—. Algún día no. Cuando puedas.
No imaginábamos cuánto significado tendría aquella conversación.
Poco después, James fue trasladado a Estados Unidos para continuar su recuperación y completar el proceso de baja.
El día que se marchó intenté comportarme como si no fuera importante.
Como si solo fuera otro compañero trasladándose de una base a otra.
Pero cuando lo vi alejarse comprendí que era diferente.
Durante cinco años habíamos compartido demasiado.
Habíamos visto morir a compañeros.
Habíamos atravesado noches en las que no sabíamos si llegaríamos vivos al amanecer.
Y ahora uno de nosotros regresaba a casa.
Yo me quedaba.
Las primeras noches después de su partida fueron difíciles.
La carpa parecía demasiado silenciosa.
Ya no estaba su voz haciendo algún comentario absurdo.
Ya no tenía a alguien que me sacara una sonrisa cuando la tensión se volvía insoportable.
Pero seguimos escribiéndonos.
Sus primeras cartas hablaban de la rehabilitación, de las dificultades para adaptarse a la prótesis y de su miedo a volver a ver a su familia.
Yo le contaba poco.
No porque no confiara en él.
Simplemente todavía no sabía cómo poner en palabras lo que llevaba dentro.
James me respondió como siempre.
Con honestidad.
Con bromas.
Y con esa manera suya de recordarme que todavía existía una vida después de la guerra.
También seguí recibiendo las cartas de Samantha.
Ella no sabía que James se había ido.
No sabía que mi vida estaba a punto de cambiar.
No sabía que cada una de sus palabras llegaba a un hombre que comenzaba a sentirse cada vez más cansado.
Yo leía sus cartas después de las jornadas más difíciles.
Me hablaba de la panadería, de Damián, de la universidad y de cosas pequeñas que para cualquier otra persona podían parecer insignificantes.
Para mí no lo eran.
Eran una ventana.
Una prueba de que existía un mundo diferente al que estaba acostumbrado a ver.
Y, poco a poco, comencé a imaginarme dentro de él.
Entonces ocurrió el atentado.
Después de eso, todo quedó dividido entre un antes y un después.
No recuerdo con claridad cuánto tiempo permanecí inconsciente.
Recuerdo fragmentos.
El dolor.
Las voces de los médicos.
La sensación de no poder mover el cuerpo.
Y después, largos períodos de oscuridad.
Cuando finalmente comprendí lo que había sucedido, James ya llevaba tiempo fuera de Irak.
Él estaba en Estados Unidos.
Yo seguía allí.
Herido.
Débil.
Y sin saber cuándo podría volver.
Los médicos hicieron todo lo posible para estabilizarme.
Mi brazo derecho había sufrido daños importantes y la lesión en la espalda afectaba directamente mi pierna. Volver a ponerme de pie se convirtió en una meta que, al principio, parecía imposible.
Pero lo intenté.
Una vez.
Después otra.
Y otra.
Hubo días en los que conseguía avanzar unos pocos pasos y terminaba exhausto.
Otros en los que el dolor me obligaba a permanecer en cama.
Durante ese tiempo recibí noticias de James.
Estaba avanzando en su recuperación.