Samantha
Hay cartas que una escribe porque simplemente tiene algo que contar. Y hay cartas que una redacta porque necesita sentir que la persona que las lee esta un poco más cerca.
La hoja que tenía sobre la mesa pertenecía a la segunda categoría.
Llevaba casi una hora sentada frente a mi escritorio. Había intentado empezar tres veces: rompí dos borradores y el tercero seguía sin convencerme del todo.
No sabía bien cómo responderle a Adam. Su última carta había sido diferente a todas las anteriores. No porque hubiera utilizado palabras raras, sino porque por primera vez había dejado de ocultar sus intenciones.
Quería volver. Quería conocerme en persona. Y, aunque lo había expresado con mucha cautela, podía sentir la emoción latente detrás de cada trazo.
Esperanza. Una esperanza pequeña, frágil, pero real.
Y eso me daba cierto temor. Porque ahora yo también me estaba permitiendo tener esa misma esperanza.
Agarré la lapicera otra vez y leí la última frase que había anotado: «Yo también quiero conocerte».
Me la quedé mirando unos segundos y la taché. No, suena demasiado directa.
Arranqué la hoja del cuaderno con frustración.
—Esto es ridículo, Samantha —murmuré recostándome contra el respaldo de la silla.
Nunca me había costado tanto encontrar las frases adecuadas para escribir una carta. Resultaba absurdo: le había contado a Adam secretos y penas que jamás había compartido con nadie más. Le había hablado de la partida de mis padres, de mis desvelos por Damián, de mis miedos más profundos y de mis días tristes.
Pero ahora que él proponía encontrarnos de verdad... me había quedado sin palabras.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó una voz finita desde el marco de la puerta.
Levanté la cabeza de golpe. Damián estaba parado ahí, mirándome con los brazos cruzados.
—Nada, enano.
Él miró los bollos de papel tirados alrededor del tacho de basura.
—Eso no parece "nada".
—Estoy redactando un mensaje.
—¿Otra carta para Adam?
Lo miré fijamente, achicando los ojos.
—¿Por qué preguntas tanto por él?
—Porque hablas de él a cada rato.
—Yo no hablo tanto de él.
—Sí hablas.
—Que no.
—Que sí.
—Damián... —lo advertí aguantándome la risa.
Él se rio, entró a la habitación y recogió una de las hojas arrugadas del piso. Intenté quitársela rápido.
—¡Dame eso!
—Tranquila, si no voy a leer tu carta secreta —dijo entregándomela.
Se quedó parado al lado de la mesa unos segundos y me soltó una pregunta que me congeló el pecho:
—¿A ti te gusta Adam, Sam?
Sentí que las mejillas me quemaban de inmediato.
—No sé, Damián. Es complicado.
—Eso significa que sí.
—No significa eso.
Damián se encogió de hombros con total soltura.
—Para mí sí.
—Tú tienes nueve años, no sabes nada de estas cosas del amor —protesté acomodando los papeles.
—Sé más que tú —aseguró muy convencido.
—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber qué sabes tú?
Se quedó pensando un momento antes de responder con absoluta sencillez:
—Que cuando quieres a alguien, lo único que deseas es que vuelva a salvo.
Sentí una presión en el pecho que me quitó el aire por un segundo.
—¿Quién te enseñó eso?
—Nadie —dijo dándose la vuelta para irse a su cuarto—. Lo sé y listo.
Lo observé alejarse por el pasillo. Después volví la mirada a la hoja en blanco. Cuando quieres a alguien, solo deseas que vuelva. Quizá los niños tenían la capacidad de resumir los sentimientos de forma mucho más transparente que los adultos.
Al día siguiente, Victoria llegó temprano a la universidad. Yo estaba repasando unos apuntes en el patio cuando se sentó frente a mí.
—Buenos días, Sam.
—Buenos días.
Me examinó la cara con atención.
—¿Qué te pasa hoy?
—Nada.
—Esa respuesta jamás funciona conmigo, ya deberías saberlo.
Sonreí rindiéndome y cerré el cuaderno.
—Me llegó otra carta de Adam.
—Ya lo sabía.
—¿Cómo que ya lo sabías?
—Porque tienes esa sonrisa de boba que pones cada vez que el cartero te deja algo de él.
No pude evitar reírme.
—Puso en la carta que quiere conocerme.
Victoria me miró sorprendida.
—Bueno, eso ya lo sospechábamos.
—No, Vic. Esta vez fue diferente.
—¿A qué te refieres?
—Escribió que cuando termine su tiempo allá en la guerra, va a venir a buscarme a la panadería.
Victoria borró la sonrisa de burla y me miró con absoluta seriedad.
—Eso sí es un paso gigante, Sam.
—Sí —asentí nerviosa—. Y yo le quiero responder que también quiero conocerlo.
—¿Y ya se lo escribiste?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Lo estoy pensando mucho.
Victoria soltó una risa suave.
—Hace un minuto acabas de decirme que quieres verlo.
—Sí, quiero... pero me da miedo.
—¿Miedo de qué?
Bajé la mirada hacia la mesa.
—De qué va a pasar después. ¿Y si al encontrarnos cara a cara todo cambia? ¿Y si no le gusto en persona? ¿Y si él no es como lo imaginé?
Victoria estiró la mano y me sostuvo los dedos con calidez.
—Sam, no puedes vivir una historia entera en tu cabeza antes de que ocurra el primer encuentro. Solamente tienes que dar el paso y llegar a ese día.
Respiré profundamente, sintiendo que sus palabras me devolvían la calma.
—Tienes razón, Vic.
—Siempre tengo razón —bromeó guiñándome un ojo.
Por la tarde, la panadería estuvo tranquila. Mi empleado se encargaba de la caja mientras yo terminaba de acomodar unos moldes en la cocina.
En un momento escuché una voz conocida en el salón y salí a saludar. Era una clienta del barrio que venía desde que mis padres atendían el negocio. Conversamos unos minutos sobre mis estudios y me preguntó por el recuerdo de mi familia.
—Tus padres estarían tan orgullosos de ver cómo mantienes este lugar, Sam —me dijo con ternura antes de irse.