Ecos de una Carta

Entre una misión y otra

Adam

No sé cuántos días habían pasado desde que escribí aquella carta.

En la guerra, el tiempo tenía una manera extraña de desaparecer.

A veces una mañana parecía durar una semana.

Otras veces, una semana completa podía sentirse como una sola noche.

Me desperté antes de que sonara la alarma.

Otra vez.

No recordaba la última vez que había conseguido dormir hasta que alguien tuviera que despertarme.

Abrí los ojos lentamente.

El techo del refugio estaba frente a mí.

Durante unos segundos no recordé dónde estaba.

Después escuché una voz al otro lado de la carpa.

—¿Ya estás despierto?

Giré la cabeza.

James estaba sentado en su litera, ajustándose las botas.

—Sí.

—Ni siquiera son las cinco.

—Lo sé.

—Entonces vuelve a dormir.

Solté una risa seca.

—¿Tú lo haces?

—No.

—Entonces no me des consejos.

James sonrió.

—Justo por eso soy buen amigo. Doy consejos que no sigo.

Me incorporé.

El cuerpo me pesaba.

No por el sueño.

Por todo lo demás.

Me senté en el borde de la cama y pasé una mano por mi rostro.

Otro día.

Otra misión.

Otra oportunidad para sobrevivir...

para morir.

O para perder a alguien.

Solo el destino sabría lo que nos depararía hoy.

Me levanté y comencé a prepararme.

Mientras ajustaba el uniforme, mis ojos se detuvieron en la pequeña libreta que había dejado junto a mis cosas.

La había abierto varias veces durante los últimos días.

Nunca para escribir.

Solo para mirarla.

Había nombres.

Fechas.

Fragmentos de recuerdos que había intentado guardar lejos de mi cabeza.

La cerré.

No quería pensar en eso.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó James.

—Nada.

—Siempre dices eso cuando tienes algo.

—Entonces ya sabes la respuesta.

James no insistió.

Eso era algo que agradecía de él.

Habíamos aprendido a respetar los silencios del otro.

Aquí, preguntar demasiado podía ser peor que no preguntar.

Salimos al exterior.

El aire de la mañana era frío.

Los hombres comenzaban a reunirse.

Algunos hablaban.

Otros fumaban.

Otros simplemente permanecían en silencio.

Yo revisé mi equipo.

Munición.

Arma.

Cargadores.

Radio.

Todo en su sitio.

Siempre había algo reconfortante en comprobar que al menos una parte de tu vida podía estar bajo control.

—Johnson.

Levanté la mirada.

—¿Sí?

El sargento señaló el vehículo.

—En media hora nos vamos.

—Entendido sargento.

Después fui al baño y a desayunar algo si es que se podía.

Cuando terminamos, fui hasta nuestra carpa y agarre mis cosas.

Subí.

El motor arrancó.

Y durante los siguientes minutos nadie dijo demasiado.

Miré por la ventanilla.

El paisaje pasaba frente a mí.

Tierra.

Polvo.

Ruinas.

Personas.

Lugares que alguna vez habían sido hogares.

Había aprendido a no mirar demasiado.

Porque cuando miraba demasiado, recordaba.

Y cuando recordaba...

No podía controlar lo que aparecía.

Cerré los ojos.

No.

Todavía no.

No ahora.

El vehículo se detuvo.

Todos bajamos.

La misión comenzó.

---

Horas después, regresamos.

No fue la peor misión que había vivido.

Tampoco fue la mejor.

Aquí no existían las buenas.

Solo existían las que terminaban.

Entré al refugio, dejé el arma y me senté.

Mis manos estaban sucias.

Tenía polvo en el uniforme.

Una pequeña herida en la frente que ni siquiera recordaba haberme hecho.

James se sentó a mi lado.

—¿Estás bien?

Lo miré.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

Esta vez no insistió.

Sacó una botella de agua y me la pasó.

Bebí.

El silencio volvió.

Y entonces recordé la carta.

La que había escrito.

Me pregunté si alguien la leyó y su ya habría llegado.

Probablemente no.

Ni siquiera sabía cuánto tardaría.

No tenía sentido esperar.

Y, aun así, esperaba.

Era absurdo.

Había pasado cinco años aprendiendo a no esperar nada.

Ni llamadas.

Ni noticias.

Ni promesas.

Nada.

Y ahora estaba pendiente de una carta de una desconocida.

Una mujer cuyo rostro ni siquiera conocía.

Bueno...

En realidad, yo había enviado la primera carta.

Ella era quien decidiría si quería responder.

—¿En qué piensas? —preguntó James.

—En nada.

—Otra vez con eso.

Sonreí.

—En una carta.

James levantó una ceja.

—¿Una carta?

Asentí.

—Escribí una.

—¿A quién?

—A alguien.

—Eso aclara muchísimo.

Me reí por primera vez en varios días.

—No la conoces.

—¿Es una mujer?

Lo miré.

—¿Por qué supones eso?

—Porque pusiste esa cara.

—¿Qué cara?

—La de un idiota.

Negué con la cabeza.

—No es así.

—Entonces explícame.

Miré hacia el frente.

—Es una desconocida.

—Eso ya lo entendí.

—Una estudiante.

—¿Una estudiante?

—Sí.

—¿Y cómo la conociste?

—No la conozco.

James se quedó mirándome.

—Adam...

—Es una historia larga.

—Tenemos tiempo.

Negué con la cabeza.

—No.

No quería contarla.

Todavía no.

No porque fuera algo importante.

Sino porque me daba miedo que, al hablar de ella, aquello se volviera real.

Una carta.

Solo eso.

Una hoja de papel.

Un nombre.

Samantha.

Nada más.

—¿Esperas una respuesta? —preguntó finalmente.

No respondí.

James sonrió.

—La estás esperando.

—No dije eso.

—No hace falta.

Me levanté.

—Tengo cosas que hacer.

—Claro.




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