Ecos de una Carta

ANTES DE QUE TODO CAMBIE

Adam

No sé en qué momento exacto una persona puede convertirse en parte fundamental de tus días sin haber estado nunca frente a ti.

Con Samantha me había pasado eso.

No la conocía físicamente. Conocía sus cartas, su caligrafía limpia, la forma en que ordenaba sus ideas y algunos detalles de su vida cotidiana. Sabía que tenía veinticuatro años, que estudiaba Psicología Infantil, que atendía una panadería familiar y que cuidaba de su hermano menor tras la pérdida de sus padres.

Sabía que, aun cargando con sus propias responsabilidades, había decidido dedicarle tiempo a un soldado desconocido al que nadie más escribía.

Pero no sabía cómo sonaba su voz. No sabía cómo era su risa cuando algo le daba mucha gracia, ni qué gestos hacía cuando estaba nerviosa. No tenía idea de cómo me miraría si algún día nos encontráramos frente a frente.

Y, aun así, esperaba sus cartas. Las esperaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitirle a cualquiera.

—Estás pensando en la chica de Detroit otra vez —la voz de James me sacó de mis pensamientos.

Levanté la vista hacia él.

—No.

—Claro que no —ironizó.

—¿Qué pasa?

—Nada, solo que últimamente pones esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de alguien que está pensando demasiado en el futuro.

—Siempre pienso demasiado.

—No es así, Johnson.

Sonreí levemente.

—¿Y tú cómo sabes cómo pienso?

—Porque nos conocemos desde hace cinco años en este infierno.

Y era la pura verdad. James era una de las poquísimas personas que me conocían de verdad. Habíamos compartido patrullajes, emboscadas, frío, miedo, cansancio extremo y silencios pesados. Él había visto facetas mías que ni mis propios padres conocían.

—¿Cómo está tu familia, James? —pregunté para cambiar de tema.

Su mirada se volvió un poco más sombría.

—Bien.

No le creí.

—¿Seguro?

—Sí... bueno, mi esposa quiere que vuelva ya.

No dije nada, solo esperé a que continuara. James soltó el aire despacio.

—La verdad es que no sé qué voy a encontrar cuando regrese a casa.

—Tu casa, tu familia.

—No sé si después de todo esto siga sintiéndose como mi casa, Adam.

La manera en que lo dijo me hizo entender su angustia. James tenía una vida armada esperándolo en Estados Unidos: una esposa, hijos, un hogar. Pero después de tantos años viviendo entre tiroteos, volver a la normalidad no era apretar un botón.

—Cuando volvamos, vamos a tener que aprender a vivir de nuevo —le dije.

—¿Y eso es lo que piensas hacer tú? —me lanzó la pregunta sin anestesia.

Miré mis manos en silencio.

—No lo sé.

—Tienes una vida esperándote allá.

—Una vida que abandoné hace mucho tiempo.

—Pero sigue siendo tuya, hermano.

No le respondí. James tenía la costumbre de decir en voz alta exactamente las cosas que yo intentaba esquivar.

—¿Y qué vas a hacer con Samantha? —insistió.

Lo miré fijamente.

—¿Qué pasa con ella?

—¿Qué piensas hacer cuando regreses a Estados Unidos?

—No lo sé.

—Mentira.

—No es mentira, James.

—Quieres conocerla —sentenció.

Bajé la mirada. Sí. Quería conocerla. Muchísimo. Pero admitirlo en voz alta hacía que la posibilidad fuera demasiado real y frágil.

—No sé si ella va a querer conocer a un hombre como yo.

James soltó una carcajada suave.

—Después de enviarte tantas cartas y una foto, créeme que al menos va a querer verte la cara.

—Las cartas no significan que sienta algo por mí.

—Nunca dije eso —se quedó callado un segundo antes de agregar—: Pero significan que le importas.

No contesté porque sabía perfectamente que tenía razón.

Esa misma noche llegó el correo militar y recibí un sobre nuevo. Reconocí la letra del remitente antes de leer el nombre: Samantha.

Sentí una calidez extraña en el pecho. Me senté en la litera y abrí el sobre con cuidado. Leí la hoja una vez y después volví a repasarla.

Me contaba sobre la universidad, de un examen difícil del que no estaba segura, de la rutina en la panadería, de las travesuras de Damián y de las bromas de Victoria. Cosas pequeñas. Cosas normales de la vida civil.

Y quizás eso era precisamente lo que más me gustaba de ella: no me hablaba como a un teniente, no me trataba como si estuviera roto ni intentaba compadecerme. Me hablaba como a Adam. Simplemente Adam.

Cuando terminé de leer, me quedé mirando la hoja en silencio. Había una frase muy simple que se me quedó grabada: «Espero que estés a salvo».

Me preguntaba cómo explicarle que, en este lugar desolado, esas cuatro palabras significaban mucho más de lo que ella podía imaginarse.

Agarré la lapicera, saqué una hoja limpia y me puse a escribir.

Samantha:

Hoy recibí tu carta.

No sé si alguna vez vas a entender lo que significa para mí abrir un sobre y encontrar tu nombre en el remitente. Acá los días parecen todos iguales, pero cuando llega una carta tuya, el día cambia por completo.

Me preguntaste cómo estoy. La respuesta fácil sería decirte que bien, pero ya aprendí que contigo no quiero dar respuestas falsas. Estoy cansado. Hay días en los que el cansancio me pesa en los huesos más de lo que puedo explicar.

Pero sigo acá. Y últimamente seguir con vida empieza a significar algo distinto.

Antes solo quería que todo terminara rápido. Ahora pienso en lo que puede haber después. Pienso en el regreso. Pienso en mis padres, en James... y también pienso mucho en ti.

No sé qué significa esto todavía ni quiero ponerle etiquetas apuradas. Solo sé que quiero conocerte en persona algún día.

Quiero entrar a esa panadería de la que tanto me has hablado. Quiero comprobar si el olor a pan recién hecho es tan bueno como dices. Quiero escucharte hablar sin tener que imaginar tu voz en mi cabeza mientras leo. Y quiero saber si, cuando te vea a los ojos, voy a reconocer a la mujer maravillosa que conocí a través de estas hojas.




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