Adam
No sabía cuánto tiempo llevaba mirando la hoja en blanco.
La lapicera estaba trabada entre mis dedos, pero no había logrado escribir una sola palabra.
La carta de Samantha estaba apoyada a mi lado. La había leído tantas veces que algunas frases comenzaban a repetirse solas en mi cabeza.
Estoy acá.
Era una frase muy sencilla. Pero no podía dejar de pensar en ella.
Levanté la lapicera otra vez. Escribí una palabra. La taché. Escribí otra. Volví a tacharla.
No estaba acostumbrado a hablar sobre mí. Mucho menos a hacerlo para alguien a quien no conocía.
En el ejército había aprendido a redactar informes fríos: fechas, coordenadas, órdenes, bajas, información concreta. Sin emociones. Sin explicaciones innecesarias.
Pero esa carta no era un informe militar. Samantha no quería saber los detalles técnicos de una misión; quería conocerme a mí. Y yo ya no sabía cómo hacer eso.
Me quedé mirando el papel fijamente. Finalmente escribí:
Querida Samantha:
Me detuve. Eso era todo. Dos palabras. Una simple frase y ya me había quedado sin saber cómo seguir.
Solté el aire lentamente por la boca.
—¿Problemas de inspiración, Johnson?
Levanté la mirada. James estaba parado frente a mí, apoyado en la estructura de la litera.
—No.
Miró la hoja manchada de tachones y después me miró a mí.
—¿Otra vez con la carta?
—Sí.
—Llevas horas peleando con ese papel.
—Lo sé.
Se sentó en el borde de mi cama.
—¿Qué es lo que quieres decirle?
—La verdad, no tengo idea.
—Entonces empieza por decirle eso.
Lo miré, confundido.
—¿Qué?
—Que no sabes qué decir.
—Las cosas no funcionan así, James.
—¿Por qué no?
—Porque...
Me quedé callado. No pude terminar la frase porque me di cuenta de que tenía razón. Quizá no necesitaba redactar algo perfecto o elegante; solo algo real.
—¿Qué te contó en la carta? —preguntó.
—No te la voy a mostrar.
—No te la pedí.
—Me la estás pidiendo con la cara.
James sonrió de lado.
—Solo quiero saber qué tiene esa chica para tenerte pensando tanto tiempo.
Bajé la mirada hacia la hoja.
—Me habló como si yo fuera una persona.
James dejó de sonreír al instante. No preguntó nada más. No hacía falta. Él también lo entendía. Todos los que llevábamos suficiente tiempo en este infierno sabíamos lo que significaba que alguien volviera a mirarte como un ser humano y no solo como a un soldado con un arma.
A veces uno mismo olvidaba que debajo del uniforme seguía existiendo alguien.
Tomé la lapicera nuevamente.
—Creo que ya sé por dónde empezar.
James se puso de pie.
—Entonces escribe.
No terminé la carta esa noche. Ni tampoco al día siguiente.
En la base siempre aparecía algo que cortaba el tiempo: entrenamiento, patrullajes, mantenimiento de equipo, cambios de guardia. Cualquier cosa. Y cada vez que intentaba retomar el papel, me frenaba a pensar en qué podía contarle sin abrir puertas del pasado que todavía no estaba preparado para tocar.
No quería mentirle, pero tampoco podía descargar todo mi peso sobre ella.
Así que escribía detalles pequeños, cosas simples de mi día a día, las tachaba y volvía a empezar.
Hasta que llegó la orden de una nueva salida al frente.
Ahí ya no hubo tiempo para pensar en la carta, ni en Samantha, ni en nada que estuviera fuera del perímetro. Solo había que concentrarse en el trabajo y mantenerse con vida.
La misión comenzó antes del amanecer. El cielo todavía estaba oscuro cuando el capitán nos dio las indicaciones tácticas.
Escuché las órdenes, revisé mi chaleco, comprobé el seguro del fusil y miré a los hombres de mi escuadrón. Todos sabíamos el riesgo que corríamos, pero nadie decía nada en voz alta.
Subimos al camión de transporte. Esta vez no hice preguntas ni hablé con nadie. Solo me quedé mirando el paisaje a través de la rejilla: el mismo polvo flotando en el aire, las mismas ruinas de cemento, las marcas de una guerra que parecía no tener fin.
En un momento del trayecto me acordé de la foto de Samantha. Pensé en ella, en Detroit, en lo diferente que debía ser su rutina allá. Tal vez esté estudiando en la universidad, atendiendo la panadería o cuidando a su hermano.
Me pregunté si estaría esperando mi respuesta. La sola idea me produjo una sensación extraña en el pecho. No quería decepcionarla. No sabía bien por qué, pero no quería fallarle.
El vehículo frenó de golpe. Bajamos rápido. La misión comenzó.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Una explosión sacudió el suelo. Gritos. Disparos rasgando el aire. Órdenes superpuestas.
Me tiré al piso.
—¡A cubierta! —grité.
El cuerpo reaccionó por puro instinto antes de que la cabeza terminara de procesarlo. Me moví rápido, busqué posición detrás de un muro y devolví el fuego.
Alguien gritó pidiendo ayuda a pocos metros. Me giré: uno de mis soldados había caído herido en la pierna.
Corrí hacia él esquivando la tierra que volaba.
—¡Aguanta! —le dije agarrándolo del chaleco para arrastrarlo a una zona segura.
No sé si me escuchaba por el retumbo de las detonaciones. Me arrodillé a su lado mientras los demás cubrían nuestra posición. Mis manos comenzaron a moverse en piloto automático: aplicar presión en la herida, poner un torniquete, revisar la respiración.
No podía dudar. No podía permitirme recordar nada del pasado en este momento. Solo tenía que mantener a este muchacho con vida.
—¡Necesitamos evacuación médica ya! —grité por la radio.
El ruido a nuestro alrededor era ensordecedor. Por un instante, el entorno pareció borrarse. No vi las ruinas ni escuché los gritos; por un segundo fugaz vi otros rostros, otros momentos del pasado, la culpa de los que no pude salvar años atrás.
La respiración se me aceleró.