Ecos de una Carta

DESPUÉS DE TANTO ESPERAR

SAMANTHA

Hay esperas que terminan de golpe.

La mía no.

Después de recibir la carta de Adam, descubrí que incluso una noticia que había deseado durante más de un año podía darme miedo.

Porque una cosa era imaginar que seguía vivo.

Otra muy distinta era tener nuevamente su nombre entre mis manos.

Me quedé varios minutos dentro de la panadería, con el sobre apoyado contra mi pecho.

No podía abrirlo.

No todavía.

Mis dedos recorrían el borde del papel sin atreverse a romperlo.

Había esperado una carta durante tantos meses que, cuando finalmente apareció frente a mí, no supe qué hacer con ella.

Durante el primer año había mirado el correo con ansiedad.

Después dejé de hacerlo.

No porque hubiera dejado de importarme Adam.

Porque esperar todos los días una respuesta que nunca llegaba comenzaba a hacer demasiado daño.

Había aprendido a continuar.

La universidad.

Los exámenes.

La panadería.

Damián.

Victoria.

Las cuentas.

Los pedidos.

Las responsabilidades.

La vida.

Todo había continuado mientras una parte de mí permanecía detenida en aquella correspondencia que había comenzado como una simple tarea universitaria.

Y ahora tenía una carta nueva entre las manos.

Una carta que, según el cartero, había sufrido un retraso enorme en las comunicaciones militares.

No entendía cómo podía ser posible.

¿Cómo podía una carta tardar tanto?

¿Qué había ocurrido con Adam durante todo ese tiempo?

¿Dónde estaba?

¿Seguía en Irak?

¿Había terminado su servicio?

¿Había regresado a Estados Unidos?

¿Estaba vivo?

La última pregunta fue la que más miedo me dio.

Me senté en una de las mesas del salón.

Dejé el sobre frente a mí.

Lo observé durante varios minutos.

El nombre del remitente seguía allí.

Teniente Adam Johnson.

Pasé los dedos sobre aquellas letras.

Conocía su caligrafía.

Había aprendido a reconocerla incluso antes de leer sus palabras.

Una parte de mí quería abrirlo inmediatamente.

Otra tenía miedo de hacerlo.

Porque después de tanto tiempo, una carta podía traer esperanza.

Pero también podía traer una despedida.

Respiré profundamente.

Rompí el borde del sobre.

Saqué la hoja.

La desplegué con cuidado.

Reconocí su letra desde la primera línea.

Y por un instante dejé de respirar.

Era él.

Después de tantos meses de silencio, volvía a tener sus palabras frente a mí.

Leí despacio.

No quería perder una sola frase.

No era una carta que explicara todo.

No podía hacerlo.

Me hablaba de sus días.

De lo difícil que era estar lejos.

De las cosas que pensaba cuando recibía mis cartas.

De lo importante que se había vuelto saber que alguien al otro lado del océano estaba esperando sus palabras.

Leí una línea y tuve que detenerme.

Cerré los ojos.

Y una lágrimas y después varias empezaron a caer sobre mi mejilla.

Durante más de un año había intentado convencerme de que quizá ya no significaba nada para él.

Aquella carta demostraba que, al menos cuando la escribió, no era así.

Continué leyendo.

Adam hablaba de regresar.

De una vida después del ejército.

De la posibilidad de volver a Estados Unidos.

Y de una promesa que, en otro momento, me habría llenado de felicidad.

Cuando vuelva, voy a buscarte.

Mi corazón se detuvo.

Volví a leer esa frase.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Me quedé mirando la hoja.

—¿Cuándo, Adam? —susurré.

La pregunta salió de mis labios antes de que pudiera detenerla.

Porque aquella promesa ahora tenía otro significado.

La carta había tardado más de un año en llegar.

Y durante todo ese tiempo yo no había recibido ninguna otra noticia.

Si él hubiera querido volver...

¿Por qué no lo había hecho?

Si estaba regresando...

¿Dónde estaba?

Si estuviera vivo...

¿Por qué había guardado silencio durante tanto tiempo?

Bajé la carta.

Sentí que las preguntas comenzaban a amontonarse dentro de mi cabeza.

Quizás la carta había sido escrita mucho antes.

Quizás después de escribirla algo había ocurrido.

Quizás su servicio se había prolongado.

Quizás había regresado a otra base.

Quizás había tenido problemas con las comunicaciones.

Había demasiadas posibilidades.

Y ninguna respuesta.

Una lágrima cayó sobre el papel.

La limpié rápidamente con la punta de los dedos.

No quería llorar.

No después de haber pasado tanto tiempo aprendiendo a controlar aquella espera.

Pero las lágrimas no siempre obedecen.

Apoyé la carta sobre la mesa y respiré profundamente.

—Estás vivo...

Decirlo en voz alta hizo que el pecho me doliera.

Durante más de un año había vivido con la posibilidad de que Adam hubiera muerto.

Ahora sabía que, al menos cuando escribió aquella carta, estaba vivo.

Pero eso no resolvía nada.

En realidad, abría una herida completamente nueva.

Porque ahora quería saber qué había ocurrido después.

De golpe escuché una voz de reto.

Una personita que no escuche llegar, Pero que necesitaba para no sentirme sola por un instante.

—Estás llorando Sam.

Levanté la cabeza.

Victoria estaba parada frente a mí.

No la había escuchado entrar.

Me limpié las mejillas rápidamente.

—No estoy llorando.

Ella miró la carta sobre la mesa.

Después volvió a mirarme.

—Samantha...

No hizo falta que dijera más.

Tomó una silla y se sentó frente a mí.

—¿Es de él?

Asentí.

Victoria dejó escapar el aire lentamente.

—¿La abriste?

—Sí.

—¿Qué dice?

Miré la carta.

—Que me recuerda.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.