Adam
El día que James se fue no hubo una gran despedida.
No hubo bandas de música, no hubo discursos solemnes ni una fila de soldados formados para decirle adiós. Solo una mañana de cielo gris, un vehículo de transporte militar esperando junto al área médica y una carpeta con demasiados sellos institucionales para alguien que había pasado cinco años pensando que su vida podía terminar en cualquier patrullaje.
Yo estaba parado a su lado en el patio principal. James llevaba el uniforme militar por última vez en su vida en servicio. Lo miré fijamente durante unos segundos.
—¿Qué pasa, Johnson? —preguntó acomodándose en las muletas.
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Estoy tratando de memorizar tú cara de tonto.
Se rio despacio.
—No te pongas sentimental ahora, teniente.
—No estoy siendo sentimental para nada.
—Claro que no, se te nota en toda la cara.
Se acomodó la mochila al hombro con dificultad.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —dijo mirando el vehículo.
—¿Qué?
—Que llevo meses esperando que llegara este momento y ahora que el camión está ahí parado, siento pánico de subirme.
No le respondí de inmediato porque entendía a la perfección lo que le estaba pasando por la cabeza. Irse significaba volver a casa, sí, pero también significaba soltar la única realidad que habíamos conocido durante años, el lugar donde habíamos aprendido a sobrevivir día a día.
—Vas a estar bien, hermano —le dije con seguridad.
—Eso espero —me miró a los ojos—. Y tú también lo vas a estar.
Asentí en silencio. James estiró la mano para despedirse, pero ninguno de los dos se conformó con un gesto tan frío.
Nos abrazamos. Un abrazo fuerte, apretado, lleno de lealtad de dos hombres que sabían que ese contacto no era solo un adiós. Era un agradecimiento silencioso por todas las veces que nos habíamos cubierto la espalda en medio del tiroteo, por los desvelos compartidos, por las misiones que salieron mal, por las que salieron bien y por haber logrado salir vivos de este infierno.
—No te mueras en estos últimos meses, ¿oíste? —murmuró James cerca de mi oído.
Solté una risa suave con la garganta apretada.
—Tú tampoco te mueras allá afuera.
Se apartó con una sonrisa amarga.
—Yo tengo ventaja. Ya dejé una pierna de cuota, estoy gastando mi reserva de mala suerte.
Negué con la cabeza, sonriendo.
—Eres un imbécil.
—Te voy a extrañar, hermano.
Esta vez no agregué ninguna broma. Sabía que si hablaba más de la cuenta, la voz se me iba a quebrar.
El conductor del transporte le hizo una señal desde la cabina. James respiró profundo.
—Es hora.
—Sí. Es hora.
Subió al vehículo adaptado con ayuda de un asistente. Antes de cerrar la puerta lateral, volvió a mirarme a través de la ventanilla.
—¡Adam!
—¿Qué pasa?
—No te quedes atorado acá adentro, aunque tu cuerpo tarde un tiempo en volver a Estados Unidos.
Fruncí el ceño sin entender del todo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que, puedes empezar a regresar a casa en tu mente desde hoy mismo.
La puerta se cerró con un golpe seco de metal. El motor rugió y el vehículo comenzó a avanzar levantando una cortina de polvo por la carretera. Me quedé parado en medio del patio observándolo hasta que el camión se convirtió en un punto distante en el horizonte y finalmente desapareció.
Entonces sentí un impacto en el pecho. Vacío.
No era el mismo vacío negro que sentí años atrás cuando perdí a mi familia; esto era diferente. Tenía un nombre propio: James. Y saber que estaba vivo y de regreso hacía que doliera de una forma extraña, porque por primera vez en cinco años me tocaba extrañar a un hermano vivo que ya no estaría a mi lado en la litera de al lado.
Durante el resto del día, el refugio se sintió infinitamente más silencioso. Demasiado silencioso.
Entré a la carpa y vi el rincón que él había ocupado durante tanto tiempo. Su cama estaba desarmada y vacía. Ya no estaba su mochila tirada en el suelo, no había comentarios sarcásticos para romper la tensión ni nadie que me preguntara con la mirada si había logrado dormir algo. Ya no había nadie que pudiera mirarme a los ojos y saber exactamente qué me dolía sin que yo tuviera que pronunciar una sola palabra.
Me senté en mi litera. Durante varios minutos me quedé contemplando la pared de lona en silencio.
De pronto escuché unos pasos detrás de mí.
—¿Teniente Johnson?
Me giré. Era uno de los soldados más jóvenes del batallón. No debía tener muchos años menos que yo, pero su mirada asustada me hizo acordar al hombre que yo era cuando llegué por primera vez al frente.
—¿Qué ocurre, soldado?
—¿Se encuentra bien, señor?
La pregunta me tomó completamente desprevenido. Miré el espacio vacío de la carpa y después lo miré.
—Sí. Estoy bien.
El chico dudó un momento antes de agregar:
—El sargento James... ya se fue, ¿verdad?
—Se fue esta mañana —asentí.
—Entendido, señor.
No sabía qué más decirle y él tampoco encontró palabras. Se retiró en silencio.
Me quedé reflexionando sobre su pregunta. ¿Estaba bien? La respuesta era mucho más compleja que un simple sí o no. No estaba bien, la soledad me pesaba en los hombros, pero tampoco estaba hundido en la desesperación de hace años. Y esa pequeña diferencia era un avance enorme.
A lo largo de los años en la guerra había visto mil maneras de lidiar con el miedo extremo: algunos soldados hablaban sin parar, otros hacían bromas pesadas, algunos buscaban consuelo en la religión y otros se aislaban por completo. También estaban los que buscaban anestesiarse con alcohol o sustancias peligrosas para no sentir nada, Pero si los descubrían tenían consecuencias.
Las botellas y las pastillas circulaban de forma clandestina en el campamento; no era ningún secreto. Pero ese jamás había sido mi camino, ni siquiera en mis noches más oscuras.