El secreto de Selena.

Capítulo 18: Fuego.

Selena.

Esa noche no cené. Me quedé sentada en el borde del sofá de Rosa, con el sobre arrugado de Ethan en el fondo del bolso, sin abrirlo, y la citación del juzgado sobre las rodillas. La había leído tantas veces que las letras ya no significaban nada. Audiencia de evaluación de custodia. Mañana. Nueve de la mañana.

Los niños dormían en la habitación de al lado. Había tardado una hora en acostarlos, porque Elliot se había negado a cerrar los ojos hasta que yo le prometiera, por tercera vez en el día, que no iba a desaparecer. Evan se durmió con el dibujo del lobo bajo la almohada. Ely, abrazada a su muñeca, me preguntó si el señor de la calle era malo. Le dije que no lo sabía. Fue lo más honesto que pude decirle.

Desde la ventana de la sala vi cómo el coche negro se alejaba de la calle Brook pasadas las once. Él había estado allí horas, de rodillas primero, de pie después, bajo una lluvia que no cedía. Cada vez que me asomaba por un resquicio de la cortina, lo veía en el mismo sitio, empapado, con la cabeza gacha. Rosa bajó a hablarle y volvió con el rostro tenso, y no quiso contarme qué se dijeron. Solo dijo que el hombre estaba hecho pedazos, y que no era asunto mío recogerlos.

Tenía razón. No era asunto mío. Pero no podía dejar de pensar en la imagen de Ethan hincado en el asfalto, ni en las palabras de Daniel, ni en el sobre que quemaba dentro de mi bolso como una brasa.

Yo no sabía qué creer. Un día antes, aquel hombre me había mirado con desprecio en su salón y me había echado de su casa. Después me habían despedido y citado ante un juez. Ahora decían que él no tenía nada que ver, que lo recordaba todo, que quería ayudarme. Y yo había aprendido, a golpes, que las palabras bonitas valen menos que un plato de comida.

—Deja de mirar esa ventana —dijo Rosa.

Estaba de pie en la puerta de la cocina, con su bata de flores y un pañuelo atado al cuello. Parecía más pequeña que nunca, y sin embargo llevaba toda la noche moviéndose por la casa con una energía extraña, como si hubiera tomado una decisión y esperara a que el destino la alcanzara.

—No miro nada.

—Miras con el corazón. Es peor.

—Rosa, mañana me van a quitar a mis hijos.

—Nadie te va a quitar nada.

—No tengo trabajo. No tengo dinero. Tengo una vecina de setenta y dos años que cuida a mis niños y un apartamento al que no puedo volver sin que me siga un coche. Eso es lo que verá el juez. —Me cubrí la cara con las manos—. Y la señora Moore tendrá abogados, informes, testigos. Yo solo tengo mi palabra.

—Y la mía.

—Tu palabra no basta, Rosa.

—Quizá no. —Se acercó y me quitó las manos de la cara con suavidad—. Pero lo que viene ahora sí.

Alguien llamó a la puerta.

Fueron tres golpes seguros, sin prisa. Me incorporé de un salto, con el corazón en la boca. Pensé en Patricia Lowell y sus carpetas. Pensé en los guardias de Eleanor. Pensé en Ethan. Rosa me puso una mano en el hombro.

—Quieta. Es para mí.

—¿A estas horas?

—A estas horas vienen los que tienen que venir.

Abrió sin poner la cadena. En el umbral había un hombre de unos sesenta años, alto y delgado, de cabello blanco peinado hacia atrás y un abrigo de lana oscuro que no pertenecía a aquel pasillo. Sostenía un maletín de cuero gastado y un paraguas cerrado. Tenía una cara serena, de esas que han visto morir a mucha gente y conservan intacta la cortesía.

—Señora Benítez —dijo, e hizo una breve inclinación de cabeza—. Siento la hora.

—Pase, licenciado Ferrer. Lo estaba esperando.

El hombre entró. Me miró un segundo y me saludó con la misma inclinación respetuosa que le había dedicado a Rosa. Yo lo observé con desconfianza, sin entender nada. Rosa cerró la puerta, giró el cerrojo y, con una dignidad que no le había visto nunca, señaló la mesa de la cocina.

—Siéntense. Los dos. Esto va a ser largo.

Obedecí sin saber por qué. El licenciado Ferrer colocó el maletín sobre la mesa, sacó unos documentos con una lentitud casi ceremoniosa y los ordenó en tres montones. Rosa se sentó frente a mí, juntó las manos sobre el regazo y respiró hondo.

—Selena —dijo—. Hay cosas de mí que nunca te he contado.

—Rosa...

—No me interrumpas. Esto me ha costado diez años de silencio, déjame soltarlo de una vez.

Asentí, muda.

—Me llamo Rosa Benítez de Alcázar. Mi marido se llamaba Aurelio Alcázar. Fundó una constructora hace cincuenta años, con dos albañiles y un préstamo de su padre. Cuando murió, hace catorce, la empresa tenía obras en seis países, tres cadenas de hoteles y una participación en un banco. Yo me quedé con todo.

Me quedé inmóvil. En la cocina solo se oía el goteo del grifo.

—Tuvimos una sola hija, Marina. Una muchacha preciosa, de risa fácil, con el corazón más grande que los pulmones. —Rosa sonrió con una tristeza infinita—. Se enamoró de un hombre que no le convenía. Un tipo que sabía hablar de dinero y de amor en la misma frase. Se casó con él a los veintidós. A los veinticuatro, ya estaba arruinada. Él le vació las cuentas, le vendió una propiedad a sus espaldas y se fue con otra mujer. Marina se hundió. Se dejó morir de pena. Murió hace diez años, en una cama de hospital, con la mano en la mía.

—Lo siento mucho —murmuré.

—No te lo conté para que lo sintieras. Te lo cuento porque quiero que entiendas lo que pasó después. —Rosa cerró los ojos un instante—. Yo tenía una mansión con quince habitaciones, un chófer, una cocinera, un jardinero. Y aun así, la noche en que enterré a mi hija, no había nadie en esa casa. Descubrí que los que me rodeaban no me querían a mí. Querían mi apellido, mi firma, mi herencia. Mis sobrinos preguntaban por el testamento antes de que se enfriara el cuerpo de Marina. Mis socios me hablaban de fusiones en el velatorio.

Hizo una pausa. Las manos le temblaban un poco.

—Una semana después vendí la casa. Doné la mayor parte a una fundación. Dejé los negocios en manos del licenciado Ferrer, aquí presente, y me vine a vivir a un edificio de ladrillo en una calle donde nadie supiera mi nombre. Quería saber cómo era vivir sin que te quisieran por lo que tienes. Y sobre todo quería saber si todavía quedaba alguien en este mundo capaz de querer a una vieja por lo que es.




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