El secreto de Selena.

Capítulo 20: Cima.

Selena.

La casa de la zona residencial tenía veintidós ventanas. Las conté desde el jardín el primer día, con Ely de la mano y Evan colgado de mi cintura, mientras el camión de la mudanza descargaba las cuatro cajas que contenían todo lo que habíamos sido durante cinco años. Cuatro cajas. Cuando las vi sobre el mármol del vestíbulo me parecieron minúsculas, casi cómicas, perdidas en un espacio donde cabía entero el apartamento de la calle Brook.

Era una mansión de piedra blanca, con una escalera doble, una biblioteca con escalera de caoba y un jardín trasero con un manzano viejo. Rosa había vivido allí cuando era joven y rica, antes de Marina, antes de la tragedia. La había recuperado con un solo gesto, el mismo día de la audiencia, y se paseaba por las habitaciones con las manos a la espalda, como quien visita a un viejo amigo.

—Aquí dormía Marina —dijo, abriendo una puerta al final del pasillo del segundo piso—. Quiero que sea de Ely.

Ely entró en la habitación y giró sobre sí misma con los brazos abiertos. Había un dosel de gasa, una ventana con asiento y un papel pintado de pajaritos descoloridos. Se quedó callada un momento, y después me miró con los ojos muy grandes.

—Mamá, ¿esto es de verdad nuestro?

—Es de verdad, princesa.

—¿Y el lobo no puede entrar?

Se me encogió el pecho.

—Nadie puede entrar si no lo invitamos.

—Entonces no lo invitemos —dijo, con una lógica implacable, y se subió de un salto al asiento de la ventana.

Elliot y Evan eligieron la habitación de al lado, la del balcón. Elliot recorrió cada rincón con su ceño de siempre, abrió armarios, comprobó cerraduras, miró por la ventana hacia la calle. Evan se tumbó boca arriba en medio de la alfombra y declaró que aquel suelo era mejor que el de cualquier barco. Yo los observaba desde la puerta y me costaba creer que fuera real.

Al tercer día, Rosa me sentó en la biblioteca, con una taza de té y una expresión de general que prepara una campaña.

—Hoy viene un equipo.

—¿Qué equipo?

—Una estilista, una peluquera, una maquilladora y una diseñadora de vestuario. Las mejores de la ciudad. Las he contratado por una semana.

—Rosa, no hace falta.

—Hace muchísima falta. —Dejó la taza sobre el platillo—. Selena, escúchame con atención. Dirigir una constructora no es limpiar pisos. Vas a sentarte en una mesa con hombres que te mirarán buscando una grieta. Vas a entrar en salas donde se huele la debilidad a diez metros. Y lo primero que ven, antes de que abras la boca, es cómo entras.

—¿Y qué ven cuando me miran?

—A una mujer que ha sobrevivido. Y quiero que además vean a una mujer que manda.

Dudé. Nunca me había importado mi aspecto, ni siquiera en los tiempos de la mansión Moore, cuando las doncellas me elegían los vestidos. Pero algo en la voz de Rosa me convenció. No era vanidad. Era armadura.

Llegaron a las diez, cuatro mujeres con maletas, perchas y una energía que invadió la casa como una ola. Me sentaron frente a un espejo de cuerpo entero y me miraron en silencio, con la cabeza ladeada. Yo me vi reflejada. El cabello castaño apagado, las ojeras, las manos agrietadas, los hombros todavía encorvados por años de fregona.

—Tiene huesos preciosos —dijo la estilista, una mujer de cabello plateado llamada Odette—. Solo hay que recordárselo al cuerpo.

Pasé siete horas entre sus manos. Me cortaron el cabello a la altura de los hombros, con capas que le devolvieron el brillo. Me trataron las manos con aceites y parafina. Me enseñaron a caminar sin encoger los hombros, a mirar sin pedir permiso, a hablar sin disculparme al empezar cada frase. Me probaron treinta trajes. Cuando terminaron, me llevaron frente al espejo y me pidieron que abriera los ojos.

No me reconocí. Y me reconocí demasiado.

Era la mujer que debí haber sido. Un traje azul noche, cortado con precisión, que me estilizaba los hombros. Un cabello oscuro que caía en ondas suaves. Unos labios del color del vino. Y los ojos, los mismos ojos oscuros de siempre, pero con algo nuevo, una profundidad que no se maquillaba.

—Ahora sí —dijo Rosa desde la puerta, con una sonrisa temblorosa—. Ahora se parece a lo que es.

Dos semanas después asumí mi puesto en Constructora Alcázar. La sede ocupaba cinco plantas de un edificio de cristal en el distrito financiero. El primer día entré por la puerta principal, la misma que durante años había visto desde el sótano de otro rascacielos, y los empleados se pusieron de pie sin que nadie se lo pidiera.

Aprendí rápido. Había pasado cinco años siendo invisible, y la invisibilidad enseña a observar. Detecté en una semana quién robaba, quién mentía y quién tenía miedo. Despedí a dos directivos que llevaban años embolsándose comisiones. Renegocié contratos que mi antecesor había firmado con la tinta de la prisa. Escuché a ingenieros que nadie había escuchado. Y en la tercera reunión del consejo, cuando un accionista veterano me interrumpió con una condescendencia que conocía demasiado bien, lo miré sin parpadear y dije con voz tranquila:

—He fregado suelos que valían más que su despacho. Sé perfectamente lo que cuesta mantener algo en pie. Termine su frase cuando yo haya terminado la mía.

Hubo un silencio. Y después, para mi sorpresa, alguien rio al fondo, y luego otro. El accionista bajó la vista. Y yo supe que acababa de ganar algo más importante que una votación.

Los periódicos empezaron a hablar de mí. Una semana después de mi nombramiento, el diario económico más leído del país publicó un perfil con una fotografía mía frente al edificio. El titular decía La heredera inesperada. Rosa lo recortó y lo pegó en el refrigerador con un imán de manzana, y Elliot lo leyó en voz alta, deletreando, con un orgullo que me estremeció.

—Mamá es una jefa.

—Mamá es muchas cosas, cariño.

—Es la más fuerte —dijo Evan.

—La más lista —corrigió Ely.




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