El secreto de Selena.

Capítulo 31: Cerradura.

Ethan.

Hay conspiraciones que se huelen a kilómetros, y la de aquel domingo tenía el aroma inconfundible de la canela quemada y de tres niños que no sabían disimular.

Llegué a las ocho con una bolsa de panecillos todavía calientes y la intención de ser un hombre prudente. Después de la fiesta de cumpleaños, después del beso bajo el manzano y de aquella frase que dejé caer sobre una sorpresa pendiente, me había prometido no precipitar nada. Iría despacio. Seguiría el ritmo de Selena, que era el de alguien que ha aprendido a cruzar un río piedra a piedra, comprobando cada apoyo.

La prudencia me duró hasta el recibidor.

Los tres me esperaban de pie en fila, con las manos a la espalda y una seriedad que habría hecho temblar a un consejo de administración. Elliot al frente, con el ceño fruncido. Evan, a su derecha, mordiéndose el labio para no sonreír. Ely, en la punta, con la muñeca de trapo bajo el brazo y las mejillas rojas de contener algo.

—Buenos días —dije.

—Buenos días, papá —respondieron a coro.

—¿Ocurre algo?

—Tenemos una misión —anunció Elliot.

—¿Otra?

—Esta es seria. De las de verdad. —Se aclaró la garganta—. Mamá tiene un problema en su cuarto. En el baño. Hay una cosa que gotea y no sabemos cómo se arregla.

—Yo no entiendo de grifos —dije, con sinceridad.

—Pero tú eres alto —intervino Evan—. Y los altos arreglan cosas.

—Esa teoría necesita revisión.

—Papá, por favor —dijo Ely, juntando las manos con una expresión de mártir—. Mamá se va a enfadar si el agua mancha la alfombra.

Miré a Rosa, que asomaba por la puerta de la cocina con un trapo en la mano y el rostro de una santa sin un solo pecado en su historial. Me devolvió la mirada con una inocencia tan perfecta que me puso en guardia.

—Rosa.

—Yo no he dicho nada, joven.

—Eso es lo que me preocupa.

—Anda, sube. Que los niños se impacientan.

Debí darme la vuelta en ese instante. Pero soy un hombre que ha firmado contratos de cientos de millones sin leer la letra pequeña, y aquella mañana volví a demostrarlo. Subí las escaleras detrás de tres niños que cuchicheaban entre sí con la discreción de una bandada de gorriones. Llegamos al pasillo del segundo piso. Evan abrió la puerta del dormitorio de Selena sin llamar.

—Mamá, ha venido papá a arreglar el grifo.

Entré detrás de ellos. Y me quedé paralizado.

El cuarto olía a lavanda y a jabón. Las cortinas estaban a medio descorrer y la luz de la mañana entraba en láminas doradas que se posaban sobre la cama deshecha, sobre la alfombra, sobre la figura que estaba de pie junto al armario, de espaldas a nosotros, recogiéndose el cabello húmedo con una toalla pequeña.

Selena llevaba una bata blanca. Una de esas batas de seda ligera que no estaban pensadas para recibir visitas, ceñida a la cintura con un lazo flojo, tan fina que la luz del ventanal la atravesaba y dibujaba debajo, sin intención ni pudor, la silueta de unas piernas largas, de una espalda que yo recordaba con una precisión que me estaba matando, de un cuerpo que seis años no habían borrado de mi memoria y que ahora, de pronto, volvía a ocupar toda la habitación.

Se volvió al oír la puerta. Abrió los ojos de par en par. Se llevó una mano al cuello de la bata, apretándola contra el pecho.

—¡Ethan!

—Yo... los niños dijeron...

—¿Qué haces aquí?

—Un grifo. Dijeron que había un grifo.

—¿Qué grifo?

—El del baño —dijo Ely, con una vocecita angelical—. El que gotea.

—Es un grifo muy malo —añadió Evan.

—Pésimo —confirmó Elliot.

Selena los miró uno por uno, con una ceja levantada. Y yo, que había conseguido durante un segundo mirar el techo con una concentración ejemplar, cometí el error de bajar los ojos.

Fue un instante. Menos. Pero bastó para que la bata, esa maldita bata, me contara en un susurro de seda todo lo que mi educación y mi dignidad se esforzaban en ignorar.

—Pasad al baño —dijo Selena, con una voz que no logró sonar firme—. A ver qué grifo es ese.

Los niños no se movieron. Ely, con una dulzura calculada, me tomó de la mano y tiró de mí hacia una puerta de madera blanca que había junto al armario.

—Es por aquí, papá.

—Ely, puedo ir solo.

—Mamá también tiene que venir. Para explicarte dónde es.

—Selena...

—Vamos —dijo ella, pasándome por delante con un paso rígido, el lazo de la bata apretado entre los dedos y las mejillas encendidas—. Acabemos con esto.

Entramos los dos. Era un baño grande, de mármol claro, con una bañera exenta bajo una ventana de cristal esmerilado y un espejo que ocupaba media pared. Olía a vapor y a jazmín. En el suelo, sobre una alfombrilla, había una toalla caída. Me volví para buscar el famoso grifo y vi que ninguno goteaba.

Detrás de nosotros, la puerta se cerró.

No de golpe. Con un chasquido suave, casi cortés. Después se oyó el giro de una llave. Una vez. Dos veces. Y unas risitas ahogadas, apenas audibles, que se alejaban por el dormitorio.

—¿Niños? —dijo Selena.

—¡Misión cumplida! —gritó Elliot desde el otro lado.

—¡Corred! —chilló Evan.

—¡Que no se salgan! —añadió Ely.

—Elliot William Moore —dijo Selena, con una calma letal—. Abre esa puerta ahora mismo.

—No podemos, mamá.

—¿Cómo que no podéis?

—Es un secreto de Estado —respondió él, con una solemnidad que le habría envidiado cualquier diplomático—. La señora Rosa dijo que no se abre hasta que habléis.

—¿Hasta que hablemos de qué?

—De cosas de adultos —dijo Evan, y se oyó una carcajada nerviosa.

Selena cerró los ojos. Respiró hondo. Se llevó una mano a la frente.

—Rosa.

Desde algún lugar de la casa, tan lejano que tuvimos que contener el aliento para oírla, llegó una voz anciana y serena.

—Os he dejado agua, toallas y una bandeja con té en el aparador. No hay prisa. A mi edad uno aprende que los asuntos importantes no se resuelven con prisas, pero tampoco con silencios. Os dejo para que lo arreglen.




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