El secreto de Selena.

Capítulo 28: Raíces.

Selena.

Llegamos a casa al caer la tarde. Ethan no dijo una palabra durante todo el trayecto. Iba con la cabeza apoyada contra el cristal y la carpeta de Teodoro Bram sobre las rodillas, y de vez en cuando le temblaban los dedos, como si todavía sostuvieran algo que ya no estaba. Yo conducía despacio, con una mano en el volante y la otra, de vez en cuando, sobre su brazo. No hacía falta hablar. Había aprendido que hay silencios que sostienen más que cualquier frase.

Rosa nos esperaba en el porche con un chal sobre los hombros. Bastó una mirada para que comprendiera. Bajó los escalones y le tomó las manos a Ethan entre las suyas, pequeñas y arrugadas.

—Hijo —dijo, y era la primera vez que lo llamaba así—. Entra. Hay sopa caliente.

Él la miró como un niño al que acaban de perdonar algo. Asintió sin poder hablar y se dejó conducir a la cocina. Los niños, que habían pasado el día en casa de una amiga de Rosa, llegaron a las seis con las mejillas rojas y las mochilas arrastrando. Ely corrió hacia su padre antes de quitarse el abrigo.

—Papá, tienes los ojos hinchados.

—Un poco.

—¿Has llorado?

—Sí.

—¿Por qué?

Ethan se agachó a su altura. Yo me quedé en el umbral, conteniendo el aliento.

—Porque hoy dije adiós a alguien que no quería soltarme. Y a veces despedirse duele, aunque sea lo correcto.

Ely lo pensó con el ceño fruncido. Después le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso sonoro en la mejilla.

—Pues yo no me despido nunca. Así no duele.

Ethan rio entre lágrimas, y la risa le sacudió los hombros. Elliot y Evan se sumaron al abrazo sin que nadie se lo pidiera, y los cuatro quedaron enredados en medio de la cocina, entre risas y sollozos. Rosa me puso una mano en la espalda y me sonrió. No hizo falta decir nada.

Esa noche, cuando los niños se durmieron, Ethan y yo nos sentamos en el porche trasero, bajo el manzano, envueltos en una manta. Había luna llena y el jardín olía a tierra mojada. Él sostenía una taza de té entre las manos, sin beber.

—¿Cómo estás? —pregunté.

—Vacío. Y en paz. No sé cómo pueden ser las dos cosas.

—Pueden. Yo lo sentí el día de la audiencia.

—¿Sientes que yo te debo algo?

—Siento que los dos nos debemos algo. Tiempo. Cuidado. —Apoyé la cabeza en el respaldo—. Hoy he pensado mucho en lo que me contó Teodoro. En tu padre. En que murió sin que nadie supiera la verdad, igual que yo estuve a punto de vivir sin que nadie supiera la mía.

—Tu verdad se supo.

—La de tu padre también se sabrá. Entregaremos la carpeta mañana. Ferrer se ocupará.

—Gracias.

—No me las des.

—Es el único idioma que sé hablar.

—Pues sigue aprendiendo otros.

Sonrió. Se hizo un silencio, y en él sentí que algo se decidía sin que ninguno lo dijera. Ethan dejó la taza sobre el suelo de madera. Se volvió hacia mí, con las manos abiertas sobre las rodillas, como quien se desarma.

—Selena, quiero pedirte algo. Y quiero que me digas que no si no estás lista.

—Dime.

—Mi padre está enterrado en el panteón familiar, junto a mi abuelo. Nunca fui a visitarlo después del funeral. No podía. Quiero ir. Y quiero llevarme a los niños.

—¿A conocer a su abuelo?

—A que sepan de dónde vienen. Sé que no es fácil. Esa familia les hizo daño. Pero hubo un hombre, un solo hombre, que fue bueno. Y quiero que lo conozcan, aunque sea por una lápida.

Lo miré largo rato. Pensé en el retrato del vestíbulo de la mansión, en los ojos grises que me habían juzgado desde su marco. Pensé en Elliot, que preguntaba siempre de dónde venía su ceño.

—Iremos todos —dije.

—¿Tú también?

—Yo también. Fue el suegro que no llegué a tener.

Ethan me miró con una intensidad que me hizo bajar la vista. Entonces, con una delicadeza infinita, tomó mi mano y se la llevó a los labios. No fue un beso. Fue apenas un roce, un aliento tibio sobre los nudillos, pero me recorrió la espalda como una corriente.

—Voy despacio —susurró—. Lo prometo.

—Ya lo sé.

—Dime si me paso.

—Te lo diré.

Pero no se pasó. Esa noche no. Nos quedamos mirando la luna hasta que Rosa apagó las luces del piso de arriba, y cuando él se retiró a su cuarto, me quedé un rato más en el porche, con la mano todavía tibia y una sonrisa que no sabía cómo esconder.

El domingo siguiente fuimos al cementerio. Era un lugar sereno, con cipreses altos y un camino de grava blanca. El panteón de los Moore se alzaba al fondo, de mármol gris, con un ángel de alas plegadas sobre la puerta. Ethan caminaba delante con Ely en brazos. Elliot y Evan lo seguían de la mano, muy serios, con los zapatos limpios y las camisas bien planchadas. Rosa y yo cerrábamos la marcha.

Se detuvo ante una lápida sencilla. Alexander Moore. Un nombre, dos fechas y una línea debajo, grabada con letra pulcra: Padre, esposo, hombre honrado.

—Hola, papá —dijo Ethan.

Los niños se quedaron callados. Ethan dejó a Ely en el suelo y se arrodilló frente a la lápida. Pasó la mano por las letras, con una ternura que me estrujó el corazón.

—Perdóname por no haber venido antes. Perdóname por no haberte dicho nunca lo que tenía que decirte. —Su voz tembló—. Te quiero. Siempre te quise. Y ahora sé que tú también.

Elliot se acercó despacio y se puso a su lado. Miró la lápida con atención, como si leyera un libro difícil.

—¿Es mi abuelo?

—Sí.

—¿Se parecía a mí?

—Mucho. Tenía tu ceño.

—¿Y era bueno?

—El mejor.

Elliot asintió con gravedad. Después, con un gesto torpe, se arrancó una flor del puñado que llevaba Evan y la depositó frente a la piedra.

—Hola, abuelo. Soy Elliot. Cuido de papá.

No pude más. Me volví hacia un lado para que no me vieran llorar. Rosa me tomó del brazo y me apretó con fuerza. Evan colocó su flor junto a la de su hermano, y Ely, tras pensarlo un momento, dejó su muñeca de trapo recostada contra la lápida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.