El secreto de Selena.

Capítulo 29: Redención.

Ethan.

Leí la nota de mi madre once veces antes del amanecer.

Hay una persona más. Alguien que lo planeó todo conmigo, desde el principio. Me juró que cuidaría de ti. Está más cerca de lo que crees.

Me senté en la cocina de la casa de piedra blanca con el papel extendido sobre la mesa. La lluvia golpeaba el cristal como un dedo insistente. Selena se había quedado conmigo, envuelta en una manta, y el inspector Ruiz, que no se había atrevido a marcharse, bebía su café de pie junto a la puerta.

—Su madre no quiere hablar —dijo—. Despertó en la enfermería y no pronuncia palabra. Solo pregunta por usted.

—No voy a verla.

—Lo sé. Solo se lo cuento.

Cuando el inspector se fue, Selena apoyó la barbilla en las rodillas y me miró.

—Piensa en quién tuvo acceso a todo. A tu madre, a ti, a la empresa, al laboratorio.

—Eso es lo que me aterra. Que la lista es corta, y todos están en ella.

—Escríbela.

Lo hice. Anselmo, ya detenido. El doctor Weiss, entregado. Marcus Hale, fugado, aunque alguien pagó su huida. Victoria Sinclair, que supo demasiado de mi oficina. El mayordomo de la mansión. Y al final, con la letra apretada, el nombre que más dolía escribir.

Daniel Rhodes.

—No —dijo Selena al leerlo.

—Fue él quien recogió el cabello de Elliot. Quien guardó el número del expediente. Quien sabía dónde estaba yo cada minuto. Y quien, cuando me desperté sin memoria, me dijo que cuando recuperara los recuerdos no dejara que mi orgullo me ganara.

—Eso suena a un hombre leal.

—O a uno que sabía exactamente lo que iba a pasar.

Selena no discutió. Se limitó a mirarme con esa calma suya que ya no admitía engaños.

—Hazle las preguntas, Ethan. Pero hazlas como las haría el hombre que eres ahora, no el que fuiste.

Esa mañana cité a Daniel en mi ático. Lo recibí en el salón, sin saludarlo, con el expediente de las transferencias abierto sobre la mesa. Él entró con su tableta bajo el brazo y se detuvo al ver mi cara.

—Señor, ¿ocurre algo?

—Siéntate.

—Prefiero estar de pie.

—Daniel, hace tres años que trabajas conmigo. Dime desde cuándo sabías que mi madre había manipulado el laboratorio.

Se quedó en silencio. Un músculo le tembló en la mandíbula.

—Lo sospeché cuando me ordenó cancelar la prueba. Lo supe con certeza cuando usted despertó del accidente.

—Y no me lo dijiste.

—Le dije todo lo que pude sin jugarme su vida.

—¿Mi vida?

—Señor, hay cosas que... —Se detuvo. Respiró hondo—. Hace seis meses recibí una llamada. Una voz distorsionada. Me dijo que si usted seguía investigando a la señorita William, no llegaría a verla otra vez. Me ofrecieron dinero para que lo vigilara y lo informara. Lo rechacé. Pero seguí recibiendo llamadas. Fingí colaborar para descubrir quién era. No quise decírselo porque no sabía en quién podía confiar. Ni siquiera en su familia.

Sentí que se me aflojaban los hombros.

—¿Quién te llamaba?

—No lo sé. Pero guardé los registros. Todas las llamadas salían de una línea registrada a nombre de una sociedad que pagaba también las facturas de la clínica Alder. —Dejó la tableta sobre la mesa y la deslizó hacia mí—. Llevo meses rastreando la sociedad. Se llama Fideicomiso Halcón. Apareció por primera vez hace dieciséis años, tras la muerte de su padre.

Abrí el documento. Cientos de movimientos, firmados por un apoderado que nunca había visto. Pero en la última página, en una nota de registro, figuraba una dirección: la antigua casa de campo de la familia, en las afueras, la que mi padre heredó de mi abuelo y que, según mi madre, estaba cerrada desde hacía años.

—Daniel.

—Dígame.

—Perdóname. Te acusé en mi cabeza antes de preguntar. Es lo mismo que le hice a Selena.

Daniel sostuvo mi mirada con una expresión que me costó años de jefe entender. No era rencor. Era alivio.

—Prefiero que pregunte, señor. Eso es lo que lo distingue ahora de quien fue.

Salimos esa misma tarde hacia la casa de campo. Selena insistió en acompañarme, pero esta vez dije que no. Había demasiada gente en mi vida que había pagado mis errores. Le pedí que se quedara con los niños y con Rosa, y que no abriera la puerta a nadie que no fuera Ruiz.

—Prométeme que volverás —dijo, sujetándome la solapa.

—Siempre vuelvo.

—No digas siempre. Aprendimos que es una palabra peligrosa.

—Entonces te prometo esta vez.

Me besó con una prisa tensa y me soltó.

La casa de campo estaba al final de un camino de grava, rodeada de olmos. Parecía abandonada. Las contraventanas colgaban, la hiedra cubría la fachada. Pero había una luz en la planta baja. Daniel y dos agentes se quedaron entre los árboles. Yo avancé solo, con el corazón desbocado, hasta la puerta, que cedió al primer empujón.

Dentro olía a polvo y a madera vieja. En el salón, junto a una chimenea encendida, estaba sentado un hombre de espaldas, con una copa de coñac en la mano. Reconocí su cabello plateado antes de que se volviera.

—Llegas pronto —dijo mi tío Richard—. Esperaba que tardases un día más.

Me quedé inmóvil. Había en mí una parte que aún quería creer que me había equivocado. Que era otro. Que aquel hombre que me había enseñado a jugar al ajedrez no podía ser el mismo que lo había movido todo en la sombra.

—Tío.

—Siéntate, Ethan. Te serviré un coñac.

—No quiero nada.

—Siempre fuiste obstinado. —Se levantó con una sonrisa cansada y se sirvió otro—. Tu padre también. Por eso no le quedó otra opción.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Dime que no fuiste tú.

—No puedo mentirte. Lo hice por la familia.

—Mi madre me dijo que alguien la ayudó. Que le juró cuidar de mí.

—Y lo hice. Te cuidé durante años. Te enseñé a dirigir la empresa. Estuve a tu lado cuando todos los demás te abandonaron. —Se acercó con un gesto casi tierno—. ¿Recuerdas el día de tu boda cancelada? Fui yo quien te sostuvo mientras llorabas. Fui yo quien despidió a los invitados.




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