El secreto de Selena.

Capítulo 32: Oscuridad.

Eleanor.

Dicen que en la cárcel el tiempo se detiene. Es mentira. El tiempo sigue corriendo, pero lo hace por los demás. Corre por las calles, por los jardines, por las casas con luz en las ventanas. Dentro de estos muros solo gotea, como el grifo roto de la enfermería que llevo meses oyendo cada madrugada.

Llevaba catorce meses encerrada cuando decidí jugar mi última carta.

Me habían quitado todo. La mansión, las cuentas, el apellido que durante cuarenta años fue mi armadura. Mi hijo me había declarado muerta en una sala sin ventanas, mirándome a los ojos con una frialdad que no supe de dónde había sacado. No de mí. No de su padre. Quizá de esa mujer. De aquella muchacha de ojos oscuros que yo había intentado borrar del mundo y que, sin levantar la voz, había terminado ocupando mi lugar en la vida de mi propio hijo.

Me enteré de todo por la cuidadora que me traía el correo. Una muchacha joven, ingenua, de las que hablan demasiado. Me contó, sin saber que cada palabra me abría una herida, que el señor Moore vivía casi todo el tiempo en la casa de piedra blanca. Que había una fiesta de cumpleaños. Que el viejo William y su esposa habían vuelto a la vida de su hija. Que los niños llamaban papá a mi hijo y que la señora William, la directora, sonreía como si nunca hubiera conocido el miedo.

Esa noche no dormí. Me quedé sentada en el borde del catre, con las manos en el regazo, mirando la pared de hormigón. Pensé en Alexander. Pensé en el niño que había sido Ethan, el que se escondía en mi falda cuando tronaba. Pensé en todo lo que había hecho y, por primera vez, no intenté justificarlo.

No sentí culpa. Eso lo sé con certeza, aunque me avergüence escribirlo. Lo que sentí fue algo más rastrero y más viejo. Fue hambre. El hambre de quien ha perdido todo menos la obstinación.

Mi hijo era mío. Eso era lo único que me quedaba. Y no iba a permitir que me lo quitara una limpiadora con una fortuna prestada.

Tenía una última baza. No era dinero, porque no me quedaba. No eran hombres, porque los últimos los había entregado a la policía con sus propias declaraciones. Era una persona. Una muchacha que durante meses se sentó a mi mesa, que me llamó madre sin que yo se lo pidiera, que estuvo a punto de llevar mi apellido y que, según me había dicho la cuidadora, aún enviaba flores a la mansión vacía cada primer domingo del mes.

Victoria Sinclair.

Pedí una visita. La directora de la prisión, una mujer seca que no me miraba a los ojos, tardó tres semanas en concederla. Mi abogado de oficio, un hombre joven y cansado, intentó disuadirme.

—Señora Moore, cualquier contacto con testigos del caso puede perjudicarla.

—Ya no puede perjudicarme nada.

—Hay una orden de alejamiento.

—Contra mi hijo, contra su mujer y sus hijos. No contra la hija de un senador que quiere venir a verme.

No supo qué responder. Firmó el papel.

Me prepararon para la visita como se prepara a una condenada. Me quitaron las horquillas, me cambiaron el uniforme beige por otro más limpio, me peinaron con agua. Un espejo pequeño de la enfermería me devolvió a una mujer de sesenta y seis años con el cabello blanco como la cal y los ojos hundidos en dos pozos oscuros. Me costó reconocerla. Me costó más aceptar que me daba lástima.

La sala de visitas tenía una mesa de metal y dos sillas atornilladas al suelo. Esperé, con las manos esposadas sobre la superficie fría, mirando la puerta. Cuando se abrió, entró una joven de abrigo claro y cabello recogido, con los ojos serenos y una carpeta bajo el brazo.

Victoria. Había cambiado. Ya no tenía el aire de revista que le conocí, ni la sonrisa ensayada de las cenas de domingo. Parecía más delgada, más madura, con una sombra de cansancio que le sentaba bien.

—Eleanor —dijo, y se sentó frente a mí.

—Hija.

—No me llame así.

La dureza de su voz me sorprendió. La recordaba dócil, complaciente, siempre atenta a cada gesto mío. Aquella muchacha había desaparecido.

—Has venido —murmuré, con una dulzura que había aprendido a fingir hacía décadas—. Temía que no lo hicieras.

—Vine por una sola razón. Quiero saber por qué me pidió esta visita.

—Para verte. Para pedirte perdón.

—Eso es mentira.

—Victoria...

—Señora Moore, usted nunca ha pedido perdón a nadie en su vida. Dígame qué quiere o me marcho.

Respiré hondo. Había ensayado aquel momento durante semanas. Cada palabra, cada pausa, cada lágrima.

—Está bien. Seré sincera, como siempre debí serlo contigo. Te utilicé. Te elegí para mi hijo porque eras una buena muchacha, de buena familia, y creí que lo harías feliz. Me equivoqué en el método. No en el fondo. Tú lo querías.

—Lo quise. Hasta que supe lo que era capaz de hacer su madre.

—Todo lo hice por él.

—No empiece.

—Escúchame. —Me incliné hacia delante, con las muñecas tintineando—. Tú sabes lo que esa mujer le hizo a mi hijo. Lo arruinó. Le quitó su empresa, su apellido, su dignidad. Hoy Ethan vive en una casa que no es suya, rodeado de hijos que no son suyos, sostenido por una muchacha que lo domina como a un perro. Ya no es el hombre que conociste. Lo han vuelto blando, Victoria. Lo han vuelto débil.

—He visto a Ethan hace dos semanas —dijo ella con calma—. Nunca lo había visto tan entero.

—Es una máscara. Está atrapado.

—Está feliz.

—Está engañado.

Victoria me miró en silencio, con una paciencia fría que me desconcertó. Entonces comprendí que no iba a ser fácil. Pero no tenía otro camino. Bajé la voz hasta convertirla en un susurro.

—Hay una manera de separarlos. Una sola. Y solo tú puedes hacerla.

—¿Cuál?

—La prensa. Los inversores. Los rumores. Tú tienes contactos que yo ya no tengo. Un par de entrevistas bien colocadas, una insinuación sobre el pasado de esa mujer, sobre los hombres que hubo en su vida. Una filtración sobre el dinero de Rosa Benítez, que no es tan limpio como parece. Un escándalo discreto. Lo suficiente para que Ethan dude de ella otra vez. Él es orgulloso, Victoria. Si lo hieres en el orgullo, se aparta.




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