El frío de Aethelgard no descendía del cielo como una precipitación común; se filtraba desde las juntas de la piedra, rezumaba de las vigas de hierro fundido y se asentaba en la garganta como una limadura de metal pulverizado. En los niveles inferiores de la fosa, allí donde la luz del Sol artificial apenas llegaba convertida en un crepúsculo ceniciento y enfermo, la temperatura no se medía en grados, sino en el precio del litro de vapor denso que circulaba por las tuberías maestras del Consejo.
Elena se detuvo en el descansillo de la escalera del sector seis, con la espalda pegada a la mampostería húmeda para evitar la corriente de aire glaciar que bajaba por el pozo de ventilación tres. Se ajustó el embozo de su abrigo —una pieza gruesa de lona impermeable recuperada de los trajes de aislamiento de los limpiadores de calderas, zurcida docenas de veces con hilo de cobre barnizado— y esperó a que el chasquido del relé electromagnético del nivel superior dejara de resonar.
A cincuenta metros por encima de su cabeza, la gran tubería de distribución primaria dejó escapar un soplido sordo, expulsando una nube de vapor grisáceo que se condensó de inmediato al contacto con el aire del abismo. Las gotas cayeron sobre la reja de hierro a sus pies con el ritmo seco de una clepsidra de óxido.
—Cuatro minutos de retraso —murmuró Elena para sí misma, ajustándose el guante de cuero reforzado en la mano izquierda.
En su muñeca, un manómetro analógico adaptado mediante un brazalete de bronce marcaba una presión de tres bares en el circuito secundario. Era una lectura miserable. A esa hora de la madrugada, el Consejo de El Eos debería haber abierto la válvula del colector geotérmico para alimentar los talleres de la fundición central. Sin embargo, la aguja apenas temblaba en la zona roja de la escala. Eso solo significaba una cosa: el impuesto térmico del mes de octubre había vuelto a subir, y los condensadores de las Penumbras estaban siendo estrangulados desde los mandos del nivel ochenta.
Elena se inclinó sobre la caja de conexiones empotrada en el muro. Sacó de su morral una llave de trinquete de boca ajustable, una botella de cristal oscuro que contenía lubricante sintético de baja densidad y una varilla de cobre con la punta limada en forma de cuña. Sus movimientos eran fluidos, ejecutados con la precisión quirúrgica de quien ha repetido la misma operación ilícita cien veces bajo la amenaza constante de los rifles de presión de los Auditores.
Retiró los cuatro pernos de latón que aseguraban la cubierta de la caja. El interior olió de inmediato a baquelita quemada y grasa mineral rancia. Entre la red de cables aislados con tela alquitranada, el pequeño contador de volumen —un cilindro de bronce con esferas numeradas de marfil artificial— giraba con una lentitud exasperante, registrando cada litro de vapor que la vivienda de su hermano consumía para mantener el radiador de hierro del dormitorio por encima de la temperatura de congelación.
Elena colocó la cuña de cobre entre los dientes del engranaje primario. El mecanismo emitió un chasquido ahogado y se detuvo.
Por un instante, el silencio del sector seis pareció intensificarse. Desde la profundidad de los corredores inferiores, cientos de metros por debajo del suelo de piedra, llegaba el retumbo sordo y constante de los pistones geotérmicos del Núcleo Solar: el latido artificial que sostenía la metrópoli, una pulsación de baja frecuencia que ningún habitante de las Penumbras dejaba de sentir en la planta de los pies, ni siquiera al dormir.
—Perdóname, pequeño contador —susurró, aplicando una gota de lubricante en el eje retenido para evitar que el roce emitiera chirridos cuando la presión del colector aumentara repentinamente—. Hoy Mateo necesita dormir cuatro horas seguidas sin que se le congelen los pulmones.
Cuidadosamente, conectó un manguito de caucho reforzado desde la toma de purga de la caja hacia un cilindro térmico portátil que llevaba colgado a la espalda. El metal del cilindro se entibió al instante, absorbiendo el vapor robado antes de que el indicador de masa de la red detectara la caída de presión en el tramo local. Era un trabajo de orfebre: si extraía más de dos litros por minuto, los sensores de flujo del puesto de control del sector seis encenderían las luces estroboscópicas de alarma en la caseta de la Guardia.
Mientras el recipiente de su espalda se llenaba con un silbido casi imperceptible, Elena volvió la vista hacia la enorme abertura central del sector.
Aethelgard no se parecía a ninguna ciudad del mundo exterior del que hablaban los libros prohibidos que su padre guardaba antes de la Purga. La metrópoli era una inmensa catedral invertida de acero, piedra volcánica y cristal polarizado, excavada en las entrañas de una fosa tectónica natural en medio de la cordillera. En la cúspide de esa estructura, suspendida a más de trescientos metros de altura sobre las penumbras del fondo, la Cúpula relucía como una joya inaccesible.
Desde donde Elena estaba parada, la Cúpula se veía como una red gigantesca de hexágonos de cristal grueso, iluminados desde adentro por los proyectores del Núcleo Solar. Allí arriba, según los relatos de los mecánicos que bajaban tras reparar las tuberías de las terrazas, el aire era cálido y seco, los jardines colgantes daban frutos dos veces por año y los miembros del Consejo caminaban por galerías de mármol vistiendo túnicas de seda sintética que jamás conocían el hollín de las calderas.
Abajo, en cambio, la ciudad baja se arrastrabas por las paredes de la fosa como una colonia de líquenes de hierro. Los niveles del uno al cuarenta —las Penumbras— no eran más que una maraña de pasarelas suspendidas, viviendas cuadradas construidas con planchas de embalaje industrial, tuberías que chorreaban condensado helado y talleres donde el vapor se pagaba con horas de trabajo en las minas de carbón de la base.
Un paso metálico resonó en el tramo de la pasarela superior, sacando a Elena de sus pensamientos.