El aire en los niveles superiores de El Eos no sabía a azufre ni a aceite quemado; sabía a ozono congelado, a antiséptico industrial y a la sequedad clínica de los filtros de regeneración de aire que funcionaban sin interrupción desde hacía medio siglo.
A noventa niveles por encima de la mugre y el hacinamiento de las Penumbras, la Torre Central del Estado Mayor se erigía como una aguja de hormigón pulido y vidrio polarizado. A través de los enormes ventanales del despacho del Comando de Contención, el mundo no se veía como una fosa claustrofóbica, sino como una abstracción geométrica iluminada por los reflectores de la matriz: una red de anillos de piedra y acero suspendidos sobre la nada cenicienta del abismo.
El Comandante Valerius Thorne permanecía inmóvil frente a la cristalera, con los brazos cruzados a la espalda y los ojos dorados fijos en el horizonte artificial del domo.
Vestía el uniforme de gala de la división de élite: una túnica de lana negra de corte militar ajustada al torso por un arnés de cuero rígido, pechera con el relieve del sol de tres engranajes y guantes de polímero reforzado que le cubrían las manos hasta la mitad del antebrazo. Esos guantes no eran un accesorio de elegancia, sino una contención médica indispensable. Bajo la piel sintética del polímero, las venas de sus manos emitían un latido dorado y difuso, la manifestación visible del reactor térmico biológico en el que los científicos del Consejo habían convertido su cuerpo durante los experimentos de la Gran Reorganización.
A su espalda, la puerta neumática del despacho se abrió con un silbido ahogado.
—Los informes de la Guardia del sector seis están listos, Comandante —dijo el Oficial de Enlace Kael, dando tres pasos sobre el suelo de mármol gris hasta detenerse en el límite de la alfombra de protocolo—. La patrulla nocturna reporta una caída de presión de dos bares en el tramo secundario del colector cuatro entre las dos y las tres de la mañana.
Valerius no se giró de inmediato. Permaneció contemplando la marea de nubes tóxicas que se arremolinaban bajo la estructura del nivel cuarenta.
—¿Identificaron la fuente del drenaje? —preguntó. Su voz era grave, limpia de cualquier emoción, con una resonancia metálica que infundía un respeto helado en sus subalternos.
—Los sensores de masa no registraron roturas de tuberías —respondió Kael, ajustándose el cuello de su chaqueta gris de la burocracia—. Todo apunta a una extracción ilegal por derivación manual. El equipo de inspección sugiere una purga selectiva en el bloque cuatrocientos de la franja baja: cortar el suministro de vapor durante cuarenta y ocho horas para forzar a los responsables a entregar los conectores robados.
Valerius se giró despacio. La luz cenicienta que filtraba el ventanal iluminó las facciones marcadas de su rostro: la línea recta de la mandíbula, los pómulos angulosos y la cicatriz pálida que le cruzaba la sien izquierda hasta desaparecer bajo el nacimiento del cabello oscuro. Sus ojos, de un amarillo dorado y penetrante, parecieron calcular el costo exacto de la propuesta en menos de un segundo.
—Una purga de cuarenta y ocho horas en el sector seis provocará sesenta casos de neumonía grave entre la mano de obra de los talleres de fundición —dijo Valerius, caminando hacia la mesa de acero pulido que ocupaba el centro de la estancia—. Si la fundición pierde el turno de la tarde, la producción de válvulas de reemplazo para los radiadores de las galerías de El Eos se retrasará tres días. Y los miembros del Consejo no toleran que la temperatura de sus invernaderos baje de los veinte grados.
Kael bajó la mirada, apretando la carpeta de documentos contra el pecho.
—¿Cuáles son sus órdenes entonces, Señor?
—Sustituyan los sensores analógicos del colector cuatro por medidores de presión de mercurio de alta precisión —ordenó Valerius, apoyando las palmas de sus guantes sobre la mesa de acero—. Y aumenten la frecuencia de las patrullas en las pasarelas superiores a intervalos irregulares. Quienquiera que esté desviando vapor de esa línea no es un obrero desesperado improvisando con mangueras de goma. Tiene conocimientos de ingeniería neumática y sabe exactamente en qué momento la red entra en ciclo de purga.
—Entendido, Comandante —asintió Kael, anotando la instrucción en su libreta de baquelita—. Hay otro asunto. El Canciller Vane solicita su presencia en el Gran Salón del Consejo antes de la sesión de redistribución de cuotas.
Valerius no respondió de inmediato. Flexionó los dedos dentro de sus guantes de polímero, sintiendo la fricción leve de la energía térmica que se acumulaba bajo la epidermis de sus palmas. Era un calor sordo, constante, una carga que llevaba diez años quemándole la piel por dentro y que solo la tecnología de aislamiento del Estado Mayor lograbas mantener bajo control.
—Iré de inmediato —dijo finalmente.
El Gran Salón del Consejo de El Eos ocupaba la cúspide de la torre noventa y cinco, un espacio circular coronado por una cúpula menor de cristal transparente que permitía una visión panorámica de toda la fosa de Aethelgard.
Allí, alejados del ruido de los motores y de la humedad de los niveles inferiores, los nueve magistrados del Consejo gobernaban la metrópoli sentados en sillones de cuero blanco dispuestos en semicírculo. Llevaban túnicas de seda sintética decoradas con bordados de hilo de plata y cadenas de oro que sostenían las insignias del racionamiento térmico.
Cuando Valerius ingresó en la estancia, los pasos de sus botas militares resonaron sobre el suelo de mármol pulido, interrumpiendo la conversación que el Canciller Vane mantenía con el Magistrado de Agricultura.
El Canciller Vane era un hombre de unos sesenta años, de tez pálida y cabello canoso peinado con rigor. Sus manos, finas y sin una sola marca de trabajo físico, sostenían un cilindro de cristal donde flotaba una gota de agua destilada de absoluta pureza, traída de los condensadores de la cúspide.