La Deuda del Patriarca

6. Alimentar a una sombra

12 de julio de 1970. Día 2, el yate ya en alta mar.

Rick había dormido, si a aquello se le podía llamar dormir, en el sillón del salón, con la chaqueta de la boda echada encima y la puerta del camarote al alcance de la vista.

A la madrugada había dado al capitán la orden de rumbo oeste, hacia las islas del Canal, y una segunda orden que nadie comprendió del todo: que nadie entrara en el camarote principal sin que él lo autorizara. La tripulación no sabía qué había ocurrido tras la puerta cerrada y él no pensaba contárselo. Pero a media mañana ya había notado dos cosas. Que los paños limpios y el agua caliente que había pedido la noche anterior seguían donde el cocinero los dejó, intactos, y que la muchacha no había probado bocado en todo el día. Y que cada vez que un marinero cruzaba el salón en dirección a la cubierta, ella, sentada en el borde de un sillón, se encogía contra el respaldo como si esperara el golpe.

Había doblado el vestido blanco antes de que él lo viera. Lo encontró en el armario, plegado en cuatro con una precisión que le dolió, las mangas dentro, el cuello hacia arriba, como quien guarda lo único valioso que tiene. No dijo nada. Cerró la puerta del armario despacio, para no deshacer lo que ella había hecho.

A la caída de la tarde empezó a llover. Una lluvia fina, de agua gris, que mojaba la cubierta y arrancaba al mar un color de pizarra. La lámpara del salón se balanceaba en su gancho. Rick la miró, a ella, sentada con las manos entre las rodillas y los ojos clavados en las tablas, y comprendió que no sabía cómo se hacía esto sin parecer una orden.

—Tienes que lavarte —dijo, y la frase salió dura. Se lo reprochó en el mismo instante. Probó de nuevo, más bajo—. El agua está caliente. Hay jabón. Nadie va a entrar.

Kyra levantó la vista un segundo. Después asintió, o hizo lo que en ella equivalía a asentir, un hundimiento de los hombros, y se puso de pie. La acompañó hasta el cuarto de baño del camarote, abrió el grifo hasta que salió vapor y se quedó junto a la puerta entornada con la espalda vuelta, de guardia, como un criado en su propia casa.

Oyó el agua caer. Oyó, bajo el agua, otro sonido: un jadeo breve, contenido, cuando el chorro tocó lo abierto. Y se obligó a no entrar. Pasaron diez minutos. Quince. Cuando por fin ella salió, envuelta en la toalla hasta los hombros, con el pelo goteando sobre el suelo de caoba, la venda vieja se le había despegado en las puntas. Una tira cuelgaba, empapada, de la zona lumbar. Rick vio, antes de apartar la mirada, un fragmento de piel que no estaba hecha para verse: una costra oscura, bordes inflamados, y las líneas blancas de lo anterior cruzándose debajo.

Apartó los ojos. No porque le diera asco. Porque lo que sintió al mirarla no era cálculo, y no sabía qué hacer con eso. Se había pasado la vida mirando a las personas como se mira un libro de cuentas: lo que debían, lo que podían pagar, lo que valía la pena cobrarles. Frente a esa espalda no había ninguna columna que sirviera.

Fue al armario y sacó una de sus camisas, oscura, de algodón grueso, y se la tendió sin mirarla.

—Póntela.

Ella la tomó con las dos manos. Le llegaba a medio muslo. Las mangas le colgaban más allá de los dedos. Se la puso sin preguntar nada, porque al menos eso no le dolía, y cuando la tela se le acomodó sobre los hombros Rick vio que la sostenía contra el pecho con los puños cerrados, aspirando muy despacio, como se aspira algo que no se conoce. Olía a él. No pareció molestarle.

Le indicó que se sentara en el borde de la cama. El cocinero había dejado un plato de estofado, todavía humeante, sobre una bandeja de plata. Rick se lo acercó y le tendió la cuchara. Ella la tomó, pero no la levantó. La sostuvo sobre el plato con la mano temblando, mirando el vapor, como si hubiera una trampa debajo.

Pasó un minuto. Rick cogió una silla, se sentó frente a ella y le quitó la cuchara con un gesto sereno, sin brusquedad. La llenó. Se la acercó a los labios con la misma precisión con que habría firmado un contrato. Era consciente, en cada movimiento, de que cada gesto que hacía ahora deshacía un poco al heredero que había sido el día anterior.

Kyra abrió la boca.

La alimentó en silencio, cucharada por cucharada. Comió las tres primeras con los ojos cerrados y las manos temblando sobre las rodillas. Rick observaba la línea de las clavículas marcándose bajo la tela de su camisa, el modo en que ella tragaba, deprisa, con la mirada baja, como si temiera que le quitaran el plato antes de terminar. La furia que arrastraba desde la mañana de ayer, contra Frederick, contra Roland, contra sí mismo por haber dicho sí en la catedral, se le estaba convirtiendo en otra cosa. Más útil y más peligrosa.

Cuando el plato quedó vacío, Kyra levantó los ojos. Era la primera vez que lo miraba sin bajarlos al instante. Eran de un color indefinido, entre verde y gris, y tenían en el fondo una luz que no concordaba con el resto de ella. Rick le sostuvo la mirada hasta que ella la apartó.

Pensó en su padre. En la inspección en su despacho. En la sonrisa que no llegaba a los ojos. Y la idea de entregar a esa muchacha otra vez al mundo del que acababa de salir, fuera Londres, la mansión, o la mesa de Roland, se le instaló en el pecho como un hierro al rojo.

—Descansa —dijo, y se puso de pie.

Salió del camarote sin cerrar la puerta con llave.

En la cubierta llovía. El mar se movía despacio, gris sobre gris, y el viento le mojó la cara y le deshizo el nudo de la corbata que todavía llevaba. Encontró al segundo de a bordo junto a la barandilla, un hombre de unos cuarenta años, tranquilo, con el gesto de quien ha visto muchas cosas y ha aprendido a no comentarlas.

—¿Cuánto tardaríamos en dar media vuelta, si yo lo ordenara? —preguntó Rick, en voz baja.

El hombre miró al horizonte, calculó.

—Dos días, señor Schultz. Con buen tiempo.

Rick asintió. No dijo nada más. Se quedó un rato junto a la barandilla, sin saber si lo que acababa de hacer era una pregunta o el principio de una decisión.




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