13 de julio de 1970. Día 3, por la tarde.
Rick salió del camarote con la mandíbula todavía tensa por el trabajo de las gasas, y cerró la puerta sin echar la llave.
El pasillo del yate comunicaba el camarote con la cocina, la sala de máquinas y la cubierta. El sol de la tarde caía casi vertical sobre la madera y el mar, afuera, brillaba en parches metálicos. Rick no iba a ningún sitio. Iba a respirar. Se había pasado la mañana con las manos sobre una espalda que no sabía cómo mirar, y necesitaba un rato para volver a ser el hombre que daba órdenes.
Al pasar junto a la cocina oyó la conversación.
—…se lo han llevado de noche, dicen. El mayordomo. Y nadie sabe adónde.
—Pues eso. Que el señor Vonder Lynch ha desaparecido de su propia casa.
Rick se detuvo en seco. Era una voz joven, de marinero que susurra con el gusto de saber algo que otros ignoran, y la otra, más grave, contestaba con las mismas palabras bajas. El nombre de su suegro funcionó como un detonador.
Entró.
Los dos hombres se pusieron de pie de golpe. Uno pelaba patatas en un cubo, el otro remendaba una red. Rick no levantó la voz. Les pidió que lo siguieran a la sala de máquinas, donde el motor apagado daba un olor a aceite viejo y a metal templado, y los interrogó con la frialdad con que habría interrogado a un deudor que esconde un pagaré.
No sabían mucho, pero lo que sabían encajaba. El radiotelegrafista había recibido esa mañana el parte de un conocido del puerto: que la noche después de la boda, James, el mayordomo de los Vonder Lynch, se había llevado a Frederick de la casa. Sin escándalo, sin maletas. Que la señora Samantha fingía no saber nada. Que las hijas, la mayor y la pequeña, Karol y Kristine, estaban encerradas en sus habitaciones, y que ningún criado se atrevía a preguntar por qué.
Rick les dio las gracias. Los dejó ir.
Se quedó solo, de pie entre las máquinas dormidas, y pensó. La desaparición de Frederick no era casual. No huía un hombre cobarde: lo escondían. Y quien lo escondía, James, llevaba dieciocho años siendo la sombra de una casa donde, según acababa de intuir, nadie se había atrevido a hacer demasiadas preguntas. Un hombre que entrega a su hija como moneda sabe que, tarde o temprano, alguien vendrá a cobrarse la otra mitad de la deuda. Frederick se había adelantado. O alguien se había adelantado por él.
Bajó a la bodega con un candil, porque había un registro de carga colgado de un gancho junto a la escotilla y porque, en los negocios de su padre, había aprendido que los papeles cuentan lo que los hombres callan. Recorrió las columnas con el dedo: provisiones, cabos, barriles de agua, un cajón de herramientas. Y, en una de las cajas de aprovisionamiento, una anotación a lápiz, con una caligrafía que no era la del contramaestre: D. Dieter.
Se quedó inmóvil.
Dieter. Lo conocía. Un marinero viejo, sin oficio de mar y con oficio de cobrador, que había trabajado años para Roland en los muelles, con una cicatriz en la ceja y una paciencia de perro de presa. Dieter no tenía nada que hacer en aquel yate. Y recordó, de golpe, la frase de su padre en la catedral: Uno no se casa para quedarse en Londres. El regalo. El muelle. Los diez días. La mano que lo había traído hasta aquí no era una mano generosa. Era un ojo.
Subió a cubierta y buscó al segundo de a bordo. Le preguntó, con tono llano, por la escala de la isla y le exigió ver la lista de pasajeros antes de la cena.
—No hay pasajeros, señor Schultz. Solo usted y la señora.
—Entonces enséñeme la lista de quienes figuran como tripulación extraordinaria.
El hombre dudó un segundo. Asintió.
Rick formuló en silencio un plan con tres vértices. Encontrar a Frederick antes de que lo encontrara su padre. Arrancarle la verdad de lo que James había hecho con Kyra en los calabozos de aquella casa, porque ya no le cabía duda de que había calabozos. Y asegurarse de que Roland no pudiera usar esa información para apretarle más las tuercas. Era una rabia distinta a la de la mañana: no ciega, sino arquitectónica, de las que se construyen plano a plano. Y mientras la planeaba comprendió algo que lo incomodó más que cualquier amenaza: que la herencia de su padre —la mesa de caoba, los anillos de oro, esa manera de sonreír sin que la sonrisa llegara a los ojos— le ofrecía ahora un manual de crueldad que él podía reescribir desde dentro.
Salió a la barandilla. El viento del Canal le golpeó el pecho abierto. Apretó el puño izquierdo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Podía volver a Londres. Podía llegar a la casa de los Vonder Lynch con un arma bajo el abrigo y esperar a James en un pasillo. Sería la respuesta de un Schultz. La que su padre habría dado, con otro método y con peor puntería. No era la suya. Si había una respuesta suya, tenía que parecerse más a las manos que esa mañana habían vendado una espalda que a las manos que la habían marcado.
Se quedó ahí hasta que el sol empezó a bajar.
Cuando volvió al camarote, la puerta estaba entreabierta, tal como él la había dejado. Kyra dormía sobre el colchón, de lado, con la camisa oscura subida sobre los hombros y la cuchara de la avena todavía en la falda, como si hubiera olvidado soltarla. Rick se arrodilló junto a la cama. Con dos dedos le retiró el pelo rojo de la cara, con un cuidado que no se permitía a sí mismo, y se quedó un rato mirándola respirar.
En el bolsillo del pecho llevaba la lista de papel donde el nombre de Dieter aparecía con una marca a lápiz al lado, y todavía no se la había enseñado a nadie. La decisión de proteger a Kyra por encima de cualquier plan de venganza estaba ahí, en el modo en que la miraba, y en el papel que aún no sabía cómo explicar.
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Editado: 04.11.2026