La Deuda del Patriarca

24. Kristine

Principios de noviembre de 1970.

Kyra estaba de rodillas en el jardín, enterrando los últimos bulbos de la temporada, cuando oyó el portón.

No fue un ruido fuerte. Fue el chirrido que hacía siempre al abrirse, que Rick todavía no había arreglado del todo, y que ella había aprendido a reconocer como se reconoce el paso de una persona conocida. Levantó la cabeza con las manos manchadas de tierra y vio a la muchacha al otro lado de la valla.

Era delgada, morena, de unos quince años, con dos trenzas apretadas y un abrigo de colegio de lana azul que le quedaba un poco corto. Llevaba una cesta de mimbre cubierta con un paño. No entró. Se quedó de pie en el camino, con la mano en el portón, a la distancia exacta de quien no está segura de que se le permita pasar.

Kyra la reconoció antes de pensarlo.

El cuerpo se le encogió. No fue un recuerdo consciente. Fue algo más viejo, que subió desde la espalda hasta la nuca: el olor de la mansión, que aquella niña traía pegado a la ropa, a cera y a carbón y a cuarto cerrado. Se levantó despacio, con el tallo de un bulbo todavía entre los dedos, y se quedó parada.

La muchacha no hizo ningún movimiento brusco. Esperó. Tenía unos ojos oscuros, grandes, muy quietos, que miraban sin pedir nada.

—¿Puedo? —preguntó.

Era la misma pregunta que Rick le hacía siempre antes de tocarla. Kyra no supo por qué casi la hizo llorar, y se obligó a tragárselo.

—Sí —dijo.

La niña entró y cerró el portón detrás de ella con cuidado, para que no chirriara. Se acercó hasta unos pasos y se detuvo otra vez.

—Me llamo Kristine.

—Lo sé.

Kristine esbozó una sonrisa pequeña, torcida. Dijo que lo sabía, claro, pero que le parecía educado presentarse. Después, sin dar tiempo a que ninguna de las dos se arrepintiera, añadió:

—He venido en el autobús. Dije que iba a casa de una compañera del colegio. —Se mordió el labio—. Nadie lo ha creído, pero nadie ha dicho nada.

Se sentaron en el escalón de piedra de la entrada, una al lado de la otra, sin tocarse. Kyra se limpió las manos en la falda. Había una brisa fría que movía los setos y Kristine no soltaba la cesta, la tenía sobre las rodillas, abrazada, con los nudillos blancos.

—¿Cómo me encontraste?

—Ruth se fue en el autobús de la costa. El chico de la panadería la vio. —Hizo una pausa—. Ella me dejó una nota en la almohada, antes de irse. Solo decía que estaba bien. Y el nombre del pueblo. —Alzó los ojos hacia la casa—. Tienes una casa muy bonita.

—No es mía.

—Sí lo es —dijo Kristine, con la misma seguridad de quien dice la hora.

Kyra la miró de reojo. Era la primera vez que veía de cerca a alguien de aquella casa que no fuera un enemigo, y no sabía qué hacer con las manos. La niña hablaba poco, con frases cortas y bajas, mirando hacia delante. Tenía la calma de quien ha aprendido a oír detrás de las puertas.

—Yo sabía —dijo, de pronto.

—¿Qué?

—Que existías. Desde que tenía nueve años. —Hizo girar un hilo suelto de la cesta entre los dedos—. Los mayores no hablan bajo cuando creen que un niño no entiende. Oí a mi madre decírselo a James. «Esa muchacha del sótano». Lo dijo así. Y después vi a Ruth subir con la bandeja vacía, y fui a mirar, y entonces te vi. —Tragó saliva—. Desde la escalera de servicio. Estabas fregando el suelo. Pensé: es mi hermana.

La palabra cayó entre las dos.

Kyra se quedó sin aliento. Nadie la había llamado así. Nadie había pronunciado esa palabra en voz alta delante de ella, para ella, referida a ella. Le sonó a un idioma extranjero que, sin embargo, entendía.

—Karol no lo sabe —añadió Kristine—. Cree que no existes. O que eres una criada que se fue.

Hubo un silencio largo. Un gorrión se posó en el seto, miró y se fue.

—El pan —dijo Kyra.

Lo había pensado desde que la vio en el camino. Era una idea tan grande que no sabía por dónde empezar.

Kristine bajó la vista. Se le colorearon las mejillas.

—Sí.

—Todas las mañanas.

—Desde los nueve años. Lo guardaba de mi desayuno. Lo envolvía en una servilleta y lo dejaba en el alféizar de la cocina antes de que te levantaras. —Se encogió de hombros—. Ruth sabía. Hacía como que no.

—Pensé que era de ella.

—Ya lo sé. Me daba igual quién se lo llevara a la boca.

Kyra sintió que se le humedecían los ojos. Se llevó la mano a la cara, y se dio cuenta de que ya no escondía el gesto.

Kristine levantó el paño de la cesta. Sacó un bulto envuelto en una servilleta blanca y se lo tendió con las dos manos. Dentro, Kyra palpó un pan blando y un trozo de tela doblada.

—Es de ayer —dijo Kristine—. Lo hice yo con la cocinera. No me salió muy bien. —Tomó aire—. Feliz cumpleaños. Atrasado.

Kyra abrió la servilleta.

El pan era pequeño, algo chato, con la corteza irregular. Pero estaba blando todavía, tibio casi, con un olor a mantequilla. Debajo, doblado en cuatro, había un pañuelo de algodón blanco, bordado en una esquina con hilo verde: una K. Las puntadas eran menudas, desiguales, hechas con una paciencia que se notaba en cada una.

—Lo bordé yo —dijo Kristine, mirando la hierba—. Lo hice en el colegio, a escondidas. En la clase de labores. Me regañaron por la K.

Kyra tomó el pañuelo con las dos manos. Se lo llevó a la cara. Olía a jabón y a armario.

Había aprendido, en aquellos meses, que ciertas palabras son un testimonio y que los testimonios, en la mansión, se pagaban. Las había callado toda su vida. Pero aquel pañuelo no era de la mansión. Y Kristine no era James.

—Gracias —dijo.

Lo dijo en voz alta. Entera. Sin mirar a nadie a ver si le iba a costar algo.

Kristine apretó los labios para que no se le notara. Asintió una vez, muy deprisa.

Desde una ventana de la planta alta, una cortina se movió apenas. Kyra alzó los ojos y vio la silueta de Rick, que las observaba. Él la vio mirar. No hizo ningún gesto. Dio un paso atrás, hacia la sombra, y la cortina volvió a caer. Se había ido a otra habitación, a dejarlas solas.




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