La Deuda del Patriarca

29. El notario Harry Haldane

Octubre de 1971.

Rick tardó cinco semanas en encontrarlo.

El apellido no figuraba en ninguna guía. Ruth lo recordaba de las visitas del señor Joseph, años atrás: un hombre alto, de gafas de oro, que traía un maletín y se encerraba con el patriarca en el despacho durante horas. Nunca supo su nombre de pila. Rick escribió a tres colegios de notarios, hizo preguntas en dos bufetes, pagó a un empleado de un registro para que mirara un libro que no debía mirar, y al cabo de un mes tenía una dirección en una calle estrecha de Londres, cerca de un mercado de pescado, y un nombre completo: Harry Haldane.

Fueron en tren, los dos solos, dejando a Roman con Ruth. Rick cambió de vagón dos veces y bajó en una estación antes de la que correspondía, y comprobó, desde el andén, que nadie con abrigo gris bajaba detrás. Kyra no preguntó por qué. Había aprendido a leer esas cosas en su cara.

La oficina estaba en un primer piso, sobre una tienda de paraguas. Una placa de latón pulida a mano por años de manos, una escalera angosta con olor a cera, una puerta con el cristal esmerilado. Rick llamó dos veces.

Harry Haldane les abrió él mismo.

Tenía unos setenta años, era alto y encorvado, con un chaleco gris, unas gafas de montura dorada y el pelo blanco peinado hacia atrás con una pulcritud casi militar. Los ojos, pequeños y claros, se detuvieron primero en Rick. Después se desplazaron hacia Kyra.

Se quedó inmóvil.

Rick vio cómo el color se le iba de la cara. El hombre dio un paso atrás, con una mano contra el marco de la puerta, y movió los labios sin que le saliera ningún sonido. Miraba el pelo de Kyra, ya crecido hasta los hombros, de un cobre hondo, y los ojos de Kyra, de ese verde que se volvía gris con el miedo. Miraba como se mira un retrato que se ha estado esperando toda la vida y que de pronto cobra aliento.

—Santo Dios —dijo, al fin, en voz baja—. Es idéntica.

—¿A quién? —preguntó Kyra.

—A su abuelo.

El despacho era pequeño y estaba lleno de papeles: estantes de carpetas atadas con cintas, un escritorio de roble con un tintero de cristal, una ventana que daba a un patio interior. Olía a naftalina y a té. Haldane los hizo sentar. Se sentó él mismo con cierta dificultad, juntó las manos sobre la mesa y respiró hondo, y Rick vio que le temblaban un poco los dedos.

—Llevo casi veinte años esperando esta visita —dijo—. No sabía si llegaría a verla.

Se levantó. Fue hasta un armario con llave, lo abrió con una llave pequeña que llevaba en la cadena del reloj y sacó una carpeta gruesa, de cuero oscuro, atada con una cinta roja. La puso sobre la mesa, sin abrirla.

—Joseph Vonder Lynch fue mi cliente durante treinta años. Y mi amigo, aunque él no habría usado esa palabra. —Hizo una pausa—. Murió seis semanas después de que usted naciera, señora. Pero antes dejó dispuesto algo.

Abrió la carpeta. Sacó un documento, lo desplegó, lo alisó con la palma.

—Es un fideicomiso. Está a nombre de «la primera nieta de sangre del testador», sin más precisiones. No dice un nombre porque, cuando Joseph lo dictó, aquella niña aún no había nacido. Se activa el día en que cumpla veintiún años. Hasta entonces, la administración es mía. Nadie puede tocarlo. Ni el albacea. Ni su padre. Ni nadie.

Rick sintió que se le enfriaban las manos.

—¿Cuánto?

Haldane lo miró por encima de las gafas.

—Más que la mansión. Más que lo que su padre debía a su suegro, y bastante más. —Dejó caer la cifra con una naturalidad tan perfecta que tardó un instante en tener peso—. Joseph era un hombre prudente. Conocía a su hijo.

Kyra no se movió. Tenía las manos juntas sobre el regazo y los ojos fijos en el papel.

—Entonces era por eso —dijo, muy bajo.

Haldane la miró.

—¿Perdón?

—Por eso me tenían abajo. Sin leer. Sin que nadie supiera. —Su voz era plana, tranquila, la de quien enumera los términos de un contrato—. No era que no les importara. Era que sí.

Nadie respondió. El silencio se llenó del ruido de la calle, de un vendedor que voceaba pescado, de un carro lejano.

—Entonces lo que me hacían no era crueldad desordenada —dijo Kyra—. Era un método.

Rick sintió algo hirviendo en el pecho. Se obligó a no mover el puño. Haldane se había quitado las gafas y se frotaba los ojos con dos dedos, y cuando volvió a ponérselas tenía la cara más vieja.

—Me temo que sí, señora —dijo—. Es lo que sospecho desde hace años. —Tragó saliva—. Los abogados de la señora Vonder Lynch vinieron a verme. Muchas veces. Querían que reconociera a su hijastra Karol como la primogénita y beneficiaria. Me presentaron un certificado de nacimiento. Estaba bien hecho. Pero la fecha no coincidía con los registros de la parroquia.

—¿Se negó?

—Me negué. Y no he podido hacer más. Porque de usted, señora, no existe en ningún registro.

Kyra levantó los ojos.

—No hay partida de nacimiento. No hay bautismo. No hay nada. Joseph previó un testigo, la señora Ruth, que estuvo presente. Y un documento más.

Sacó de la carpeta un sobre grueso, de papel crema, lacrado con cera negra. En el centro, escrito a pluma con una letra grande, inclinada, de trazos firmes, un nombre: Para mi nieta. Rick reconoció aquella letra. Era la misma de la tarjeta de la caja de madera, la que Kyra le había mostrado esa noche, con las mismas mayúsculas altas y la misma J.

—Es una carta de Joseph —dijo Haldane—. Se abre el día de su cumpleaños número veintiuno, no antes. Fue su condición. —Sonrió con una tristeza muy antigua—. Solía decir que la paciencia era la única forma de justicia que se podía comprar.

Hubo un silencio largo. Rick miró el sobre, el sello, las fechas. Pensó en veintiún meses. En una fecha que ya tenía un peso propio, como una piedra en el bolsillo.

—Hay un problema —dijo, con cuidado—. Mi padre. Roland Schultz.

—Lo conozco de nombre.

—Quiere un nieto. Lo tiene ya. Y si llega a saber que mi hijo es heredero de esta clase de fortuna —señaló con la cabeza el fideicomiso—, no va a esperar veintiún meses. Va a hacer lo que sea para tener la custodia, o el control, o…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.