15 de julio de 1970. Día 5, caída de la tarde.
Rick volvió al camarote con la camisa empapada de sangre y el corte del costado todavía goteándole sobre las tablas.
Había pasado las últimas horas dando órdenes: Dieter, atado y encerrado en la bodega con un marinero de guardia; el capitán, informado de lo mínimo; el segundo de a bordo, callado, con la mirada de quien decide olvidar lo que ha visto. Se había lavado el tajo con agua salada y se lo había dejado así, abierto, porque no había tenido tiempo. Y ahora, al empujar la puerta, se quedó en el umbral.
La luz del atardecer entraba por el ojo de buey, orientado al oeste, y teñía toda la caoba de un cobre oscuro. Kyra estaba sentada en el suelo, contra la cama, con las rodillas recogidas y los ojos muy abiertos. Llevaba la rebeca gris y los zapatos nuevos, y no se había movido de donde la dejaron. Rick la miró desde la puerta sin acercarse. Había aprendido que el suelo donde ella se encogía era un lugar que todavía no sabía habitar sin invadirlo.
Arrancó él mismo una tira de la sábana de la cama y se vendó el costado, con torpeza, apretando los dientes. Después llenó un vaso con agua del garrafón y se lo ofreció. Ella no lo tomó. Rick lo dejó en el suelo, entre los dos, como una línea.
—No voy a tocarte —dijo— a menos que me lo pidas.
Se sentó donde estaba, con la espalda contra la pared de la puerta, a tres pasos.
—¿Qué viste arriba?
Kyra no respondió. Se oían las olas contra el casco, el crujido lento de la madera.
—¿Sabes por qué ese hombre te buscaba?
El silencio que siguió fue más largo que la tormenta. Rick dejó que se alargara, sin llenarlo. Lo había aprendido de las manos de ella: las preguntas, a veces, se contestan solas si se las deja a la intemperie. Y al fin, en un susurro tan bajo que casi no llegó, Kyra dijo:
—Para que vuelva. Para que termine.
Rick se quedó muy quieto. Registró lo que acababa de oír con una claridad desagradable. Eran seis palabras. Era la primera vez que ella describía su propia historia sin que él tuviera que arrancársela a base de preguntas. Lo que quería decir esa frase era más de lo que decía: que alguien había empezado algo con ella y que la insistencia de los hombres era terminarlo. No le contestó. No habría sabido cómo.
Entonces el yate se estremeció con un golpe de mar. No fuerte, pero lo bastante para mover el suelo. En la pared opuesta a la cama, sujeto con tornillos, había un espejo ovalado con marco de latón, y Rick vio cómo se inclinaba sobre uno de ellos.
—Cuidado —dijo, y se levantó.
No llegó. El espejo terminó de soltarse con un chirrido, se desprendió de la pared y se estrelló contra el suelo de caoba en un estallido de cristal que llenó el camarote de esquirlas y de luz.
No había nadie debajo. El estruendo no hizo daño a nadie. Pero a Rick se le heló la nuca.
Kyra miraba los fragmentos. No parpadeaba. Los miraba con una atención que él reconoció antes de que ella se moviera: la misma atención que desarrollan las víctimas del sótano ante cualquier objeto que pueda ser herramienta. No miedo. Cálculo. Una forma de preguntar ¿qué puedo hacer con esto? que nadie debería aprender nunca.
Se movió.
Rick cruzó el camarote en tres zancadas, con el costado ardiéndole, y se arrodilló junto a ella. Ya tenía un fragmento entre los dedos. Un triángulo largo de cristal, del tamaño de una mano, y lo había llevado a la altura de la cabeza.
No contra la garganta. No contra las muñecas. Contra el pelo.
La vio con una nitidez dolorosa: la mano de Kyra, firme, sosteniendo el borde cortante contra la primera mata de pelo rojo, cerca de la raíz. No miraba a Rick. Miraba un punto en la nada, con los ojos secos, y sobre el suelo había ya un mechón de cobre, caído a sus pies. No quería matarse. Quería desaparecer. Volverse menos visible para los hombres que cobran.
Rick no gritó. No le agarró la muñeca.
—Kyra —dijo, muy bajo.
Ella no lo oyó. O lo oyó y no pudo soltar.
—Es el pelo, ¿verdad? —Intentó que la voz saliera firme—. Es lo que se ve primero.
Los dedos se le aflojaron un poco. Fue lo bastante. Rick puso su mano debajo de la de ella y la envolvió, sin apretar, y retiró el triángulo de cristal con un movimiento tan lento que ella pudo haberlo detenido en cualquier momento. No lo hizo. Dejó el fragmento sobre el suelo, lejos, y volvió a tomar la mano. Le cerró los dedos contra la palma, uno a uno, como se cierra una concha.
—Si quieres cortártelo, te daré unas tijeras mañana —dijo—. Y lo harás tú, con calma, mirándote. Pero esto no.
Kyra lo miró. En sus ojos, verdes y grises a esa luz, había una cosa que no era ni alivio ni protesta, un cansancio muy viejo que se resistía a llamarse esperanza.
—Es lo único —susurró— que se ve.
Rick asintió.
—Ya lo sé.
No dijo más. Se quedaron así, de rodillas en el suelo de caoba, con los dedos de ella cerrados bajo los suyos, rodeados de trozos de espejo que reflejaban, cada uno, un fragmento distinto de sus cuerpos marcados. Un hombro con una venda. Una mano con los nudillos blancos. Un mechón de pelo rojo, caído, que parecía una herida abierta sobre la madera.
La luz cobriza fue subiendo por la pared hasta apagarse en el techo.
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Editado: 04.11.2026