La Deuda del Patriarca

15. Las curaciones de la noche

17 de julio de 1970. Día 7, de noche.

Rick había convertido la curación en un ritual sin que ninguno de los dos hubiera decidido llamarlo así.

Después de cenar, cuando el cocinero retiraba los platos y la luz del camarote bajaba a la de una sola lámpara, él traía el cuenco de agua tibia, la toalla doblada, el tarro de ungüento, y se sentaba en el borde del colchón, a un palmo de ella. Siempre preguntaba antes. ¿Puedo? Esa noche también. Kyra, sentada con las piernas dobladas, la camisa oscura de él sobre los hombros, asintió y estiró el pie izquierdo.

La marca del tobillo ya no estaba rota. Era un anillo de piel más oscura y áspera, como cuerda vieja, y Rick lo lavó con la punta de los dedos, rodeándolo despacio, igual que se pasa un trapo suave por un objeto que se teme romper.

—Esto es de siempre —dijo ella.

—Entonces tiene más razón de que se cure.

No se lo iba a quitar. Lo sabía. No había ungüento en el mundo que borrara aquello. Pero la piel respira distinto cuando alguien la cuida, y esa noche, al apoyar la gasa, ella no tuvo que contener el aliento.

Hablaban de cosas ligeras. Habían empezado así, sin planearlo, porque en el silencio la mano de Rick se detenía demasiado y las palabras llenaban el hueco. Él le preguntó qué le había gustado de la cena. Kyra pensó. El pastel de pescado, dijo, el de la corteza dorada, que no había comido nunca y que sabía a mantequilla. Él sonrió, con una sonrisa corta, torcida, de hombre al que no le salían muy a menudo. Le preguntó qué sonido del barco prefería. Ella tardó. Dijo que las gaviotas, de lejos, cuando no se las ve. Que se parecían a gente hablando en otra habitación, sin hablarle a ella.

—¿Y tú? —se atrevió.

—¿Yo?

—¿Qué harías con una tarde libre?

Rick se quedó con el tarro de ungüento en la mano. Nadie le había hecho esa pregunta.

—Dormir —dijo—. Y después, no sé. Un jardín. Leer algo que no sea un contrato. —Dudó—. Mi madre tarareaba mientras amasaba pan. Siempre la misma canción, sin letra. Yo me sentaba en la cocina a mirarla. Era lo mejor de la semana.

—¿Murió?

—Hace años.

Kyra no dijo que lo sentía. En su mundo no existía esa frase. Se quedó mirándole la mano que sostenía el tarro, la mano izquierda, la de los nudillos que se le ponían blancos, y lo vio abierta, tibia, quieta.

Rick terminó de vendar. Dejó el cuenco en el suelo. Se pasó la mano por el pelo, como hacía cuando buscaba una palabra, y por fin la encontró.

—Hay algo que debes saber —dijo—. La luna de miel es idea de mi padre. Es una trampa. Quiere que esto sea otra cosa de lo que es. —Alzó los ojos oscuros hacia ella—. No lo será mientras tú no lo decidas. Y si no lo decides nunca, tampoco pasa nada. No se lo debes a nadie. A mí menos que a nadie.

No la tocó. No añadió nada. Esperó, con las manos sobre las rodillas, como se espera una respuesta que puede no llegar.

* * *

Kyra lo miró.

Lo miró de verdad, como no había mirado nunca a nadie: el pelo revuelto, la camisa blanca remangada, las manos. Esas manos le habían arrancado una costra pegada a la piel sin hacerle daño. Le habían puesto una cuchara en los labios. Le habían quitado un cristal sin gritar. Ya no le daban miedo. No sabía en qué momento habían dejado de dárselo. Solo sabía que, mirándolas, lo que sentía en el pecho no era el viejo hundimiento, sino otra cosa, tibia, nueva, que se parecía a la curiosidad.

—Rick —dijo.

Era la primera vez que decía su nombre. Hasta entonces había sido señor, y él, y nada. El nombre le salió corto y suave, como una piedra de río. Vio cómo a él se le abría la cara.

—¿Puedo acercarme?

Había aprendido de él la pregunta. ¿Puedo? Era una palabra pequeña y le costó. Rick tardó un segundo en responder, y cuando lo hizo, lo hizo bajo.

—Sí.

Se acercó. Despacio, como se acerca uno a un animal que no conoce, o a una luz. Nadie le había enseñado qué se hacía con la boca aparte de comer o callar. No supo cómo. Pero él se quedó tan quieto que ella pudo hacerlo sola, torpe, con los ojos abiertos, y rozó sus labios con los suyos. Fue un contacto breve, tibio, con un sabor a sal y a jabón.

Rick se echó hacia atrás. Temblaba. No de miedo, o no solo de miedo.

—Kyra —dijo, y la voz le falló.

—No te vayas.

Lo dijo antes de pensarlo. Rick la miró un largo rato. Después apagó la lámpara.

Lo que vino después no tuvo prisa ni nombre. Ella lo decidió, y lo decidió despacio, y cada cosa llegó cuando la anterior ya había pasado, con la naturalidad con que se hace de noche. No hubo órdenes. No hubo nadie diciéndole qué hacer con las manos. Hubo una pregunta, y otra, y una respuesta que era un movimiento. Afuera el mar se mecía y las gaviotas, lejos, hablaban en otra habitación.

Más tarde, cuando el camarote era solo respiración, Kyra descubrió algo que no esperaba.

Había cuidado esa parte de sí misma durante toda su vida, a oscuras, como le había enseñado Ruth. Sin saber nunca si, en los desmayos del sótano, alguien se la había quitado. No lo había sabido. No había querido preguntárselo. Y aquella noche, con la cara contra el hombro de él, supo que no. Que había seguido siendo suya. Que, de todo lo que le habían quitado, aquello nadie había podido tocarlo sin su permiso.

Se quedó muy quieta, con una cosa tibia en el pecho que tardó en reconocer como alivio.

—Rick —susurró.

—Dime.

—¿Qué se hace ahora?

Él se rio, bajito, y ella lo sintió en el pecho antes de oírlo.

—Dormir. Y después, lo que quieras.

—¿Lo que quiera?

—Dime algo que quieras. Aunque sea pequeño.

Kyra pensó. Nunca le habían pedido que quisiera algo. Era como buscar una moneda en un bolsillo que siempre había estado vacío. Tardó, y al fin la encontró.

—Quiero que mañana sea igual.

Rick no contestó. Le acarició el pelo corto, desigual, con un cuidado infinito, y el silencio fue la respuesta.




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