15 de julio de 1970. Día 5, amanecer.
Kyra despertó de golpe, con el pelo rojo pegado a las sienes y la marca del tobillo palpitando contra la sábana.
Estaba en la cama. No recordaba haber llegado hasta ella; recordaba el suelo, la pared, un hombro que no se movía. La luz del amanecer entraba horizontal por el ojo de buey, gris y limpia, y el yate había dejado de cabecear: se mecía con un vaivén lento, casi tierno, el de un animal que ha dejado de correr. Pero la madera seguía crujiendo. Todo crujía, el casco, las tablas, el techo, y ese crujido le devolvió, antes que cualquier pensamiento, el eco del calabozo de la mansión.
Se hizo un ovillo en el colchón, con las manos sobre la nuca y la frente contra la sábana, repitiendo la postura que James le había enseñado antes del primer azote. Nadie se la había pedido. Su cuerpo la conocía sola.
Entonces, arriba, en cubierta, un cabo suelto golpeó contra un mástil. Fue un chasquido seco, fuerte, y en su cabeza se transformó en el cuero de un látigo tensándose en el aire. Kyra gritó sin poder evitarlo. Un grito corto, ronco, que se le escapó de lo hondo y que ella misma no reconoció.
A su lado, Rick, que había pasado la noche sentado contra la pared del camarote, se despertó de golpe. No se levantó. No se acercó. Se quedó quieto donde estaba, con las manos abiertas a la vista, y habló bajo.
—Kyra.
Esperó.
—Kyra.
Era la voz de la tormenta. Ella lo supo en el segundo nombre. Giró la cara despacio entre los brazos, y distinguió al hombre de ojos oscuros sentado en el suelo, con la camisa arrugada y el pelo revuelto, y lo separó, por primera vez, de la silueta del mayordomo que se le sobreponía en la memoria como una sombra de más.
—El sonido —susurró—. Creí que estaba otra vez abajo.
Su voz salió cortada, todavía temblando. Rick asintió sin decir nada. Alargó la mano hasta la sábana, despacio, y le tomó los dedos con la presión mínima de quien tiene miedo de romper lo que ya está roto. No dijo «ya pasó». No dijo «no pasa nada». Se quedó ahí, sin pedirle más, sin tocarla más allá de esa mano, durante unos minutos que Kyra no supo contar y que se fueron convirtiendo en una forma de aprendizaje: la de quedarse quieta mientras alguien se queda al lado.
El cocinero del yate había preparado caldo al alba. Rick fue a buscarlo y lo trajo humeante en un cuenco, y Kyra lo recibió con las dos manos. Estaba caliente, con gusto a ave y a cebolla, y se lo bebió a sorbos pequeños, sin que nadie se lo ordenara y sin que nadie contara cuántos le quedaban. Descubrió que podía comer sin pedir permiso. Que podía parar si quería.
Después Rick se arrodilló junto a la cama. Las gasas de la espalda se habían aflojado con el sudor de la noche, y se ofreció a cambiarlas. Esta vez no hizo falta repetirlo. Kyra se giró, se subió la camisa y apoyó la frente en los brazos. Él trabajó despacio, sin hablar, y cuando terminó de anudar la última tira preguntó:
—¿Qué sonidos te asustan?
La pregunta flotó en el camarote. Nadie le había preguntado nunca qué le daba miedo. Era una pregunta con respuesta posible, y por eso era difícil. Kyra se quedó un rato mirando el ojo de buey. Después, por primera vez en su vida, contestó a una pregunta directa sin que nadie se la arrancara.
—Los golpes —dijo—. Los chasquidos. Las voces roncas de hombres que no conozco.
Rick asintió. No lo anotó, no lo comentó. Pero ella notó que lo guardaba.
A media mañana el motor cambió de ritmo. Kyra sintió el tirón de las amarras, el golpe sordo del casco contra algo fijo, y vio por el ojo de buey un muelle de piedra, gaviotas, una hilera de casas bajas con redes tendidas. Un puerto pequeño de pescadores. Rick le dijo, en voz baja, que habían entrado a reparar la jarcia y a reponer agua tras la tormenta, que no sería largo, que nadie subiría a ese camarote. Se puso la chaqueta.
—Voy a ver los daños.
Salió sin cerrar con llave.
* * *
Rick bajó por la pasarela con la mente puesta en el estado de las velas y la lista de lo que faltaba: agua, cabos, un trozo de lona. El segundo de a bordo ya hablaba con el patrón del puerto. Los marineros trabajaban. Nadie lo miraba.
Caminó a lo largo del muelle, con las manos en los bolsillos, comprobando el casco. Y al doblar hacia la calle donde terminaban los almacenes se detuvo ante un escaparate pequeño, de cristales empañados, con un letrero pintado a mano: Ropa de señora. Sobre un maniquí de madera, una blusa crema, de cuello redondo, sencilla, sin una sola puntilla.
Pensó en el vestido blanco doblado en cuatro, dentro del armario. En las zapatillas de lona, tan gastadas que se le veían las costuras. En la camisa suya, que le llegaba a medio muslo, y que era lo único que ella tenía para dormir y para vestirse.
Miró hacia atrás. Los marineros seguían en lo suyo. No dijo nada a nadie.
Entró. Sonó una campanilla. Detrás del mostrador, una mujer de unos cincuenta años, con las gafas colgadas de una cadena, lo miró con la cortesía de quien está acostumbrada a vender a pescadores y a sus mujeres.
—¿Puedo ayudarle, señor?
—Necesito ropa. —Se detuvo. Nunca había tenido que decir la frase siguiente—. Para mi esposa.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. Sonó raro. Sonó cierto.
—¿Qué talla?
Rick levantó la mano a la altura de su hombro.
—Llega hasta aquí. Y es delgada. Más de lo que debería.
La mujer lo miró un segundo más de lo necesario, con una atención que no era curiosidad. Asintió. Sin preguntar nada más empezó a sacar cosas de los estantes: dos blusas de algodón, una crema y otra azul pálido; una falda oscura de lana fina; una rebeca gris, abrigada; medias; ropa interior, que envolvió aparte con un gesto discreto que Rick agradeció sin saber cómo decírselo. Después, un camisón de franela blanca. Rick dudó.
—Para que duerma —dijo la mujer.
—Sí —dijo él, y no supo por qué se le calentaban las orejas.
#2116 en Novela romántica
#59 en Joven Adulto
nuevaoportunidad y amor, matrimonio entre desconocidos herencia, hija oculta pago deudas
Editado: 04.11.2026