13 de julio de 1970. Día 3, por la mañana.
Kyra despertó antes que el sol y se quedó inmóvil, con la camisa oscura de Rick subida hasta el cuello y la marca del tobillo latiéndole contra el colchón.
No recordaba haberse dormido. Recordaba el estofado, la cuchara que otra mano había sostenido por ella, la puerta que se cerraba sin la vuelta de la llave. Y el silencio que vino después, tan largo que había tardado horas en creérselo. Ahora, por el ojo de buey, entraba una luz pálida y oblicua, y el yate se mecía con un ritmo lento que a ratos parecía respirar. Cerca de la cabecera, sobre un pequeño mueble de caoba, seguía el agua de anoche, fría ya, con las gasas dobladas al lado. Ella no las había tocado. No habría sabido cómo.
Oyó pasos en el pasillo. Se hizo un ovillo contra la cabecera y apretó la camisa entre los puños.
Rick entró con un cuenco humeante, un rollo de gasas blancas y un tarro de cristal que traía contra el pecho. Llevaba la camisa blanca remangada hasta el codo y el pelo sin peinar. Y no se acercó como quien viene a golpear. Dejó las cosas en el borde de la cama, cogió un taburete bajo y lo colocó a una distancia que ella podía medir con los ojos, a tres pasos, y se sentó.
—El cocinero ha hecho un ungüento —dijo en voz baja—. Es de caléndula y cera. Dice que cura. —Se pasó una mano por la cara, como si buscara la palabra siguiente en algún lugar del rostro—. Necesito verte la espalda.
Kyra no se movió. Nadie le había pedido nunca permiso para tocarla. Lo hacían y ya está, y eso era lo único que sabía del asunto, de modo que la frase, dicha así, sin empujón, le dejó el cuerpo en suspenso, sin saber qué postura tomar.
Rick repitió lo mismo, con las mismas palabras, sin subir el volumen.
—Necesito verte la espalda. Si no quieres, no lo haré.
Ella se giró despacio. Se subió la camisa hasta los hombros con los dedos temblando, y notó en la piel desnuda el aire fresco del camarote y, un segundo después, el silencio de él.
Sabía lo que veía. La venda que Ruth había puesto la mañana anterior se había convertido en una costra pegada a la piel, y debajo se asomaban los verdugones de látigos más viejos, las líneas blancas que le ramificaban la zona lumbar como un mapa que ni ella misma había leído nunca. Esperó la exclamación. No llegó. Oyó, en cambio, el agua cuando él mojó una gasa en el cuenco, y el pequeño ruido de la tela escurrida.
—Voy a empezar. Dime si es demasiado.
El primer roce fue tibio. La gasa, empapada, se apoyó sobre la costra sin presionar, y se quedó ahí, quieta, hasta que la piel aflojó su agarre. Después Rick la levantó con una lentitud que Kyra no supo reconocer. La segunda vez fue igual. Trabajaba en silencio, desprendiendo capa a capa, y la primera vez que sus dedos rozaron una herida abierta Kyra contuvo el aliento y se le clavaron las uñas en la palma de la mano. No se movió. No gritó. Rick se detuvo.
—¿Duele?
—Un poco, señor.
—Dime cuando duela más.
Siguió. Y Kyra, con la frente apoyada en la caoba, empezó a contar sin darse cuenta de que lo hacía. Con James siempre eran doce, o catorce: golpes que se anunciaban solos, con su pausa y su siguiente. Con Rick no había cuenta. Sus manos hacían una cosa, se paraban, hacían otra, como si cada gesto llevara una pregunta pegada. Esa diferencia le pareció, por un rato, más difícil de soportar que el dolor.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó él, sin dejar de trabajar.
—Dieciocho, señor.
Una pausa corta.
—¿Sabes leer?
Kyra negó con la cabeza. Y, porque él no retiraba la gasa ni la mirada, añadió en un hilo de voz:
—No me enseñaron.
—¿Quién te criaba?
—Ruth.
El nombre le aflojó algo en la mandíbula, como si decirlo en voz alta fuera un pequeño acto de confianza. Rick no dijo nada, pero ella lo oyó respirar de otra manera, más hondo.
Hubo un largo silencio, lleno de agua y de gasa. Cuando él volvió a hablar, la frase salió torpe, mal armada, como si la hubiera ensayado y no le hubiera salido igual.
—Yo no soy James.
Kyra levantó la cabeza. Se giró apenas, por encima del hombro, y lo miró por primera vez a los ojos.
Los tenía oscuros, casi negros. Había esperado verlos duros, como los del hombre de los anillos que tamborileaba en la mesa. Y los de Roland, en efecto, debían parecerse. Pero detrás de la oscuridad había otra cosa, una torpeza que no sabía qué hacer con las manos, un hombre que había dicho una frase demasiado grande para su boca. Era una torpeza parecida a la suya. Fue lo único que pudo pensar.
Bajó la vista otra vez.
Rick terminó con las llagas nuevas: las limpió, las untó con el ungüento, que olía a miel y a algo vegetal, y las cubrió con gasas limpias sujetas con tiras de tela. Su espalda quedó entera vendada de blanco. Se echó hacia atrás sobre el taburete y se quedó mirándose las manos, como si no las reconociera.
—Esta noche vengo otra vez —dijo—. A ver cómo va.
Trajo luego un cuenco de avena espesa, caliente, con miel por encima. Kyra lo recibió con las dos manos. Era muy distinto de la avena aguada de la mañana anterior, la de los cumpleaños que nadie nombra: espesa, dulce, con un sabor que no era de sobrevivir sino de otra cosa. Lo probó y se quedó con la cuchara a medio camino. Aquel descubrimiento, tan pequeño, la dejó más desconcertada que cualquier golpe. Alguien se había tomado el trabajo de que eso supiera bien.
Rick se puso de pie.
—No cierres la puerta con llave —dijo—. Volveré antes del mediodía.
Salió. Kyra se quedó sentada en el borde de la cama, con la cuchara todavía en la mano, mirando el ojo de buey, donde la luz del mar se movía despacio. Pensó, por primera vez en dieciocho años, que una habitación sin llave era una promesa que todavía no sabía cómo cobrar.
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Editado: 04.11.2026