La Deuda del Patriarca

23. Un día en el pueblo

Finales de octubre de 1970. Jueves, día de mercado.

Rick tardó tres semanas en proponérselo, y aun así lo dijo mal.

—Hay mercado en el pueblo —soltó una mañana, mientras ella dibujaba números en la pizarra—. Si quieres. No tienes que ir.

Kyra levantó la cabeza. Se quedó un rato en silencio, con la tiza suspendida. Rick había aprendido a no llenar esos silencios, aunque le costara. Al fin ella dejó la tiza sobre la mesa y dijo:

—Necesito pan para Ruth.

Era una respuesta. Rick lo entendió así.

Bajaron andando por el camino de tierra. Era una mañana fría y limpia, con el aire oliendo a hojas mojadas, y Kyra caminaba a su lado con la rebeca gris abrochada hasta arriba y las manos metidas en los bolsillos. Rick no la tocaba. Ella no se lo había pedido. Cada pocos pasos él le echaba una mirada de reojo: el pelo corto, que ya le tapaba las orejas, los zapatos de cuero, la espalda recta, y los labios que se movían. Contaba los pasos, y él supo que, mientras contara, estaba bien.

La plaza del pueblo era pequeña, cuadrada, con una fuente de piedra en medio y puestos de lona a su alrededor. Olía a pescado, a lana y a manzanas. Un hombre voceaba coles. Una mujer vendía huevos. Había niños y perros, y el rumor general de la gente que se conoce y se saluda por costumbre.

Kyra se detuvo al borde de la plaza.

Rick se detuvo con ella, medio paso detrás. No dijo nada. La vio mirar los puestos, las caras, el movimiento. La vio respirar. Y cuando ella echó a andar, la siguió.

La panadería estaba en una esquina, con un letrero de madera desvaído y el mostrador cubierto de hogazas. Kyra entró sola. Rick se quedó junto a la puerta, con la excusa de mirar un cartel, y la observó por el cristal. La panadera, una mujer rolliza de brazos enharinados, le sonrió y le preguntó qué quería. Kyra señaló una hogaza redonda, la más grande, y sacó del bolsillo las monedas que Rick le había dado esa mañana. Las puso sobre el mostrador. Las contó en voz baja, una por una, con el dedo, mientras la panadera esperaba sin impaciencia. Recibió el cambio. Lo contó otra vez. Asintió.

Salió con el pan contra el pecho. Tenía las mejillas encendidas.

—Está bien —dijo, como quien informa de un resultado.

—Está bien —repitió él.

Fue entonces cuando ocurrió.

Al fondo de la plaza, un chico empujaba un carro de lata cargado de cacharros de cobre, y una rueda tropezó con el borde de un adoquín. El carro se volcó. Fue un estruendo enorme, metálico, que rebotó contra las fachadas, un estampido de ollas y cazos y bandejas cayendo sobre las piedras que duró un segundo y medio y pareció durar un año.

Kyra se paralizó.

La hogaza se le escurrió de los brazos y cayó al suelo. Se encogió sobre sí misma, con las manos cruzadas sobre la nuca y la frente casi pegada a las rodillas, el cuerpo entero convertido en una piedra en medio de la plaza. No gritó. Rick sintió que algo en su pecho se desgarraba.

Todo su cuerpo le pedía correr. Cruzar los tres pasos que los separaban, cubrirla con el abrigo, sacarla de allí, llevársela lejos de las miradas que ya empezaban a volverse. Lo sintió en cada músculo. Le dolían las piernas de contenerse. Y recordó lo que había aprendido en el yate y repetido en el salón, con la pizarra rota: que hay un momento en que el amor consiste en quedarse quieto.

Se quedó a tres pasos. Abrió las manos a los costados.

—Estoy aquí —dijo, bajo, firme—. Es un carro. Ya terminó. —Respiró—. Tú decides.

La panadera había salido a la puerta, limpiándose las manos en el delantal. Hizo un gesto de acercarse. Rick le dirigió una mirada muy corta, apenas un movimiento de cabeza, y la mujer se detuvo, comprendiendo sin comprender.

Pasaron unos segundos. Rick los contó, como contaba ella.

Kyra fue desenroscándose. Primero los hombros, luego las manos, que bajó a las rodillas y de ahí al suelo, a recoger la hogaza. La sacudió con el borde de la rebeca. Se incorporó. Tenía la cara pálida, y en los ojos todavía una sombra, pero miró a la panadera, a Rick, a la plaza entera.

—Estoy bien —dijo.

Lo dijo en voz alta, para todos, por primera vez en público.

Nadie aplaudió. Nadie dijo nada. La plaza volvió a su ruido de coles y de huevos. Pero Rick vio cómo la panadera, desde la puerta, se llevaba la mano al pecho, y entendió que el pueblo entero había asistido, sin saberlo, a algo que no habría sabido explicar.

Se acercó. Kyra le entregó el pan, y él lo aceptó con las dos manos, y después ella echó a andar por la plaza sin esperar, con paso firme, como quien decide que el miedo no es dueño del camino.

Rick la siguió. Y fue ahí, junto a un puesto de ropa de segunda mano, donde la vio.

Colgaba de una percha, entre abrigos y faldas gastadas. Un vestido verde, de lana fina, de un verde oscuro, profundo, como el del musgo después de la lluvia. De cuello redondo, mangas largas, falda corta de campana. Sencillo, sin un solo adorno. Alguien lo había cuidado. Se quedó mirándolo, y sin pensarlo mucho, tocó a Kyra en el codo.

—Ven.

Ella lo siguió con un gesto de sorpresa. Rick descolgó el vestido de la percha y se lo mostró.

—Pruébatelo.

—No lo necesito.

—No digo que lo necesites.

La modista del puesto, una mujer de manos rápidas y alfileres entre los labios, se acercó con una sonrisa y tendió una cortina de tela detrás del mostrador. Kyra dudó. Después tomó el vestido con las dos manos, con la delicadeza con que había tomado la tarjeta de Joseph, y desapareció tras la cortina.

Rick esperó. Se pasó una mano por la nuca. Se dio cuenta de que le sudaban las palmas, y se sintió ridículo.

La cortina se movió.

Kyra salió despacio, con las manos a los costados y los ojos clavados en el suelo, como si esperara un veredicto. El vestido le caía bien, un poco largo de mangas, un poco flojo de cintura, pero le caía bien. El verde oscuro la hacía parecer otra persona. Le encendía el color de los ojos, que se volvían de un verde más hondo, casi húmedo, con una chispa de gris al fondo. Y le encendía el pelo. El cobre, corto y desigual, brillaba contra la lana como un metal recién pulido. Estaba pálida todavía, y flaca. Pero era una muchacha de dieciocho años con un vestido verde en una plaza, y lo parecía.




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