La Deuda del Patriarca

19. Las letras

Finales de agosto de 1970.

Rick encontró al maestro por casualidad, en la botica del pueblo, donde un hombre mayor compraba aspirinas y preguntaba con cortesía si el boticario conocía a alguien que necesitara un tutor.

Se llamaba Karl. Tenía unos setenta años, una chaqueta de tweed con los codos remendados y las manos de quien ha pasado media vida sosteniendo una tiza. Había sido maestro de escuela en un pueblo vecino hasta que lo jubilaron, y desde entonces enseñaba a leer a quien se lo pedía, por poco dinero y sin hacer preguntas. Rick le dijo que era para su esposa, que había crecido sin escuela por una enfermedad de la infancia. Era una mentira a medias. Karl asintió sin pedir más explicaciones, y Rick pensó que acababa de conocer a la primera persona que sabía callar de ese modo, con tanta delicadeza que el silencio parecía un favor.

Las lecciones empezaron al día siguiente en el salón, junto a la ventana. Rick no se sentó a la mesa. Se quedó en la puerta de la cocina, con un hombro apoyado en el marco, fingiendo que hojeaba el periódico.

Karl no tenía prisa. Puso sobre la mesa una pizarra pequeña y un trozo de tiza y se sentó frente a Kyra sin acercarse demasiado. Hablaba con una voz baja, sin ninguna aspereza, como si cada palabra fuera algo que se dejara en el aire para que el otro lo recogiera si quería.

—Empecemos por su nombre, señora.

—Kyra —dijo ella—. Solo Kyra.

El maestro asintió. Con la tiza trazó en la pizarra una línea recta, vertical, y luego, a su derecha, dos trazos que se encontraban en el medio, como un brazo y una pierna. Una K.

—Esta es la primera. Es la que abre su nombre.

Kyra la miró un rato largo. Rick la vio inclinarse hacia delante, con las manos en el regazo, los labios entreabiertos y los ojos recorriendo la figura una y otra vez, como si tuviera que aprendérsela por el contorno. Después Karl le tendió la tiza, y ella la tomó con una cautela que a Rick le dolió. La sostuvo igual que sostuvo la cuchara en el yate, igual que se sostiene algo que puede morder.

Escribió.

Le salió una línea inclinada, y dos trazos que se juntaban demasiado arriba, y una forma que parecía una silla vencida. Kyra se mordía la punta de la lengua, entre los dientes, sin darse cuenta. Lo intentó otra vez. Y otra. A la cuarta, la línea se enderezó un poco, y a la sexta la K se sostuvo en pie, torcida pero entera.

Rick, desde la puerta, recordó la catedral. El registro abierto, la pluma en la mano que se negaba a obedecer, los nudillos agrietados por el agua fría. Una X temblorosa, trazada con el cuerpo entero tenso, y un cura esperando una letra que no vendría. Con la X basta, había dicho él entonces, sin saber por qué. Ahora miraba aquella K sobre la pizarra, torcida y viva, y entendió que la X había sido lo único que ella pudo hacer. Y que esta era lo primero que quería.

—Esa es usted —dijo Karl, con sencillez.

Kyra levantó la cabeza. Sonrió. Fue una sonrisa pequeña, de lado, que apareció y desapareció antes de que pudiera impedirlo, y Rick sintió que algo se le aflojaba en el pecho.

Las lecciones siguieron con las otras letras. La Y, que se parecía a un árbol. La R, con su barriga. La A, que era una casa con el techo puntiagudo. Karl le enseñaba una cada día y le dejaba la pizarra para que la repitiera por la noche. Kyra aprendía como se aprende cuando se ha esperado toda la vida: sin pedir permiso, con las dos manos.

A la tercera mañana ocurrió. Karl se levantó para coger un libro de la repisa y rozó con el codo la pizarra, que resbaló del borde de la mesa y se estrelló contra el suelo con un golpe seco.

Kyra se quedó inmóvil. No gritó. Se encogió sobre sí misma, con la tiza en una mano y la otra cruzada sobre la nuca, la frente casi contra la mesa, el cuerpo entero convertido en una piedra. Rick dio un paso hacia ella y se detuvo en seco. Recordaba lo que le había dicho en el yate. Tú decides. Se quedó donde estaba, con las manos abiertas, y habló bajo.

—Kyra. Estás en el salón. Es la pizarra. Está rota. Nada más.

Pasaron unos segundos. Después ella fue levantando la cabeza, despacio, y soltó el aire. Karl, que no se había movido, la miraba con una expresión que Rick no le conocía: ni lástima ni susto, solo una atención muy quieta.

En el pasillo, mientras el maestro recogía su chaqueta, Rick le habló en voz baja.

—Hay ruidos que le asustan. Los golpes, los chasquidos.

—Lo he visto.

—Si pudiera avisarle antes. Si hubiera una señal.

Karl se quedó un momento pensando, con la gorra en las manos.

—Dos golpecitos con los nudillos sobre la mesa, antes de cualquier cosa que haga ruido. —Los dio en el aire, suave—. Así sabrá que viene algo, y que es solo eso.

—Gracias.

El maestro no respondió. Se puso la gorra y dijo que volvería por la mañana. No preguntó por qué. Rick lo vio alejarse por el camino de tierra y pensó que había personas a quienes les bastaba mirar para saber lo que no se les contaba.

Esa noche, tras la cena, Kyra le preguntó desde la mesa del salón, sin levantar la vista de la pizarra:

—¿Cómo se escribe mi apellido? El de casada.

Rick se quedó con el cuenco de agua en las manos.

—Escribe el que quieras.

Kyra lo pensó.

—Todavía no tengo ninguno.

Lo dijo sin tristeza, con la naturalidad con que se dice la hora. A Rick le llevó un rato tragarse la respuesta.

Más tarde, cuando ya se había acostado, la encontró otra vez en el salón, sentada bajo la lámpara, con un trozo de papel y un lápiz que Karl le había dejado. Escribía despacio, con la lengua entre los dientes. Se acercó sin hacer ruido y miró por encima de su hombro.

Había tres líneas de letras desiguales, copiadas de un modelo que el maestro le había escrito esa tarde. RUTH. ESTOY BIEN. KYRA.

—Es para Ruth —dijo ella, sin volverse—. Quiero que sepa.

No había miedo en la voz. Había una necesidad antigua, y una decisión.




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