La Deuda del Patriarca

20. Cuentas

Principios de octubre de 1970.

Los números eran más fáciles que las letras.

Kyra lo supo a la primera semana, y le dio vergüenza decirlo. Las letras eran dibujos que había que aprender a reconocer uno por uno, sin saber qué ocultaban. Los números, en cambio, eran cosas que ya sabía contar, con otra cara. El uno era un escalón. El dos, dos panes. El cinco, la mano abierta de Rick sobre la sábana. Karl los escribía en la pizarra por la mañana y por la tarde, cuando él se iba, ella los repetía en voz baja hasta que se le quedaban pegados a los dedos.

Esa mañana llovía. El agua golpeaba contra los cristales del cuarto de trabajo, una habitación pequeña, pegada a la cocina, con una mesa de roble, una lámpara de pantalla verde y estantes llenos de carpetas. Rick estaba sentado al otro lado, con las mangas remangadas y un libro grueso, de tapas de tela, abierto entre los dos.

—Esto es lo que hago cuando no estoy contigo —dijo—. Son las cuentas de los negocios. Quiero que veas cómo se llevan.

Le mostró la página. Columnas verticales, líneas finas, un cuadriculado de cifras escritas con una letra pequeña y firme. Kyra se inclinó. Le explicó que a la izquierda iba lo que entraba y a la derecha lo que salía, y que al final de cada página se sumaba y se comprobaba que las dos mitades se parecieran. Era sencillo. Lo difícil, dijo, era hacerlo todos los días sin cansarse.

Ella puso el dedo en la primera columna y empezó a sumar en voz baja. Tres, doce, veinte. No usaba los dedos. Los números se le acomodaban uno encima de otro, como platos en una alacena. Llegó al final de la columna y dijo la cifra. Rick la comprobó con una pluma.

Era la misma.

Hubo un silencio breve. Rick levantó la vista.

—¿Dónde has aprendido a hacer eso?

Kyra dudó. No estaba segura de querer contestar. Pero nadie le había preguntado nunca cómo sabía lo que sabía, y le pareció, por un instante, que podía decirlo.

—En la cocina.

Se lo contó despacio. Ruth llevaba un cuaderno de gastos, con tapas negras, donde anotaba cada compra: la harina, el azúcar, el carbón, la leña. Todos los sábados, James lo revisaba. Lo abría sobre la mesa de la cocina y leía las cifras en voz alta, una por una, comparándolas con los recibos. Si algo no cuadraba, si faltaba un penique, alguien bajaba al sótano. A veces era Ruth. Casi siempre, no.

—Yo escuchaba —dijo—. Tenía que saber cuánto había. Cuántos panes, cuántos platos, cuánta leña. Si me preguntaban y no sabía…

No terminó la frase. No hacía falta.

Rick dejó la pluma sobre la mesa.

—¿Te acuerdas de lo que leía?

—De algunas semanas.

—¿De cuántas?

Kyra se quedó mirando la lámpara verde. Dentro de su cabeza había un lugar con estantes, uno encima de otro, y en cada uno una página que había oído leer una vez, con la voz seca de James y el crujido de la silla de Ruth. Nunca había sabido que aquello era una forma de saber. Para ella era solo el miedo, convertido en un orden.

—De todas —dijo.

Rick le acercó la pizarra y la tiza.

Kyra tardó un rato. Escribía despacio, con la lengua entre los dientes, las cifras que conocía y los nombres de las cosas que todavía no sabía escribir y que dibujaba como podía: un círculo con una raya para el pan, unas hojas para la leña. Reconstruyó una página, y luego otra. Harina, quince libras. Azúcar, ocho. Carbón, dos sacos. Las columnas de la mesa de la cocina de la mansión fueron apareciendo sobre la pizarra, una semana, y otra, y otra. Sumó. Rick la miraba sin hablar, con las manos quietas.

Cuando terminó, le dio la vuelta a la pizarra. Había cuatro semanas completas, con sus totales.

—No tengo cómo comprobarlas —dijo él, en voz baja.

—Están bien.

No lo dijo con orgullo. Lo dijo con la seguridad de quien describe el color de una pared.

Rick abrió el libro grande por una página más atrás. Señaló una línea.

—Mira esta factura. Es de un proveedor de combustible. Dime si ves algo raro.

Kyra se inclinó. Recorrió la línea con el dedo, de izquierda a derecha, y luego los albaranes de entrega que estaban grapados al lado, una hoja azul con una lista de números. Los comparó. Se detuvo.

—Aquí dice ciento veinte barriles.

—Sí.

—Y aquí, doscientos diez.

Rick frunció el ceño. Se inclinó, leyó, volvió a leer. Se quedó muy quieto.

—Los números son los mismos —dijo ella—. Pero cambiados. El uno y el dos. —Lo pensó—. Alguien se equivocó al escribirlo. O no.

Rick no respondió. Revisó la factura, el albarán, el pago. Había abonado doscientos diez barriles por una entrega de ciento veinte. Noventa barriles de diferencia, que habían salido de su bolsillo sin que nadie se diera cuenta. Lo comprobó dos veces. Después levantó los ojos hacia ella.

Lo que vio Kyra en su cara no fue sorpresa, ni lástima. Fue algo distinto, que no había visto nunca dirigido a ella. La miró como se mira a un igual.

Sintió un calor que no supo nombrar. Le subió desde el pecho hasta las mejillas. No era vergüenza. No era miedo. Era algo más parecido a lo que debía de sentir la tierra cuando por fin le daba el sol.

—Hay otra cosa —dijo, y le tembló un poco la voz—. Este proveedor. Todas las facturas son del día doce. De cada mes. Siempre.

Rick se quedó callado. Dio la vuelta a las páginas. Una tras otra, el mismo día.

—No lo había visto —dijo, al fin.

—Puede que no sea nada.

—Puede que no.

Se quedaron mirándose por encima del libro, mientras la lluvia seguía cayendo sobre el cristal.

—¿Y si me equivoco? —preguntó ella.

Lo preguntó de pronto, sin planearlo. Era lo que siempre había sido: el miedo a que, el día que se equivocara, alguien bajara al sótano. Rick lo entendió. No sonrió ni la tranquilizó con una frase hecha. Dijo, despacio:

—Entonces nos equivocaremos juntos.

Se levantó. Fue hasta el estante, abrió un cajón con una llave pequeña que llevaba en el bolsillo, y sacó otra llave idéntica. La puso sobre la mesa, junto a la pizarra, sin ceremonia.




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