La Estancia Santa Isabel

Mi infancia en la estancia de mis mayores

Mi infancia en la estancia de mis mayores

Odiaba el campo cuando era niña. Mis padres me venían a buscar a la escuela en Montevideo todos los viernes, exactamente a las cinco de la tarde. En cuanto subíamos al auto, emprendíamos un viaje directo hacia las tierras de mi familia, ubicadas en el departamento de Florida, muy cerca del límite con Durazno.

Como solemos decir en Uruguay, ¡eran viajes de arena gruesa! Sumamente largos, agotadores, interrumpidos siempre por lo menos por una pinchadura de neumático y rodeados de todo tipo de peripecias en el camino. Regresábamos el domingo por la noche, cansados, sabiendo que al día siguiente había que estar puntualmente en la escuela a las ocho de la mañana.

Sin embargo, a pesar del cansancio, guardo hermosos recuerdos de aquellos días. Todavía puedo revivir las tardes interminables pero sumamente divertidas en las que todos los niños nos juntábamos a darles forma a los ñoquis caseros usando tenedores. O el sabor del dulce de leche hecho en el campo, que se cortaba sistemáticamente, pero al que nadie en la mesa le hacía ascos. También se me quedaron grabadas la temporada de las esquilas y las largas horas de juego trepando en unas rocas cercanas.

En la casa había un viejo baúl repleto de fotografías de finales del siglo XIX. Eran retratos montados en cartón rígido, pero ya nadie en la familia recordaba quiénes habían sido esas personas ni entendía muy bien por qué estaban allí. Tal vez mi abuela materna hubiera podido responder a muchas de mis preguntas, pero lamentablemente falleció cuando yo tenía apenas siete años, y yo no tuve la madurez ni la previsión de preguntarle a tiempo.

Muchos años después, al ponerme a estudiar mi árbol genealógico, comencé por fin a identificar a aquellas personas de los retratos y a sentir, con orgullo, que realmente eran parte de mi familia y de mi propia historia.

Para salvarnos del brutal aburrimiento de las tardes de campo, también contábamos con unas revistas en francés de mi madre que databan de los años cincuenta. Tenían fragmentos de las tiras cómicas de Tintín, pero las historias venían cortadas; nunca tenían continuación allí, lo que encendía mi imaginación pensando en qué habría pasado después. Tardé muchísimos años en leer los álbumes completos y sacarme la curiosidad de cómo se las había ingeniado el joven reportero para sobrevivir cuando toda esperanza parecía perdida.

En mi infancia pasé muchas horas muertas en Florida, pero hoy, a la distancia, recuerdo todas esas vivencias con un profundo cariño.




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