La Estancia Santa Isabel

Los peones: Cipriana

Siendo aún joven, a Pascual le llegó el momento de conseguir una compañera. Pero en el aislamiento del campo eso nunca fue tarea fácil. Cipriana jamás se había casado, aunque tenía una hija de una relación anterior. Le llevaba unos treinta años de diferencia a Pascual, pero aun así se casaron y vivieron juntos hasta que la muerte los separó. Ambos obtuvieron lo que buscaban: él, una esposa; ella, un hombre que se desposara con ella.

Recuerdo a Cipriana saliendo del rancho en el que ambos vivían, una construcción rústica que tendría escasamente un metro y medio de altura. Ella no era alta, pero con toda seguridad adentro tenía que andar agachada. Sin embargo, siempre estaba allí y la incomodidad no parecía perturbarla. Su aspecto denunciaba la fuerte presencia de sangre indígena en sus venas y vestía de la misma manera en que seguramente lo hacían las mujeres a principios del siglo XX. En eso se parecía mucho a mi bisabuela, aunque creo que Cipriana era todavía mayor.

Solo la vi unas pocas veces en mi vida y la evoco vagamente, pero guardo con total claridad la imagen de su figura saliendo de aquel ranchito. Sé que a ella le agradaba recibir visitas. Recuerdo también que no se le entendía mucho al hablar; tal vez porque ya casi no le quedaban dientes, tal vez por la falta de costumbre de conversar con alguien que no fuera Pascual, o quizás porque utilizaba vocablos de alguna lengua nativa —probablemente guaraní— heredada de sus mayores.

A nosotros, que éramos niños, esos detalles no nos importaban. Nos fascinaba que nos llevaran hasta el rancho de Pascual, que quedaba sumamente lejos del casco de la estancia. Visitarla era como ver a alguien del siglo pasado, como contemplar a un personaje salido de un cuadro antiguo o de las páginas de nuestro libro de historia.

Parecía tener unos noventa años la última vez que la crucé. Un tiempo después supe que había fallecido. Durante años supuse que Pascual habría corrido el mismo destino pero, tiempo después de escribir este cuento, alguien me dio una hermosa sorpresa: me contaron que seguía vivo, trabajando de casero en otra estancia, que se había casado nuevamente y que tenía otra familia. Saber que el viejo filósofo había encontrado un nuevo remedio para la vida me alegró profundamente.




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