La Estancia Santa Isabel

El destino de los Llaguno y las 60 cuadras de zapallo

Nunca más en mi vida volvimos a ver a los Llaguno. Supongo que esa misma madrugada de la gran sequía del verano de 1977-1978 juntaron sus petates, dejaron el campo para siempre y nunca más supimos qué rumbo tomaron.

Décadas después, una de las primas de mi madre me contó que eran varios hermanos y que a casi todos les había ido bien en la vida, menos a uno de ellos que lamentablemente había fallecido en un accidente.

Al aplicar mi ojo clínico e investigar en internet las planillas oficiales del Uruguay, encontré un registro histórico estremecedor que encajaba perfectamente con lo que me dijo ella:

El nombre de C. L. en relación con la Ruta 5 hace referencia a un trágico siniestro vial ocurrido el 24 de julio de 2016. C. L., un hombre de 59 años de edad que se encontraba en situación de vulnerabilidad y de calle en la localidad de Sarandí Grande, falleció en el acto tras ser embestido por un automóvil con matrícula argentin.

El hecho real ocurrió a la altura exacta del kilómetro 142 de la Ruta 5, cuando el hombre caminaba por el mismo carril en sentido contrario al vehículo e impactó de forma imprevista contra este en un bache fatal del destino. Una trágica física de la realidad que salda los almanaques de aquella dinastía del campo.

Las sesenta cuadras de la desilusión agrícola

Las famosas sesenta cuadras de zapallos, que parecen haber sido el detonante definitivo para que los hermanos Llaguno desaparecieran de la noche a la mañana, terminaron convirtiéndose en un desastre financiero absoluto.

Aquel año de 1978 vino acompañado por una de las sequías más severas y prolongadas de las que se tuviera memoria en el departamento de Florida; las plantas primero comenzaron a secarse de forma agónica bajo el sol inclemente del campo.

Posteriormente, cuando el clima cambió de golpe y el cielo descargó un exceso de agua en un temporal tardío, la física del suelo no aguantó tanto aguacero y las raíces de los zapallos terminaron por pudrirse por completo bajo el lodo.

Yo, que para esa época ya era casi adulta, sufría en silencio escuchando de forma cotidiana los cuentos tristes y las quejas de mi padre sobre la plantación.

Las historias finalmente se terminaron cuando la cosecha se dio oficialmente por perdida y todas sus esperanzas de obtener un rédito económico tras semejante despliegue de esfuerzo y sudor se esfumaron en el aire de la estancia.

Aquellas sesenta cuadras de desilusión representaron un verdadero desastre financiero familiar, pero me dejaron una enseñanza imponente: me hicieron notar con total crudeza lo sumamente difícil, arriesgada e inestable que es la vida y el mostrador de un agricultor en nuestra tierra.




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