La Estancia Santa Isabel

Los capataces, la radio encendida y el «vecino» Serrat

Por las tierras de la estancia pasaron muchísimos capataces y peones con el correr de los almanaques, pero solo algunos de ellos lograron dejar una huella profunda y entrañable en la memoria de nosotros, los niños.

Durante muchos años, el mando del trabajo diario estuvo a cargo de un hombre de campo al que todos le decían "Chiche". Su esposa se llamaba Coca. Con el tiempo, la pareja tuvo una gurisa pequeña a la que llamaban Adrianita y que, si la memoria no me falla, era exactamente un año mayor que mi único hermano, Nico. Luego de la etapa de Chiche hubo un par de capataces más al frente de las tareas, pero la realidad es que los tengo bastante menos presentes en mis recuerdos de infancia.

La radio encendida

Para los hombres de la campaña, la radio era la única e indiscutible conexión con el mundo exterior. Se trataba de un elemento sumamente importante, casi sagrado, que permanecía encendido en la cocina o el galpón durante todo el día, musicalizando las jornadas desde el amanecer hasta la noche con el informativo rural y los comunicados para el interior. Al margen de esa radio, el desconocimiento de lo que pasaba en las ciudades era total, lo que a veces daba pie a situaciones desopilantes.

Recuerdo con mucha gracia que un buen día Mario, mi novio de entonces, se encontraba conversando en el patio con el capataz de turno y unos visitantes del pago. En medio de la charla, Mario les comentó algo al pasar sobre Joan Manuel Serrat, el famosísimo cantautor español que en el Uruguay urbano era una auténtica leyenda de la música.

Los paisanos lo miraron con la mente en blanco; no tenían la más pálida idea de quién demonios era ese hombre del que les hablaban. Mario, manteniendo un semblante de absoluta seriedad y sin pestañear, les aclaró de inmediato:
—No, lo que pasa es que Serrat es un vecino de acá nomás, de Sarandí del Yí.
—¡Ah! —exclamaron todos a coro, asintiendo con la cabeza como si esa procedencia geográfica lo explicara todo en un segundo.

La tomada de pelo fue tan magistral y sutil que los paisanos jamás se enteraron en el momento del engaño, y en su buena fe quedaron convencidos de que el catalán era un vecino más que andaba traqueteando por los caminos de Durazno. Mario era verdaderamente un especialista en la materia: era capaz de soltar las mentiras más grandes del mundo con la misma naturalidad e inocencia con la que cualquiera hubiera hablado del tiempo. Yo, por mi parte, recuerdo haber sentido en el patio una mezcla muy rara de diversión, piedad y una profunda vergüenza ajena por la tomada de pelo que les estaba metiendo a esos hombres.

Los paisanos, con esa astucia silenciosa y filosa que los caracteriza, se la cobraron de una manera mucho más fina y elegante, casi sin que él se diera cuenta cabal del asunto.




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