Según logré reconstruir con los años, mi padre se había asociado formalmente con los hermanos Llaguno para emprender un ambicioso negocio agrícola: la plantación de sesenta cuadras de zapallo.
Papá se encontraba inicialmente encantado con los muchachos; comentaban los pormenores del asunto todo el tiempo en el comedor, haciendo excelentes migas y proyectando grandes planes económicos para el futuro en la estancia.
Sin embargo, el "romance" laboral entre mi padre y los tres hermanos terminó de forma abrupta y violenta una noche en que se desató un terrible altercado en el establecimiento. En aquel momento de confusión, no supuse que los hombres habrían tomado alcohol más de la cuenta en la cocina de los peones, pero mi hermana Mona asegura con firmeza que la discordia estalló porque, al llegar el tiempo exacto de cosechar los zapallos, la mercadería ya no estaba en la tierra. Probablemente surgieron acusaciones cruzadas de robo y desfalco de ambas partes.
La noche de los cuchillos y las ollas en pie de guerra.
Aquella noche de terror, mi padre logró replegarse a duras penas hacia la casa principal y se encerró de inmediato en su dormitorio, sumamente alterado y sin emitir una sola palabra que explicara lo que acababa de suceder. No obstante, el griterío feroz y los insultos que se desataron en la cocina de los peones se sentían con total nitidez desde la puerta de entrada.
El percance fue de una gravedad extrema. La discusión escaló al punto de que casi se matan a cuchilladas en la cocina de los peones. Mi padre, que andaba ya por la frontera de los cincuenta años, no tenía la menor oportunidad de ganar una pelea física contra tres hombres fuertes que se encontraban en la plenitud de su juventud y la mitad de sus años.
Ante el peligro inminente de que la violencia se trasladara a la casa, mi madre se puso literalmente en pie de guerra: se plantó firme haciendo guardia detrás de la puerta principal, armada firmemente con pesadas ollas de cocina con las que pensaba partirle la cabeza al primer hombre que intentara asomarse de prepo por el umbral.
Diego, mi novio de juventud, que se encontraba de visita, y yo, que éramos los mayores del grupo de jóvenes, nos colocamos inmediatamente detrás de ella en el pasillo, listos para ayudar si la situación pasaba a mayores. Dentro de lo violento y dramático del escenario, mi mente analítica no podía dejar de pensar en lo sumamente divertida y disparatada que resultaba aquella postal de mi madre armada con la batería de cocina.
Por fortuna, todo quedó en un susto mayúsculo; ninguno de los muchachos intentó atacarnos ni forzar la entrada de la casa de los patrones.