La Estancia Santa Isabel

Las obras de teatro

Las obras de teatro

Una de las primas de mi mamá, a la que llaman Techy, siempre organizaba obras de teatro en la estancia.

Recuerdo una en especial, una versión sui generis de "Las Mil y Una Noches", donde su hijo, de unos 10 años, era el sultán y yo, que sería un par de años mayor, la princesa Sherezade.

Techy al mando de la farándula rural criolla disfrazó a su hijo con un pijama suyo y un palo como espada. Realmente el disfraz estaba muy bien hecho. Creo recordar que le pintaron bigotes con un delineador negro o un corcho quemado y que él tenía un cinturón negro y ancho para completar el disfraz.

Yo usaba un salto de cama de mi mamá, ni de cerca se parecía a lo que usa una mujer en un harem pero era lo que había a mano. Como dicen, "la necesidad tiene cara de hereje".

Dos de mis hermanas eran las esposas infieles. Sus 4 segundos de actuación eran pasar cuando las estaban degollando. Otra de ellas era “El Gran Visir”.

La casa había tenido originalmente un porche, pero mi padre lo terminó cerrando y creó un ambiente más, que hacía las veces de escenario. Así, el público nos observaba desde el comedor a través de la puerta de dos hojas.

Había una puerta de 2 hojas que originalmente había sido la puerta de entrada a la casa. Luego de que mi padre hiciera una pared para cerrar el porche, quedó como una puerta interior. Usualmente una de las hojas se mantenía cerrada, pero ese día, siendo una ocasión tan importante, abrieron ambas hojas e invitaron a los peones y al capataz con su familia. Además estaban mis padres y la directora de la obra, Techy, y su esposo Óscar.

Al abrirse esa puerta empezaron los problemas: me entró, como dicen hoy en día, pánico escénico. O sea, una gran tentación de reír, al punto de que no podía hablar y le hacía señas desesperadas a mi tía para que por favor cerrara la puerta. Pero ella no lo hizo, así que me tuve que contener y a partir de ahí, todo salió bastante bien. ¡Me impresionó la seriedad del Gran Visir! No sé cómo lo hacía, yo apenas podía contener la risa. Pero logré superar la prueba.

Obvio es decir que la obra fue todo un éxito. Los peones nos soportarían porque no tenían más remedio y porque en campaña no hay mucho que hacer. Pero me imagino que se divirtieron con todo el asunto. Todos los hicimos.

Fue realmente un día inolvidable. ¡Increíble cómo se agudiza el ingenio cuando no hay televisión, ni computadoras, ni siquiera electricidad!

Este recuerdo retrata la infancia en el campo profundo de aquellos años, cuando la falta de electricidad y las horas de aburrimiento aguzaban el ingenio de una manera tan hermosa, lo que le da un color local rioplatense que hoy, tantas décadas después, me hace sonreír.




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