Sin embargo, bien dice el refrán rioplatense que el que ríe último, ríe mejor, y que todo juego en el campo tiene su obligatoria revancha.
Para la peonada, yo era ni más ni menos que la hija de los dueños del campo; ellos pensaban que nosotros éramos súper millonarios, y aunque la realidad era que a esa altura la fortuna familiar ya estaba bastante venida a menos, el imaginario del paisano seguía firme. Al ver llegar a Mario con esos aires citadinos a querer darnos lecciones, lo bautizaron con un sobrenombre que corrió rápido por el galpón: lo apodaron "Juan Díaz de Solís".
¿El motivo? Porque según ellos, Mario "había descubierto el Río de la Plata".
Una lección magistral de ironía criolla para demostrarle al sabelotodo de turno que, por más aires de conquistador que trajera, en ingenio, al rural nadie les caminaba por las piedras. No se quedaron atrás en absoluto y demostraron, con creces, que la inteligencia rural es tan válida, fina y despierta como cualquier otra.