Segundo intento
Mis hermanas decidieron hacer su segundo intento. Mona, que era menor, la secundaba, Andrea era el cerebro de la operación.
Cerca del baño de las ovejas había una serie de corrales y una portera de madera que usó de pared. Según Mona: ¡Cero sentido común!
Para ella, era obvio que, en cuando se abriera la portera, la casa se vendría al piso. ¡Pero Andrea, esta casa se te va a caer!, le dijo.
Andrea no quedó muy conforme con las criticas a su obra de arte arquitectónica.
Tercer intento
Cierto tiempo después, Mona se hizo amiga del hijo de uno de los capataces que pasaron por la estancia.
El muchacho tenía gran habilidad en el tallado de madera y entre los dos hicieron en un monte de eucaliptos cercano una construcción que duró bastante. Para hacer las paredes cortaron ramas de unas palmeras que había a la entrada de la estancia.
De uno de los galpones sacaron piques, los palos que soportan los alambrados, que usaron para el piso. Los apoyaron en una horqueta de buenas dimensiones y clavaron unos pedazos de madera para subir al árbol. Su copa era lo suficientemente tupida para hacer de techo.
Último intento
El moño de oro fue que Eliomar, cumpliendo al fin la promesa tras ser sobornado a base de revistas para leer, les hizo la casa que mis hermanas tanto habían deseado.
Usó una de las paredes externa de un galpón donde se guardaba todo tipo de bártulos, clavó unos postes grandecitos, de unos 10 centímetros de diámetro, para sostener las paredes. Sobre el pasto, y para hacer de piso, colocó tablones.
Las paredes de la construcción, que medía unos 4 metros de largo por 2 o 3 de ancho, y de 2 de altura, las hizo con unos trozos de madera que en mi país llaman costaneros. La casa era tan grande que mis hermanas entraban paradas. ¡Probablemente era más grande que el rancho de Pascual!
Estaban fascinadas con esa casa tan maravillosa pero, luego de tanto esfuerzo para obtenerla y, como generalmente pasa, casi no llegaron a usarla porque tuvieron que volver a Montevideo.