La Sombra Del Hada

capitulo 2 como cuidar a un bebe

Después de un rato, las hadas que se habían ido a buscar comida volvieron con frutas y algo de leche.

—Un conejo nos dijo que eso comían los humanos pequeños —dijo una de ellas, sosteniendo con cuidado una gran hoja llena de leche.

—¿Y cómo le damos la fruta?

—El conejo dice que hay que triturarla primero.

La bebé se despertó al escuchar nuestro murmullo y comenzó a llorar otra vez.

—¡Ay, no! La reina empezó a llorar de nuevo. ¿Qué hacemos?

Con ayuda de nuestra magia, hicimos flotar gotas de leche desde un cuenco improvisado hasta la boca de la pequeña, mientras otras trituraban la fruta para dársela en la boca. Satisfecha al fin, la reina volvió a dormirse.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que comenzara a llorar con más fuerza. Intentamos darle de comer otra vez y volvimos a calentar su cuerpo con las luces de nuestra magia, pero no había forma de calmarla.

—¿Huelen eso? —preguntó Anya de pronto.

Todas empezamos a olfatear el aire y arrugamos la nariz al mismo tiempo.

—Huele horrible... ¿de dónde viene? —preguntó el hada de cabello verde.

Echamos a volar alrededor de la habitación buscando la fuente del hedor.

—No lo sé, pero mientras más me alejo de la cuna, el olor va desapareciendo.

—Es verdad, el olor viene de la cuna.

—Entonces saquemos a la bebé. Tal vez algo se dañó ahí dentro —comentó Analys.

No podíamos cargar a la pequeña solo con nuestra fuerza física, así que combinamos nuestra magia para hacerla flotar suavemente hasta un sillón cercano. Pero el pestilente aroma parecía seguirla.

—Creo que el olor viene de ella —comentó el hada que volaba más cerca.

—¿Qué quieres decir? ¿La reina se está pudriendo?

Todas miramos aterrorizadas a nuestra hermana mayor. Ella era la líder no oficial del grupo, al ser el hada más vieja del bosque; había salido en varias misiones y conocía el mundo humano mucho más que cualquiera de nosotras. Pero en ese momento se veía igual de perdida, flotando sobre la pequeña mientras la bebé lloraba incontrolablemente. La cara de nuestra hermana estaba pálida como la nieve.

—¿Qué hacemos? —propuse al ver su parálisis—. Busquemos a la humana que se acaba de ir, podemos obligarla a regresar.

Mi hermana me miró, consternada.

—¿Y cómo vamos a obligarla a regresar, Amber?

—Pues no lo sé, ¡pero dime qué otra opción tenemos!

Todas comenzamos a discutir a la vez, gritando lo más alto posible sobre los llantos de la bebé. Nos echábamos la culpa unas a otras y sugeríamos ideas, cada una más absurda que la anterior, hasta que la voz de mi hermana mayor resonó por encima de todo el caos.

—¡Ya! ¡Dejen de pelear! Vamos a hacer esto: un grupo saldrá a buscar información.

—¿En dónde? ¿A quién le podemos preguntar?

—A los animales que conviven con los humanos: perros, gatos, caballos, ratones... ¡Cualquiera!

Nos quedamos suspendidas en el aire durante un segundo, sin saber muy bien por dónde comenzar.

—¡Ahora! ¡Rápido!

Salimos volando como locas; algunas atravesaron las ventanas y otras se dispersaron por los alrededores del castillo.

Gracias a un gato de la cocina de la mansión, descubrimos que los bebés tan pequeños no podían comer frutas —probablemente le habían caído mal al estómago— y que debíamos cambiarle el pañal después de alimentarla. El felino, un gato gordo y naranja que trabajaba cazando ratones a cambio de comida, fue tan amable que nos acompañó hasta la habitación y nos enseñó cómo hacerlo.

La sirvienta no regresó en toda la mañana, así que el cuidado de la reina recayó por completo en nosotras.

Poco a poco fuimos aprendiendo las tareas básicas: lo que podía comer y lo que no, cómo bañarla, darle su biberón, cambiarle la ropa y ponerle pañales limpios. Todo lo logramos con la ayuda de varios animales del castillo, quienes se ofrecieron a colaborar tras enterarse de la crueldad e indiferencia de los humanos de la casa.

Lo que jamás pudimos entender era por qué nadie parecía hacerse cargo de la reina. Habíamos pensado que las crías humanas eran valiosas para los adultos, pero a nadie en ese lugar parecía importarle la nuestra.

Nadie venía a visitarla. Solo de vez en cuando un sirviente abría la puerta para comprobar si la bebé seguía con vida, y se marchaba con cara de desconcierto al verla limpia, peinada y profundamente dormida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.