Tras moldear al peón perfecto, la reina escaló y escaló en la corte hasta captar la atención del rey.
El monarca poseía decenas de hijos y muchísimas más esposas; jamás le había prestado atención a ninguno de sus descendientes, pero nuestra soberana hizo destacar tanto a Dylan que el rey no tuvo más opción que reparar en su existencia. Por mi parte, pasé años asegurándome de que el chico sobreviviera y disfrutara de la mayor paz posible dentro de ese infierno. La reina me dio carta blanca para deshacerme de cualquier asesino, ordenándome velar por él en todo momento. Acepté el encargo con gusto; a diferencia de mis hermanas, aquel muchacho silencioso despertaba en mí una profunda curiosidad.
Ambos trabajaron arduamente hasta que el rey, finalmente, decretó que el príncipe Dylan sería su legítimo sucesor. A partir de ese instante, todos los reflectores de la corte se posaron sobre mi reina y su prometedor alumno.
La dependencia del muchacho crecía con el pasar de los días; su locura y la desesperada necesidad de recibir la aprobación de nuestra soberana se incrementaban sin control. Pasaron los años hasta que la reina nos anunció que la hora al fin había llegado: el chico estaba listo. Se hallaba en un punto en el que sabíamos que haría cualquier cosa que ella le pidiera; su lealtad era tan ciega e inquebrantable como la nuestra.
Manejando cada hilo desde la sombra, la reina orquestó las cosas para que el chico diera un sanguinario golpe de estado contra su propio padre, desestabilizando por completo al imperio.
Dylan pasó a la historia esa misma noche como un tirano fratricida. Llenó el palacio de sangre, ejecutando a todos sus hermanos y a cada una de las concubinas que alguna vez planearon su muerte o la de su madre.
—¿Por qué hizo que matara a su propio padre, su majestad, si de todos modos él ya iba a ser coronado rey? —preguntó una de mis hermanas mientras observábamos el caos.
—Porque para completar mi plan, toda su línea de sangre debía desaparecer —contestó la reina, contemplando la palma de su mano con frialdad—. Y no por mi mano; no volveré a mancharme con sangre mortales.
—Pero... aún queda él —dije, sintiendo un pesado nudo en la garganta—. ¿O también quiere que lo matemos?
No quería matar al chico que con tanto empeño había protegido durante años. Sin embargo, si mi reina me lo ordenaba, lo haría sin dudarlo.
—No —respondió la reina con firmeza inmediata—. Él ya cumplió su parte.
—¿Y ahora qué? —inquirió otra hada, revoloteando cerca de su oído.
—Ahora nos marchamos.
—¿No vas a esperar a que el chico se corone como rey? —preguntó un hada que reposaba sobre el reposabrazos de una silla.
—No es necesario. Lo que pase con este reino destruido ya no nos interesa.
—¡Vamos a ver el mar! —exclamé con emoción reprimida; no contemplaba el océano desde el día en que la reina nació.
—Claro —contestó nuestra soberana, dibujando una sonrisa serena en su rostro—. Ahora somos libres.