Nos fuimos a una casa cerca del mar, al fin. Desgraciadamente, la paz no duró mucho tiempo.
El actual rey humano nos buscó incansablemente. Repartió imágenes con el rostro de nuestra soberana por cada rincón del imperio; cualquier mortal que la hubiera visto tenía la obligación de reportarlo de inmediato. No tardó demasiado en capturarla, en parte porque la reina rechazó nuestra idea de usar un glamour para cambiar su rostro, tal como había hecho en el pasado.
El joven rey la encerró en su antiguo castillo, apostando guardias para vigilarla día y noche, y separó a sus antiguos sirvientes por temor a que la ayudaran a escapar.
Hasta que una tarde, mientras la reina se peinaba su larga cabellera plateada, nos llamó. Todas acudimos de inmediato.
—Tengo una misión para ustedes —anunció.
—Lo que usted ordene, mi reina —respondimos.
—¿Pueden tomar forma humana? —preguntó.
—Sí, mi reina, mediante un glamour —respondió una de mis hermanas a toda prisa.
Todas estábamos ansiosas por cumplir cualquier deseo de nuestra soberana.
—¿Por cuánto tiempo?
—Toda la noche si hay luna llena; solo unas pocas horas si no la hay —explicamos.
—¿Pueden transformarse en mí?
—Por supuesto. Sería un honor, su alteza.
—Perfecto. Hoy necesito reunirme con alguien fuera del castillo y nadie debe darse cuenta de que me fui. ¿Creen que podrían ayudarme?
—Por supuesto, majestad. Solo será por esta noche.
La reina se marchó con la ayuda de otra hermana que alteró su rostro con magia. Cuando la puerta se cerró, las que quedamos nos miramos entre nosotras.
—¿Quién va a hacerlo? —preguntó un hada sentada en la mesa de té.
Ninguna quería postularse. A todas les angustiaba la presencia del joven rey debido al aura oscura y sofocante que lo rodeaba.
—Yo lo haré —dije con más confianza de la que realmente sentía. Desde el golpe de estado, la reina me había ordenado dejar de vigilarlo, así que no lo había visto en un largo tiempo.
Mis hermanas dejaron escapar un suspiro de alivio. Concentrando toda mi magia, logré transformar mi cuerpo en una réplica exacta de la reina. Cuando terminé, me aplaudieron y yo hice una elegante reverencia imitando la postura de nuestra soberana.
Las horas pasaron tranquilas. Los guardias afuera continuaban con su rutina sin percatarse de nada; si llegaban a asomarse, verían a la maestra del rey sentada apaciblemente sobre la cama.
Al ser noche de luna llena, nos sentíamos inquietas. Antes de que la reina naciera, solíamos pasar estas noches cerca del agua, en alguna laguna o en el mar, danzando y bebiendo la energía que emanaba la tierra. Un ruido seco en la puerta me sacó de mis pensamientos.
—Adelante —dije, imitando la voz dulce y cálida de la reina.
El rey humano entró vistiendo una bata blanca que le llegaba hasta el suelo. Se me quedó mirando fijamente. La duda cruzó su rostro y se detuvo frente a mí, como si evaluara a un oponente. Traía una botella de licor en la mano.
—Dylan... ¿qué pasa? —mi voz sonó idéntica a la de su maestra.
—No eres tú... pero te ves como ella —murmuró.
—¿Qué quieres decir? —inquirí, ladeando la cabeza.
—Te ves como ella —repitió, pasando una mano por mi mejilla—. Te sientes como ella, pero...
Se detuvo e inhaló profundamente cerca de mi cuello.
—Pero no hueles como ella.
—¿A qué huelo? —pregunté por pura curiosidad. Que yo supiera, las hadas no teníamos un aroma propio.
—Hueles a tierra mojada.
«Curioso», pensé para mis adentros. En el mundo de las hadas no existía el "yo", solo el "todo"; nuestra mente funcionaba como una colmena.
—Entonces no soy ella. ¿Qué vas a hacer?
—Matarte, supongo —dijo, sacando de su bata una daga de hierro.
La sola presencia del metal contaminado me hizo retroceder llena de temor, gateando hacia el centro de la cama.
—Dylan... ¿de verdad vas a matarme?
Él contempló la daga un segundo y me miró a los ojos.
—Sé que no eres ella... pero no puedo evitar desearte.
Lanzó la daga hacia la esquina más lejana del cuarto. Por el rabillo del ojo, vi a mis hermanas huir del metal emitiendo chillidos que solo yo podía escuchar.
Dylan se subió a la cama y se posicionó sobre mí. Me sostuvo la mirada y yo no la desvié.
—Sé que no eres ella, pero eso ya no importa —susurró.
Se inclinó y me besó con vehemencia. Le devolví el beso con una pasión contenida por años, enredando mis dedos en su sedoso cabello negro. Dylan se estremeció al sentir mi tacto.
Aprovechando su sorpresa, lo hice girar sobre las sábanas hasta quedar encima de él. Lucía aturdido. Me pasé la lengua por los labios, saboreando el vino que él había estado tomando, y volví a buscar su boca. Continuamos besándonos durante minutos que parecieron horas. Mis hermanas ya habían abandonado la habitación, huyendo de la daga y de la presencia del rey.
Dylan me retiró el camisón por la cabeza y yo me separé un instante para desatar el cordón de sus pantalones. Él se deshizo de su camisa. Me acomodé sobre él y dejé que la unión se consumara. El dolor inicial me sorprendió por un segundo, pero el placer embotó mi mente rápidamente. Ver la mirada de estupor en su rostro me intoxicó aún más: aquel rostro siempre frío e inflexible finalmente se quebraba ante mí como una máscara rota.
Moviéndome con satisfacción, sentí las manos de Dylan sujetando con fuerza mis caderas mientras sus jadeos llenaban la habitación. Veía destellos de luz detrás de mis párpados; me convertí en pura sensación, en el sudor de Dylan mezclándose con el mío, en sus respiraciones contra mi piel y su aliento en mi boca.
—Abre los ojos —pidió con la voz ronca.
Obedecí de inmediato. Vi su mandíbula apretada, su cabello despeinado y sus finos labios presionados contra los míos. La euforia llenó mis venas y cegó mis ojos; jamás había experimentado algo tan gratificante en toda mi vida.