La Sombra Del Hada

capitulo 12

Con el paso de las semanas, algo comenzó a cambiar drásticamente en mi cuerpo. Cada día sentía más hambre y me costaba enormemente satisfacer la voracidad de mi organismo solo con la energía de la naturaleza.

Poco después, mi vientre empezó a abultarse.

—¿Qué me está pasando? —le pregunté angustiada al viejo roble.

—Si pasas una noche con un mortal, existe la posibilidad de concebir un hijo —respondió el árbol con la calma de su sabiduría ancestral.

—¿Qué? —exclamé, helada por la impresión.

Sabía que existían humanos con sangre de hada corriendo por sus venas, pero jamás me había detenido a pensar en cómo nacían o cómo se originaba ese linaje. A mi alrededor, mis hermanas comenzaron a sollozar llenas de espanto.

—¡Va a morir! —chilló una de ellas entre lágrimas, recordando el trágico destino de las madres humanas que daban a luz a seres mágicos.

—No morirá si el bebé nace sano. Todo saldrá bien —aseguró la voz profunda del roble.

Mis hermanas me contemplaban con profunda lástima, algunas abrazadas entre sí.

—No hay manera de sacárselo —murmuró otra, con la voz temblorosa—. Es el hijo del hombre de la reina...

De manera instintiva, me llevé las manos al vientre para protegerlo. Ni siquiera lo había considerado: si la reina se enteraba, me ordenaría deshacerme de él de inmediato.

—Si ella lo descubre, usará su poder —advirtió el árbol—. Pero si deseas tenerlo, debes cambiar a tu forma humana más grande para que el bebé pueda desarrollarse de manera correcta.

Sin dudarlo, seguí el consejo del anciano roble y alteré mi forma.

Las hadas poseíamos varias apariencias. Nuestra forma original era una pequeña mota de luz con alas transparentes; al volar, desprendíamos destellos de colores que nos identificaban a cada una. El mío era un tono dorado e intenso, de ahí mi nombre: Ámbar. Nuestra otra forma era la versión grande, cuya única diferencia radicaba en que la piel no emitía brillo mágico, asemejándose más a la de los mortales.

Sin mi resplandor, mi piel adoptaba un matiz cálido y cobrizo, similar a la corteza del árbol ancestral, y mi cabello se transformaba en una nube esponjosa de rizos rosados sobre mi cabeza. Al asumir este cuerpo, el hambre se volvió más intensa y mi vientre comenzó a verse ligeramente redondeado bajo la ropa ceñida.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Analys, revoloteando cerca de mi oído.

—Quiero quedármelo —le contesté, con la voz teñida de una súplica desesperada.

—Pero es del humano de la reina... ese hombre raro y oscuro —el desagrado era evidente en su rostro.

—Lo sé. Sé que le pertenece a la reina, pero no quiero perder a mi hijo.

—Entonces te ayudaremos —intervino otra de mis hermanas, descendiendo sobre mi hombro.

—Sí, por supuesto. Cuenta con nosotras.

Las palabras de consuelo de mis hermanas llenaron mi corazón de una gratitud inconmensurable. Todas se reunieron a mi alrededor, rodeándome en un cálido abrazo mientras millones de diminutas luces flotaban en el aire. Así éramos nosotras: siempre unidas, sosteniéndonos la una a la otra en la oscuridad.

—Gracias, chicas... de verdad.

El tiempo transcurrió y las estaciones cambiaron. Poco a poco, mi vientre continuó creciendo hasta alcanzar el tamaño de una sandía.

Lo último que supimos de la reina fue que su venganza contra los hechiceros al fin había concluido. Había sido una guerra cruel y sangrienta en la que muchas de nuestras hermanas perdieron la vida. Todos los días nos llegaban noticias de hadas caídas; nuestra magia pura era débil ante el poder corrupto de los brujos, quienes lograban percibir nuestra presencia con facilidad.

La reina solía enviar hadas en misiones de espionaje, pero los hechiceros las descubrían rápidamente y las eliminaban. Eso no detuvo a nuestra soberana: enviaba una tras otra sin contemplaciones.

«Eran sacrificios necesarios», nos consolaba el viejo roble. La reina era la elegida de los dioses, la única que había visto el futuro y sabía lo que debía hacerse para salvarnos a todos.

Tras la batalla final, nos enteramos de que la reina se había casado oficialmente con el rey humano. Juntos gobernaban un nuevo imperio, prometiendo una era llena de prosperidad y paz... un reino erigido sobre las cenizas de sus enemigos y el secreto de la noche en que me entregué a Dylan.




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