Así pasaron los años. Siempre nos manteníamos cerca, por si acaso nuestra soberana nos necesitaba. Le hacíamos travesuras a las sirvientas que eran crueles con ella, le llevábamos las flores más hermosas del reino y hablábamos durante horas a su lado.
Poco a poco, la reina empezó a caminar y a hacer preguntas. Le contamos todo lo que necesitaba saber.
Nuestra reina era sumamente inteligente; junto a ella aprendimos a leer las letras humanas. Mi momento favorito era cuando practicaba en una caja gigante con teclas negras y blancas. Era maravilloso: su melodía se sentía mejor que toda la magia y las flores del reino juntas, y solíamos bailar en el aire a su alrededor mientras tocaba el extraño instrumento.
El único momento en que nos separábamos de ella era cuando entrenaba con esa horrorosa cosa de hierro. El hierro nos enfermaba gravemente, así que debíamos mantener la distancia. La reina le dedicaba una hora al día a jugar con esa aguja afilada, repitiendo los movimientos una y otra y otra vez. El sudor perlaba su frente y empapaba su camisa, pero ella continuaba sin importar el clima.
—¿Por qué la reina tiene que jugar con esa cosa todos los días? —preguntó una de nosotras, mientras la observábamos desde la copa de un árbol.
—Cosas de humanos —respondió otra hada, columpiándose en una rama.
Esa era nuestra respuesta para todo lo raro que hacía.
La reina se esforzaba al máximo en todo lo que emprendía, o al menos eso decían sus maestros. En los pasillos habíamos escuchado que no tenía madre. Solo contaba con un padre y un hermano mayor, pero ninguno vivía con ella ni venía a visitarla jamás. Su padre se limitaba a enviarle tutores, todos los que ella pidiera.
Así fue como aprendió a hacer de todo: lo que correspondía a una dama y mucho más. Decía que debía ser la mejor si quería lograr su propósito, aunque nosotras no sabíamos exactamente contra quién o qué peleaba. Tampoco era nuestra labor cuestionarlo; nuestra única misión era servirle en todo lo que decidiera hacer.
Después de incontables horas de estudio, exámenes y preparación, la reina al fin nos anunció que se mudaría a un lugar más grande. Iría a darle clases a un príncipe humano. Supuse que por eso había estudiado tanto: quería convertirse en maestra, aunque nunca nos lo confirmó del todo.
Nuestra soberana tenía un plan y necesitaba que fuéramos sus ojos en cada rincón del mundo. Así nos dispersamos por el continente; un pequeño grupo se quedó con ella en el castillo para vigilar ese nuevo entorno, mientras la mayoría partía hacia tierras lejanas.
Sin embargo, antes de la partida, la reina me llamó aparte. Yo tendría una tarea especial: vigilar a su nuevo alumno todo el tiempo. Él no podía verme, por supuesto, pero aun así debía ser extremadamente discreta. Tenía que seguirlo a todas partes y reportarle cada detalle. Nunca pregunté el motivo y ella tampoco lo explicó; solo me pidió que fuera minuciosa.
El alumno de nuestra reina resultó ser un niño frío y silencioso a quien parecía no agradarle mucho su nueva tutora. Tal vez por eso me envió a vigilarlo: quizás solo quería descubrir sus gustos para lograr llevarse bien con él... o tal vez su plan era algo mucho más grande.