Para sorpresa de nadie, la condición de la madre de Dylan empeoró de repente. La noticia lo sumió en una profunda angustia y pasaba horas encerrado en la biblioteca, estudiando desesperado cualquier remedio que pudiera curarla. Yo intentaba ayudarlo desde las sombras: cuando no miraba, le tiraba sobre la cabeza o la mesa los libros de botánica que creía que podían servirle.
Mientras él estaba en clases con la reina, me dedicaba a buscar respuestas por todo el castillo. Incluso me armé de valor para preguntarle directamente a mi soberana si sabía qué le ocurría realmente a la madre de Dylan.
Ella me observó en silencio durante un largo momento antes de pedirme que me acercara.
—¿De verdad quieres ayudarlo, pequeña hada?
Volé hasta quedar a la altura de su rostro.
—Sí, mi reina. Sé que me dijo que no podía salvarse, pero tal vez exista un tratamiento para aliviar su dolor.
Ella me dedicó una pequeña sonrisa. Mi corazón se hinchó de esperanza; tal vez esta vez me diría algo útil, tal vez aceptaría intervenir.
—Para darle un tratamiento, primero debes saber qué tiene.
Mis alas cayeron desilusionadas sobre mi espalda.
—Pero no te preocupes —añadió la reina—. Yo ya sé qué es lo que padece.
—¿En serio, mi reina? ¿Podría decírmelo?
La voz firme de mi hermana mayor me cortó en seco:
—Amber, no seas atrevida. No debes intervenir en los asuntos de la reina.
Sin embargo, la soberana la detuvo levantando una mano.
—Tranquila, no me molesta compartir la información. La madre de Dylan, efectivamente, fue hechizada por una bruja.
Jadeé horrorizada. Había escuchado historias sobre humanos que practicaban la magia negra, pero jamás imaginé que pudieran causarle tanto daño a alguien. La pobre mujer se retorcía de dolor en su cama, presa de delirios en los que suplicaba a gritos que alguien acabara con su vida.
—Por lo que sé, las hadas pueden hacer crecer la vegetación, ¿no es así, Amber?
No era una pregunta, sino una afirmación. Aun así, asentí con presteza:
—Sí, mi reina. Nuestra magia hace florecer la vegetación mucho más rápido.
—Perfecto. Pásame ese libro que está allí, querida.
Señaló un tomo ajado sobre la mesa. Volé lo más rápido que pude, recogí el libro y se lo entregué en sus manos.
—Gracias, pequeña.
La reina pasó con delicadeza las páginas amarillentas y pegadas por el tiempo hasta dar con la que buscaba.
—¿Ves esta flor, lindura? Ya mandé a otra hada a buscar una semilla. Con tu poder tendrás que hacerla florecer lo antes posible. La vida de la madre de Dylan depende de ello, ¿de acuerdo?
Asentí con el pecho lleno de conmoción. ¡Gracias a los dioses, la reina había cambiado de opinión y salvaría a la madre de Dylan!
Tal como prometió, la semilla me fue entregada. Pasé el día entero inyectándole mi mana hasta transformarla en una flor hermosa y radiante. Mientras tanto, la reina se encargó de hacerle llegar el libro a Dylan. Tras leer la descripción del remedio, el príncipe envió a sus hombres a buscar la extraña flor por todo el reino con desesperada premura.
Su madre empeoraba a cada hora. Pasaba más tiempo inconsciente por los breves sedantes que apenas calmaban sus gritos que despierta.
Gracias a mis esfuerzos, la flor estuvo lista antes de lo previsto. Pero cuando quise entregársela a Dylan, la reina me pidió revisarla primero. Se la confié tal como me ordenó; comprobó que había florecido a la perfección, pero no se la llevó a Dylan de inmediato. Le supliqué que lo hiciera, mas ella me aseguró que actuaría a su debido tiempo.
Entretanto, Dylan parecía haber perdido la cordura. Se sentaba en el suelo de madera a mecerse de atrás hacia adelante, una y otra vez. Ninguno de sus sirvientes había logrado hallar la planta y los analgésicos ya no surtían efecto. Canceló las clases con la reina alegando que no se separaría de su madre ni un segundo. En un arrebato de desesperación, intentó salir a buscarla él mismo durante una noche de tormenta, pero el rey se lo prohibió: un príncipe jamás debía abandonar el castillo sin permiso. Los guardias tuvieron que bajarlo a la fuerza del caballo mientras él luchaba entre el lodo.
Después de varios días en los que el joven cayó en el absoluto desamparo, la reina finalmente apareció en la habitación con la flor en sus manos. Dijo que le había costado un esfuerzo sobrehumano conseguirla, pero que esperaba haber llegado a tiempo. Lucía despeinada, con el vestido cubierto de barro, aunque mantenía su porte majestuoso.
El médico real preparó a toda prisa una infusión con los pétalos amarillos.
Sin embargo, la flor no curó a la madre de Dylan. Según el médico, había llegado demasiado tarde: el veneno de la bruja ya había alcanzado el corazón. Lo único que logró la infusión fue concederle un breve momento de lucidez y paz, el cual aprovechó para despedirse de su hijo y agradecerle a la reina entre lágrimas.
Con sus últimas fuerzas, le rogó a nuestra soberana que cuidara a Dylan de la crueldad y las serpientes del palacio.