Nuestra reina estaba planeando una venganza.
Quería destronar al rey humano, el hombre que le había causado un daño irreparable en su vida anterior. Y es que nuestra soberana guardaba un secreto prodigioso: había vivido esta misma existencia dos veces, ganándose por ello el favor y la piedad de los dioses.
En su primera vida, había sido utilizada por el rey y por un grupo de malvados hechiceros. Valiéndose de una magia negra y corrupta, la esclavizaron durante siglos debido al linaje de hada que corría por sus venas, convirtiéndola en una herramienta para afianzar su trono, conquistar reinos vecinos y, finalmente, destruir el mundo. Durante centurias, nuestra pobre reina lloró y suplicó a los dioses una liberación. Compadecidos de su dolor, los dioses le concedieron una segunda oportunidad al regresar el tiempo atrás.
Y para llevar a cabo su plan, necesitaba desesperadamente a Dylan.
Ella lo pulió y lo moldeó con paciencia infinita. Nos confesó que el muchacho era en realidad un genio militar y político que, en la línea temporal anterior, decidió esconderse en las sombras. En aquella vida pasada, Dylan jamás aspiró al trono; prefirió dejar que sus hermanos se despedazaran entre sí mientras él se mantenía al margen, fingiendo ser un simple príncipe enamorado de la música.
Sin embargo, tras bambalinas, era él quien manejaba con maestría todos los hilos del imperio. La reina nos explicó que, en su lecho de muerte, su madre le había hecho prometer que ocultaría su verdadero potencial y llevaría una vida pacífica. Si no hubiera sido por esa promesa, tal vez Dylan habría sido el único capaz de salvar al mundo del desastre.
Pero en esta nueva vida, la reina no pensaba dejar que su talento se desperdiciara. Lo utilizaría para aniquilar a la familia real. Nos repetía a menudo que solo un miembro de la sangre real poseía la capacidad de destruir a la dinastía desde adentro.
Aunque la causa fuera noble, a mí me invadía una profunda tristeza. Aquel joven estaba siendo manipulado para asesinar a sus propios hermanos. Si bien no mantenía una relación cercana con casi ninguno, había una excepción: el príncipe Edgar.
Edgar vivía a pocas estancias de distancia. Era un muchacho alegre y divertido que siempre venía a buscar a Dylan para convencerlo de salir del castillo, asegurando que él mismo podía conseguir el permiso del rey. Pero Dylan siempre se negaba. La reina no le concedía ni un solo instante de descanso. Desde la muerte de su madre, el príncipe estudiaba sin parar; pasaba tantas horas devorando los tomos que le asignaban que pasaba días enteros sin levantar la vista. Con frecuencia terminaba mareado por la falta de alimento o con la nariz sangrando por el agotamiento extremo.
Contradiciendo de nuevo mis propias promesas, continué llevándole comida a escondidas. No podía evitar sentir compasión por aquel chico que se desvivía cada día por complacer a nuestra soberana. Dylan asistía a sus lecciones ansioso por recibir una sola palabra de felicitación. A veces, la reina se la otorgaba; pero la mayoría del tiempo lo ignoraba por completo, sin importar cuán perfecto fuera su desempeño. Le buscaba cualquier error insignificante solo para obligarlo a rehacer el trabajo desde cero.
A mí me parecía una crueldad innecesaria, pero la reina me aseguraba que esa era la única forma de moldear a un hombre verdaderamente fiel. Y el tiempo le dio la razón.
Poco a poco, el muchacho se volvió adicto a sus escasos elogios. Para cuando la niñez quedó atrás y dio paso a la adultez, la reina lo había cegado por completo, sembrando en su alma una obsesión tan profunda que devoró cualquier vestigio de su antigua voluntad.
Lo había convertido en el peón perfecto.