A lo largo de los días que pasé observándolo, me di cuenta de que el chico era víctima del maltrato de algunos sirvientes. Al igual que ocurría con nuestra reina, los humanos resultaban ser crueles con los niños que crecían sin la protección de un padre.
Bueno, en realidad él sí tenía padre: el mismísimo rey del imperio. También tenía docenas de hermanos repartidos por cerca de cincuenta palacios, pues el rey acumulaba numerosas esposas y concubinas. Por lo que logré entender, la madre del príncipe Dylan provenía de un reino lejano, cercano a los glaciares, donde el frío reinaba durante todo el año. Al llegar a la corte tras un acuerdo matrimonial, la mujer había enfermado gravemente; aunque otras malas lenguas en los pasillos murmuraban que había sido envenenada por una bruja contratada por una concubina celosa, resentida porque la belleza de la extranjera le había robado la atención del rey y, peor aún, le había dado un hijo varón.
Así fue como descubrí la terrible guerra que se libraba tras los muros de mármol y piedra. Todos eran enemigos de todos. El príncipe Dylan sufría continuos ataques por parte de los hombres de sus hermanos, a quienes ni siquiera conocía. Con frecuencia pasaba días enteros sin probar bocado por temor a que envenenaran sus platillos, e incluso se negaba a beber agua.
Desobedeciendo las órdenes directas de mi reina, comencé a llevarle alimento: recolectaba frutas silvestres en el bosque y recogía agua fresca del río más cercano, dejándolas junto a su cama en cuencos rústicos de madera y hojas para que supiera que no provenían de la servidumbre del castillo.
Al principio, Dylan no quiso tocar nada. Dejaba las frutas intactas durante días. Sin embargo, una noche, el hambre y el agotamiento pudieron más que sus sospechas.
Había pasado todo el día entrenando esgrima con nuestra reina para luego correr al lado de su madre enferma. No había ingerido una sola gota de agua ni de comida desde la noche anterior, cuando vio a un intruso enmascarado verter un polvo azul sobre los víveres de la cocina. Dylan, que apenas dormía, lo había descubierto desde su ventana y lo había seguido a escondidas hasta la bodega. Para colmo, días atrás un hombre armado con un cuchillo se había colado en su alcoba mientras dormía, obligándolo a vivir en un estado de alerta permanente.
Delirante de sed y al borde del colapso, Dylan tomó el cuenco que le había dejado y bebió de un solo trago. Al notar que el agua no le hacía daño, devoró las manzanas silvestres y cayó en un sueño profundo por puro cansancio. Las hadas rara vez dormimos, así que me quedé en la penumbra velando su descanso.
Los días pasaron y la rutina continuó. Dylan volvió a comer en el gran comedor. Nuestra reina residía con él en otra ala del palacio, pero solo cruzaban palabras durante las clases o en la mesa. Por más que yo le informara a mi soberana sobre los gustos e intereses del chico para ayudarla a acercarse a él, Dylan apenas respondía a sus preguntas; se mostraba siempre distante y frío.
Las demás hadas que acompañaban a la reina lo odiaban a muerte por su arrogancia. Yo intentaba explicarles que no era personal, que el chico no confiaba en nadie y trataba a todos con la misma frialdad, pero a ellas no les importaba. A mí, en cambio, me daba lástima. La reina nos tenía a nosotras... pero él no tenía a nadie. Salvo a su madre moribunda, quien apenas lograbas pronunciar unas pocas palabras, no contaba con un solo aliado en el mundo.
Fue así como me convertí en su sombra.
Estaba pendiente de todo lo que pudiera necesitar. Le alcanzaba en silencio los libros pesados de los estantes superiores de la biblioteca, haciendo que cayeran suavemente al alcance de sus manos. Descubrí sus dulces favoritos durante una de mis visitas a la alcoba de su madre y, desde entonces, dedicaba mi tiempo libre a buscarlos para dejárselos sobre la mesa.
Y cuando los asesinos regresaban en la penumbra de la noche, hacía ruidos en los rincones para despertarlo o estrellaba contra el suelo los copas que contenían veneno antes de que pudiera llevaráselas a los labios.