Capítulo 13
Llegó el momento del parto. El viejo roble me indicó que me sentara cerca del gran río y pujara con todas mis fuerzas, mientras mis hermanas me rodeaban dedicándome palabras de aliento.
El dolor era casi insoportable; sentía como si mi cuerpo se partiera en dos. Justo cuando creía que no podría resistir más, el llanto agudo de un bebé inundó la serenidad del bosque. Al contemplarlo por primera vez, mi corazón se llenó de una ternura inconmensurable.
—Es hermoso... —susurraban mis hermanas alrededor.
La piel de mi hijo era un poco más clara que la mía y su cabello era negro como el del rey; tenía rizos, pero no apretados como los míos, sino más suaves y sueltos. Cuando finalmente abrió los ojos, el murmullo de las hadas se detuvo en seco.
Eran de un azul tan brillante como dos zafiros, idénticos a los de Dylan. Había demasiado de él en este pequeño ser.
—¿Qué vas a hacer? El bebé es humano, no pertenece a este mundo —advirtió el antiguo árbol desde la penumbra—. Tienes que llevarlo con su gente, Ámbar.
En el fondo lo sabía, pero me negaba a abandonarlo tan pronto.
Pasaron los meses mientras esperaba a que el niño creciera y se hiciera más fuerte. Y, finalmente, el día llegó. Mis hermanas me acompañaron en silencio hasta las puertas del palacio.
Asumiendo mi forma grande y ocultando cuidadosamente mis alas, ingresé en el enorme salón principal para solicitar una audiencia real. En el fondo, la reina y el rey permanecían sentados en majestuosos tronos, con coronas de oro brillando sobre sus cabezas. Sin embargo, la abundancia de metal en el recinto comenzó a enfermarnos a mí y a mis hermanas; el hada más cercana a mi hombro empezó a toser, debilitada por el entorno.
—¿Qué deseas, súbdita? —gritó un hombre de vientre abultado situado al pie de las escalinatas.
Si la reina nos reconoció, no dio muestra alguna de ello. Las hadas que aún la servían comentaban que había renunciado a su inmortalidad para reinar junto al soberano humano, perdiendo con ello gran parte de sus facultades mágicas y distanciándose de nosotras.
—Una noche de luna llena, su majestad se encontró con alguien... ¿acaso lo recuerda, alteza? —mi voz resonó firme desde la distancia, rebotando en las altas paredes de la estancia.
Los ojos de ambos reyes se agrandaron al instante. Evidentemente, ninguno de los dos había olvidado esa noche.
Saciando mi temblor, extraje con cuidado al bebé del bolso de cuero que llevaba ceñido al pecho y lo sostuve con firmeza.
—Algo nació de aquella noche —anuncié.
—¿Qué dices? —la voz del rey retumbó llena de furia mientras se ponía de pie bruscamente—. ¿Qué quieres decir con eso?
La reina le tomó la mano de inmediato, dándole un apretón sutil. Ante su toque, el rey volvió a sentarse, recuperando la compostura de golpe.
—Si lo que afirmas es verdad... guardias, llévenla al salón adyacente —ordenó la reina.
La gran sala quedó en un silencio sepulcral. Nadie se atrevía a pronunciar una sola palabra; el rey, célebre por haber masacrado a su propia dinastía, no dudaba en ejecutar a cualquiera que osara desafiarlo. Los guardias, cubiertos con armaduras de hierro, nos rodearon y nos guiaron con sus lanzas hacia una habitación más pequeña.
Debilitada por la presencia del metal, me dejé caer sobre una silla en medio del recinto de alfombras rojas.
Instantes después, la reina cruzó la puerta. Uno de los guardias apostados a mi espalda intentó obligarme a ponerme en pie de un tirón.
—Déjala —ordenó la reina con voz serena pero tajante—. Retírense todos.